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miércoles, 28 de enero de 2015

MIGUEL ANGEL SANTOS, DEL POR AHORA AL DIOS PROVEERÁ


Maduro llegó a la sesión de memoria y cuenta en el momento cumbre. Tras volver de la gira mundial con las manos vacías, y con los precios del petróleo por debajo de cuarenta, hay un cierto presentimiento de que esta vez sí será. Muy poca gente entiende las cosas a las que presumiblemente se va a referir; pocos son capaces de interpretar las medidas, los tonos, lo que dijo y lo que no se dijo, en términos de champú, de pollo, de abastecimiento, de carne, de poder de compra del salario. Vienen tiempos difíciles, y siendo así no es de extrañar que haya empezado por recurrir a la épica histórica del chavismo, contrastando los dieciséis años de revolución a los dieciséis previos.

¿Y qué ha pasado en estos dieciséis años? En promedio, quienes se sientan a escuchar a Maduro esa noche consumen 52% más que en 1998. Ha ocurrido un boom fenomenal en el consumo, equivalente a aumentar en volumen 2,7% cada año. En ese período, el consumo alcanzó su punto máximo histórico, y uno tiene la impresión de que cualquier aclaratoria o advertencia que se haga, las que hemos venido haciendo muchos todos estos años, va a caer en terreno estéril. Hasta hace poco, era en cierta forma el equivalente a aparecerse con la cuenta en la Última Cena (una idea original de Cabrujas, que me ha parecido útil traer a colación).

¿Cómo ha sido eso posible? Lo primero que cabría aclarar es que no lo ha hecho posible nuestra capacidad productiva. En esos dieciséis años nuestra producción per cápita apenas aumentó 12% anual, equivalentes a un mísero 0,7% anual. Toda la diferencia entre nuestro consumo y nuestra producción la vinieron a cubrir importaciones. Con el chavismo, Venezuela pasó de importar 18.000 millones de dólares en 2004, a nada menos que 65.000 millones en 2012. He aquí la clave del éxito de la revolución y el espejismo del socialismo posible: promovió un conjunto de medidas que en otras circunstancias habrían causado un empobrecimiento acelerado, en medio de un boom de consumo privado. De ahí que haya podido darse el lujo de expropiar, amenazar y saquear a empresarios nacionales e internacionales (estos últimos siempre mejor pagados), y sobrevivir políticamente a la destrucción del aparato productivo nacional.

Todo eso fue posible no sólo al boom petrolero, 698.000 millones en exportaciones entre 2004 y la fecha. El endeudamiento acelerado de la nación vino a complementar el ingreso petrolero: entre 2006 y 2012 la deuda de Venezuela se cuadruplicó, pasando de 26.500 millones de dólares a nada menos que 116.000. Maduro ha dicho Dios proveerá, pero el hecho es que Dios lleva ya rato proveyendo la bonanza petrolera más larga de nuestra historia.

Llegados a este punto, con el petróleo por debajo de cuarenta y los mercados internacionales cerrados para Venezuela, tras trajinar por el mundo pasando colecta y regresar con las manos vacías: ¿qué ha dicho Maduro?

En primer lugar ha anunciado el mantenimiento de la tasa oficial 6,30, sobrevalorada ya en una magnitud inestimable, y ha garantizado al menos 8.000 millones de dólares en esa gaveta que serán “sólo para alimentos y medicinas”. El problema está en que hace rato que esas asignaciones se vienen orientando a lo que contablemente se registra como alimentos y medicinas, pero en ningún caso se traducen en una cantidad similar de bienes. Con el mercado paralelo 29 veces por encima de esa tasa, recibir dólares a tasa oficial y crear importaciones ficticias es el único negocio del lugar. Maduro demuestra así la importancia de la élite que lo mantiene, manteniéndole a su vez los privilegios del dinero fácil. Nosotros los mantenemos a ellos, y ellos lo mantiene a él.

Maduro ha anunciado también la consolidación de Sicad I y II en una única subasta, y ha asomado que habrá un tercer mercado “de bolsas públicas y privadas”. Aseguró que con eso trata de “aplacar a ese otro mercado, el ilegal”, algo que muchos han interpretado erróneamente como el levantamiento del control de cambio. Es temprano aún. Habrá que leer la letra pequeña. Una retórica similar ya prevaleció con el lanzamiento tanto de Sicad I como de Sicad II, y lo que ocurrió después ya se conoce: Cualquier cosa menos un mercado libre.

