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jueves, 9 de abril de 2015

OPPENHEIMER, OBAMA EN LA CUMBRE DE PANAMÁ

Si no quiere ser eclipsado por Maduro tendrá que hacer algo audaz…

Hasta hace unas semanas, todo parecía indicar que la Cumbre de las Américas del 10 de abril en Panamá sería una fiesta en la que el presidente Barack Obama sellaría su acuerdo de normalización de relaciones con Cuba, y cerraría una vieja herida entre Estados Unidos y America Latina.

Sin embargo, las probabilidades de que Obama emerja como un ganador neto parecen sombrías. Varios hechos que acontecieron en las últimas semanas pondrán a Obama a la defensiva durante esta mega cumbre de 34 jefes de estado, que se realiza solo cada tres o cuatro años.

En primer lugar, la orden ejecutiva de Obama del 9 de marzo ordenando suspender las visas y congelar los fondos en Estados Unidos de siete funcionarios venezolanos acusados ​​de actos de abusos contra los derechos humanos y corrupción, le ha dado una excusa de oro al presidente venezolano Nicolás Maduro para montar un gran show, y pedir 10 millones de firmas exigiendo la derogación de la medida. Maduro dijo que presentará el pliego de firmas a Obama durante la cumbre en Panamá.

Aunque las sanciones de Estados Unidos no afectarán a la población venezolana en general, sino a siete funcionarios, Maduro las presenta como una “agresión contra Venezuela”, y es probable que la disputa entre Estados Unidos y Venezuela dominará una buena parte de la cumbre.

Eso podría echar a perder las esperanzas de la Casa Blanca de que la cumbre pase a la historia por el encuentro entre Obama y el gobernante cubano, general Raúl Castro. La Casa Blanca ve la normalización de relaciones con Cuba como un legado clave de la presidencia de Obama.

Muchos líderes latinoamericanos rechazan las sanciones de Obama, ya sea porque sinceramente están en contra de sanciones unilaterales, o porque temen que Estados Unidos aplique sanciones personales contra funcionarios corruptos de sus propios gobiernos, o a ellos mismos.

Pero lo cierto es que el gobierno de Obama cometió un error garrafal al decir que las sanciones se deben a que Venezuela se ha convertido en una “amenaza extraordinaria” para Estados Unidos.

Los funcionarios estadounidenses intentaron minimizar esas palabras más tarde, diciendo que se trata de una formalidad requerida por la ley para imponer sanciones financieras a funcionarios extranjeros, pero Maduro ya tiene material para montar su teatro político.

Un segundo obstáculo para Obama podría ser la propia Cuba. Castro no puede darse el lujo de no apoyar abiertamente a Venezuela y criticar a Estados Unidos en la cumbre, porque Venezuela sigue siendo el principal benefactor económico de la isla caribeña, y la narrativa antiimperialista cubana sigue siendo la primordial justificación de Castro para no permitir elecciones libres.

Un tercer posible desafío para Obama serán los disidentes cubanos, que se han sentido marginados del acuerdo entre Obama y Castro. Guillermo Fariñas, un líder opositor que espera participar en el foro de la sociedad civil de la cumbre de Panamá, me dijo en una entrevista telefónica desde Cuba que a menos que Obama exija a la isla dar pasos concretos hacia la democracia, “vamos a estar muy decepcionados”.

Por otro lado, Obama tendrá algunos aspectos a su favor en Panamá. A diferencia de las anteriores Cumbres de las Américas, donde Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina y otros países poco amigos de Washington estaban en pleno auge, gracias a los altos precios de sus materias primas, la próxima cumbre de Panamá tendrá lugar en un escenario regional y mundial muy diferente.

Hoy en día, con la caída de los precios de las materias primas, las economías de Venezuela y Argentina están por el piso, y Brasil está teniendo su peor crecimiento económico de los últimos 25 años. Con China creciendo menos, Rusia quebrada y Europa estancada, Estados Unidos se perfila como el marcado más promisorio para las exportaciones latinoamericanas.

Mi opinión: Si no quiere ser eclipsado por Maduro y Castro, Obama tendrá que hacer algo audaz en la cumbre.

Cuando Maduro haga su show y le entregue a Obama un pliego supuestamente firmado por millones venezolanos — la mayoría de ellos empleados públicos forzados a firmarlo —, Obama debería responder con un gesto similar.

En lugar de aceptar el documento con una sonrisa, como lo hizo cuando el difunto presidente venezolano Hugo Chávez le regaló un libro antiestadounidense en una cumbre en el 2009, Obama debería darle a Maduro una copia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Y en vez de reunirse con disidentes cubanos en un foro marginal de la cumbre, como lo planea hacer, Obama debería cederle a un líder de la oposición pacífica cubana cinco minutos de su discurso en la sesión plenaria de la cumbre.

Si Obama no hace algo así, le ganarán de mano un octogenario dictador militar y un demagogo populista, y la cumbre de Panamá — en lugar de permitir a Obama proyectarse como un defensor del diálogo y los derechos humanos — podría ser un fiasco diplomático para Estados Unidos.

*Andrés Oppenheimer. Periodista argentino que reside en Estados Unidos. Es el editor para América Latina y columnista de The Miami Herald; analista político de CNN en Español y conductor del programa de televisión Oppenheimer Presenta.