Mi impresión es que, en este caso, tampoco lo será. Con el precio del petróleo por debajo de cuarenta dólares, nuestras exportaciones petroleras apenas llegarían a 25.000 millones de dólares. Nuestras importaciones en 2014, un año terriblemente caótico, con caídas de 4% en la producción, 3,3% en el consumo privado, 93% de inflación de alimentos y desabastecimiento rampante, estuvieron alrededor de 42.000 millones. Nuestra balanza de servicios, que contempla pagos de intereses de deuda, fletes y seguros, totalizó nada menos que 15.000 millones de dólares. Si se le agregan 5.000 dólares de pagos de principal de deuda, ese país caótico y errático viene quemando dólares a ritmo de 62.000 millones anuales. Ahora la cantidad de dólares que el gobierno tiene para vender entre esos tres sistemas es mucho menor, y si vende en el paralelo “legal” no tendría para SICAD y para el 6,30; si vende en esos dos, no tendría suficiente para aquél.

Con un detalle adicional. Muchos dan por sentado que un mercado paralelo legal traería consigo una reducción significativa en el precio del dólar “libre”. Es posible, hoy en día el mercado tiene una prima por falta de liquidez y otra por ilegalidad, es inestable y caprichoso. Algo de estructura legal podría reducir el riesgo y bajar el valor del dólar. Pero también es verdad que hay muchas transnacionales sentadas en diez años de utilidades acumuladas en bolívares (los diez años que tiene Cadivi sin liquidar dólares para repatriación de dividendos) que estarían dispuestas a volcarse sobre el mercado legal aumentando exponencialmente la demanda. ¿Y quién va a ofertar divisas en ese mercado?

Maduro también ha asomado la posibilidad de un aumento de la gasolina. Eso, que no podemos seguir regalando la gasolina, es acaso la única cosa responsable que ha dicho. Está claro que lo ha hecho más por necesidad que por convicción. El problema está en que ni la devaluación, ni el aumento de gasolina, generan dólares. La única forma de que eso ocurra es que el nuevo precio de la gasolina sea tan colosal, que reduzca la demanda en Venezuela y podamos exportar esos barriles a precios de mercado. Improbable.

Llegados a este punto, con nuestro consumo dependiendo de importaciones en una proporción nunca vista, lo único que podría evitar una caída colosal serían dólares. Pero China ha dicho que no. Los mercados internacionales están efectivamente cerrados, con primas superiores a 30% en dólares. En esa circunstancia han recurrido a una de las pocas opciones abiertas: endeudar Citgo. Por estos días, un grupo de banqueros de inversión de Texas se pasean por ahí ofreciendo 2.500 millones de dólares en bonos de la subsidiaria de Pdvsa con un rendimiento estimado de 10%. Parten de la base de que, en caso de default, la deuda sería fácilmente recuperable liquidando los activos de Citgo en Estados Unidos. Lo más curioso: en el road show queda claro que los fondos irán directamente a Pdvsa (gasto público) y no tendrán nada que ver con inversiones de la subsidiaria. El problema está en el riesgo de un default hacia finales de año, cuando debamos enfrentar el vencimiento de 11.000 millones de dólares muy cerca de las elecciones parlamentarias. ¿Qué pasaría con esa deuda de Citgo si caen en default los bonos soberanos o Pdvsa?

A propósito de la posibilidad de default, hubo un par de comentarios de Maduro que me parece vale la pena rescatar. Ha dicho que ya está claro que todo el riesgo que las calificadoras le atribuyen a Venezuela es “por factores geopolíticos”, y que en el futuro “habrá que filtrar las teorías poniendo por delante los intereses de la nación”. También ha asomado que promoverá una mayor inversión privada en el negocio petrolero, algo que podría hacer en alguna medida sin modificar la ley que exige mayoría para la República en todos sus contratos (en algunos Venezuela tiene más de 50,1%).

En resumen, Maduro ha anunciado que se mantendrá el sistema de cambio múltiple que ha engendrado el episodio de corrupción más grande de nuestra historia (y mire que tenía competencia). Ha anunciado una revisión en el precio de la gasolina, que tomará algún tiempo y en cualquier caso sólo recaudará bolívares. No ha hecho un solo anuncio monetario ni fiscal, no ha dicho cómo va a cubrir ese enorme hueco entre los ingresos y los gastos del Estado, y peor aún, se ha comprometido a crear nuevos programas sociales de protección que probablemente no vayan más allá de un espejismo. Si el déficit en 2014 fue 19% del PIB, con el petróleo en promedio a noventa dólares por barril, la magnitud del hueco fiscal ahora es inestimable. Lo único que queda es imprimir dinero a mansalva, a un ritmo que traería una inflación superior a 100%. Quizás ese Dios al que se refería Maduro no sea otro que la propia Casa de la Moneda de ahí de Maracay. Podría inclusive ir mucho más allá, pero es aún temprano para predecir una hiperinflación. La caída en el consumo privado y la de la producción será muy acentuada. La contracción necesaria en importaciones para cuadrar las cuentas en dólares es brutal, y a estas alturas ya no queda nadie en disposición ni capacidad de venir a producir aquí lo que ya no podemos comprar afuera. El Fondo Monetario Internacional, que ha actualizado su pronóstico hace unos días a nada menos que -7%, muy probablemente se haya quedado corto.

¿Qué no anunció Maduro? No levantó el control de cambio, ni ofreció una ruta clara para llegar ahí. No ofreció unificar el Tesoro Nacional, ahora dividido en cuatro o cinco partes, sólo una de las cuales pasa por el escrutinio de la Asamblea Nacional. No habló de suspender los envíos de petróleo subsidiado que aún persisten. No ofreció restablecer los activos expropiados a sus antiguos dueños. No garantizó la propiedad privada. No solicitó la renuncia el pleno al Directorio del BCV, que ha fracasado en su meta de “mantener estabilidad de precios”. No dijo nada en relación con el control de precios, por el contrario, comenzó anunciando una suerte de saqueos institucionalizados a los inventarios aún disponibles entre productores y comerciantes nacionales. Nada de esto, ninguna mención a atacar el problema de fondo y reconocer el enorme fracaso, el fraude, que ha sido la revolución. Hacer algo así, hubiese implicado acabar con el sistema de privilegios que lo sostiene, equivaldría a serruchar el piso en el que precariamente se sostiene. 

Por esa razón, no anunció nada de lo que nos convendría. Y es que lo que nos conviene a nosotros, como nación, hace ya rato que no le conviene ni a él ni al chavismo. Y viceversa.

Miguel Angel Santos
@miguelsantos12                                        

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lunes, 8 de septiembre de 2014

RICARDO HAUSMANN Y MIGUEL ANGEL SANTOS, ¿HARÁ DEFAULT VENEZUELA?, PROJECT SYNDICATE, CAMBRIDGE

Los mercados temen que sí. Por esa razón, los bonos de la deuda externa venezolana rinden 11 puntos porcentuales más que los del Tesoro estadounidense, 12 veces más que los de México, 4 veces más que Nigeria y el doble de lo que paga Bolivia. En mayo pasado, Venezuela hizo una emisión “privada” por US$ 5.000 millones en bonos a 10 años con cupones de 6%. 


Para poder colocarla, tuvo que dar un descuento de 40% por lo que apenas recibió US$ 3.000 millones. La diferencia, US$2.000 millones, es la compensación que demandan los inversionistas por tomar el riesgo del país.

Se aproximan los primeros días de octubre, cuando el gobierno de Venezuela debe afrontar US$5.200 millones en pagos de servicio de deuda. ¿Pagará? ¿Tiene suficientes fondos líquidos? ¿Reunirá los fondos mediante una venta apresurada de Citgo, filial de Pdvsa, la empresa petrolera estatal de Venezuela?