Andrés Oppenheimer
aoppenheimer@MiamiHerald.com
@oppenheimera

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jueves, 13 de febrero de 2014

ANDRÉS OPPENHEIMER, LA CELAC Y EL TURISMO POLÍTICO, EL INFORME OPPENHEIMER,

La cumbre de jefes de Estado latinoamericanos y caribeños celebrada la semana pasada en Cuba fue un clasico ejemplo de turismo político y promesas vacías, pero es posible que haya tenido algo bueno: la salvación del bloque comercial de los cuatro países de la Alianza del Pacífico.

Los líderes de la Alianza del Pacífico —el ambicioso bloque comercial constituido por México, Colombia, Perú y Chile— sostuvieron reuniones bilaterales paralelamente a la cumbre de la Comunidad de Países Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) celebrada en Cuba, y conversaron largamente sobre el futuro de su bloque comercial.

Esas reuniones fueron especialmente importantes porque asistió a ellas Michelle Bachelet, la presidenta electa de Chile, cuyo apoyo a la Alianza del Pacífico estaba en dudas. Bachelet, que asume el 11 de marzo, voló a Cuba por invitación del presidente saliente de Chile, Sebastián Piñera.

Antes del viaje, se especulaba que Chile podría dejar de ser uno de los pilares de la Alianza del Pacifico.

En primer lugar, había dudas de que Bachelet apoyará con entusiasmo a un grupo regional fundado por Piñera, su predecesor y rival político. En segundo lugar, la plataforma de campaña de Bachelet sugería que el gobierno de Bachelet disminuiría su activismo en la Alianza del Pacífico, y fortalecería sus lazos con Brasil y otros países de la costa del Atlántico.

Pero las reuniones bilaterales realizadas al margen de la cumbre de la CELAC permitieron que los presidentes de México, Colombia y Perú pudieran darle seguridades a Bachelet de que muchos de sus temores acerca de la Alianza del Pacífico eran infundados, según me dijeron funcionarios que participaron en las reuniones.

Los presidentes le dijeron a Bachelet que, contrariamente a lo que dicen algunos países de la CELAC, la Alianza del Pacífico no es un bloque pro-estadounidense que quiere dividir a Latinoamérica en dos, sino un mecanismo de integración económica que no excluye a nadie.

A diferencia de otros grupos regionales, la Alianza del Pacífico se concentra en medidas comerciales concretas. Entre otras cosas, está creando un área de libre comercio entre los países miembros, estableciendo oficinas comerciales conjuntas en Asia y África, y creando un mercado común de valores para los cuatro países.

En cuanto a la cumbre de la CELAC, fue un conjunto de declaraciones vagas y contradictorias, por no decir hipócritas.

La declaración final de la cumbre de la CELAC pide que “fortalezcamos nuestras democracias y todos los derechos humanos para todos”.

No es una broma: los presidentes, incluyendo el general Raúl Castro, juraron fortalecer la democracia y los derechos humanos en una cumbre presidida por Castro, un gobernante militar cuya dictadura familiar no ha permitido una elección libre, partidos políticos ni medios independientes durante 55 años, y que hace poco fue acusada de haber asesinado al principal líder opositor de la isla, Oswaldo Payá, en un misterioso accidente automovilístico.

Y lo que es peor, los presidentes firmaron esa declaración en momentos en que, según Amnistía Internacional, el régimen cubano estaba arrestando a líderes disidentes para impedir que organizaran una cumbre paralela.

Para su crédito, el presidente chileno Piñera se reunió en La Habana con una de las líderes del grupo opositor las Damas de Blanco, Berta Soler, y la presidenta de Costa Rica Laura Chinchilla envió una delegación gubernamental a reunirse con líderes de la Comisión Cubana de Derechos Humanos.

Por lo demás, la declaración de 70 puntos de la CELAC es una colección de promesas vacías de “seguir avanzando” hacia la integración económica latinoamericana, pero sin ofrecer ningún proyecto concreto para lograrlo.

Lamentablemente, existen ya casi tantas siglas de organizaciones de integración latinoamericana como países en el continente. Y al mismo tiempo, Latinoamérica sigue siendo una de las regiones menos integradas del mundo: sólo el 18 por ciento del comercio total de America Latina se realiza dentro de la región, comparado con el 52 por ciento del comercio total de Asia, y el 65 por ciento de la Unión Europea.

¿Por qué los presidentes latinoamericanos participaron de semejante farsa? Los países grandes, México y Brasil, quieren posicionarse y colocar a sus grandes empresas en la isla a tiempo para beneficiarse de la inevitable transición de Cuba. Y los demás países creen que, a la luz de medidas recientes del régimen cubano como la de autorizar a los cubanos a viajar al exterior, será más eficaz “acompañar” al régimen cubano hacia cambios mayores, que hostilizarlo.

Mi opinión: Fue patético ver a presidentes democráticamente electos hacer fila para fotografiarse sonrientes con Raúl y Fidel Castro. Muchos de ellos van a querer comerse esas fotos cuando mueran los hermanos Castro, y salgan a la luz todos los detalles de sus abusos a los derechos humanos.

Al margen del turismo político, probablemente una de las pocas cosas buenas que ocurrieron en la cumbre de la CELAC se dieron en las reuniones paralelas, como las que quizás lograron convencer a Bachelet de que no le dé la espalda a la Alianza del Pacífico.

aoppenheimer@elnuevoherald.com
El Nuevo Herald (EE. UU.) - 02-Feb-14 - Columnistas
http://www.elnuevoherald.com/2014/02/01/1670037/oppenheimer-la-celac-y-el-turismo.html

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