Es una buena pregunta. Otra pregunta diferente es si Venezuela “debería” pagar. Es cierto, qué deberían hacer los gobiernos no está totalmente divorciado de qué es lo que efectivamente harán, pues en general la gente hace lo que debe. Pero las preguntas que involucran “debe hacer” traen consigo juicios morales que no están presentes en las preguntas que involucran “hará”, y por eso suelen ser mucho más complejas.

Uno podría decir que “siempre que se pueda” cumplir con las obligaciones asumidas, eso es lo que se “debería” hacer. Es lo que la mayoría de los padres enseñan a sus hijos.

Pero el cálculo moral se complica cuando es imposible cumplir con todos los compromisos y se hace necesario decidir cuáles cumplir y cuáles no. Hasta ahora, bajo el presidente Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, Venezuela ha optado por pagar religiosamente sus bonos de deuda externa, gran parte de los cuales están en manos de venezolanos ricos y bien relacionados.

Yordano, el popular cantante venezolano, probablemente tendría un orden de prioridades diferente. Diagnosticado con cáncer hace algunos meses, debió lanzar una campaña en las redes sociales para poder conseguir las medicinas necesarias para su tratamiento. La gran escasez de medicamentos y material quirúrgico en Venezuela es una consecuencia directa de un default de US$ 3.500 millones del gobierno con importadores de farmacéuticos.

Algo similar ocurre en el resto de la economía. Los retrasos con importadoras de alimentos alcanzan ya US$ 4.200 millones, lo que ha producido una grave escasez en productos de la canasta básica. En el sector automotriz, el incumplimiento supera los US$ 3.000 millones, lo que ha resultado en el colapso del transporte por falta de repuestos. A las aerolíneas se les deben otros US$ 3.700 millones, lo que ha llevado a varias a suspender sus vuelos  y redujo la oferta de cupos en 50%.

En Venezuela, los importadores deben esperar seis meses luego de que sus productos pasan por la aduana para poder adquirir dólares previamente autorizados. Dado que el gobierno ha optado por incumplir estas obligaciones, muchos importadores han venido acumulando una abundante cantidad de moneda local. Durante un tiempo, la falta de acceso a divisas fue compensada con préstamos de proveedores extranjeros y casas matrices, pero las deudas acumuladas y las pérdidas debido a las sucesivas devaluaciones han acabado con su paciencia y cerrado el crédito.

La lista de default es interminable. Venezuela está también en mora con los proveedores, contratistas y socios en joint-ventures de Pdvsa, con lo cual las exportaciones de petróleo han caído 45% en relación con 1997, y su producción apenas roza la mitad de lo que el plan de 2005 había previsto para 2012.

Más aún, el Banco Central de Venezuela también ha incumplido con su obligación de mantener estabilidad de precios, habiendo casi cuadruplicado el dinero en circulación en 24 meses, lo que ha hecho que el bolívar pierda 90% de su valor en el mercado negro y que la tasa de inflación sea la más alta del mundo. Para colmo de males, el Banco Central también ha incumplido con su obligación de publicar la inflación y otras estadísticas esenciales.

Venezuela funciona con cuatro tipos de cambio, donde el más fuerte está 13 veces por encima del más débil. Así las cosas, no ha de sorprender que el arbitraje cambiario sea el negocio más rentable en el país, lo que ha impulsado la corrupción venezolana a las posiciones más altas del ranking mundial.

Todo este caos es consecuencia de un déficit fiscal colosal que ha sido cubierto a través de creación de dinero, represión financiera, endeudamiento y default, aún a pesar de la bonanza petrolera que se deriva de un precio del barril de US$ 100. El gobierno de Nicolás Maduro, en lugar de atacar las causas del problema, ha decidido complementar los controles cambiarios y de precios con el cierre de las fronteras y la colocación de lectores de huellas dactilares de los compradores, supuestamente para evitar el “acaparamiento”. Esto constituye una violación a las libertades más básicas de los venezolanos que no se observa en Bolivia, Ecuador y Nicaragua; tres países que presumen de una ideología similar pero mantienen un único tipo de cambio y una tasa de inflación de un dígito.

¿“Debería” Venezuela hacer default? Si las autoridades adoptaran políticas con sentido común y buscaran el apoyo del Fondo Monetario Internacional y otros prestamistas multilaterales, como lo suele hacer la mayoría de países en problemas, se le aconsejaría renegociar la deuda externa. De esa forma, el peso del ajuste se compartiría con otros acreedores, como ya ha ocurrido en Grecia, y la economía ganaría tiempo para recuperarse, particularmente en la medida que empiecen a madurar nuevas inversiones en las reservas petroleras más grandes del mundo. Los tenedores de bonos harían bien reemplazando sus papeles actuales por instrumentos de más largo plazo que se beneficiarían de la recuperación económica.

Nada de esto va a suceder bajo el mandato de Maduro, quien carece de la capacidad, capital político y voluntad para moverse en esa dirección. Pero el hecho de que su gobierno haya decidido incumplirle a los 30 millones de venezolanos para pagarle religiosamente a Wall Street no debe ser interpretado como una señal de rectitud moral. Es más bien una muestra de su decadencia moral.

TEXTO ORIGINAL EN INGLES
Should Venezuela Default?

Should Venezuela Default?

CAMBRIDGE – Will Venezuela default on its foreign bonds? Markets fear that it might. That is why Venezuelan bonds pay over 11 percentage points more than US Treasuries, which is 12 times more than Mexico, four times more than Nigeria, and double what Bolivia pays. Last May, when Venezuela made a $5 billion private placement of ten-year bonds with a 6% coupon, it effectively had to give a 40% discount, leaving it with barely $3 billion. The extra $2 billion that it will have to pay in ten years is the compensation that investors demand for the likelihood of default, in excess of the already hefty coupon.
Venezuela’s government needs to pay $5.2 billion in the first days of October. Will it? Does it have the cash on hand? Will it raise the money by hurriedly selling CITGO, now wholly owned by Venezuela’s state oil company, PDVSA?

A different question is whether Venezuela should pay. Granted, what governments should do and what they will do are not always independent questions, because people often do what they should. But “should” questions involve some kind of moral judgment that is not central to “will” questions, which makes them more complex.
One point of view holds that if you can make good on your commitments, then that is what you should do. That is what most parents teach their children.

But the moral calculus becomes a bit more intricate when you cannot make good on all of your commitments and have to decide which to honor and which to avoid. To date, under former President Hugo Chávez and his successor, Nicolás Maduro, Venezuela has opted to service its foreign bonds, many of which are held by well-connected wealthy Venezuelans.

Yordano, a popular Venezuelan singer, probably would have a different set of priorities. He was diagnosed with cancer earlier this year and had to launch a social-media campaign to locate the drugs that his treatment required. Severe shortages of life-saving drugs in Venezuela are the result of the government’s default on a $3.5 billion bill for pharmaceutical imports.

A similar situation prevails throughout the rest of the economy. Payment arrears on food imports amount to $2.4 billion, leading to a substantial shortage of staple goods. In the automobile sector, the default exceeds $3 billion, leading to a collapse in transport services as a result of a lack of spare parts. Airline companies are owed $3.7 billion, causing many to suspend activities and overall service to fall by half.

In Venezuela, importers must wait six months after goods have cleared customs to buy previously authorized dollars. But the government has opted to default on these obligations, too, leaving importers with a lot of useless local currency. For a while, credit from foreign suppliers and headquarters made up for the lack of access to foreign currency; but, given mounting arrears and massive devaluations, credit has dried up.
The list of defaults goes on and on. Venezuela has defaulted on PDVSA’s suppliers, contractors, and joint-venture partners, causing oil exports to fall by 45% relative to 1997 and production to amount to about half what the 2005 plan had projected for 2012.

In addition, Venezuela’s central bank has defaulted on its obligation to maintain price stability by nearly quadrupling the money supply in 24 months, which has resulted in a 90% decline in the bolivar’s value on the black market and the world’s highest inflation rate. To add insult to injury, since May the central bank has defaulted on its obligation to publish inflation and other statistics.

Venezuela functions with four exchange rates, with the difference between the strongest and the weakest being a factor of 13. Unsurprisingly, currency arbitrage has propelled Venezuela to the top ranks of global corruption indicators.

All of this chaos is the consequence of a massive fiscal deficit that is being financed by out-of-control money creation, financial repression, and mounting defaults – despite a budget windfall from $100-a-barrel oil. Instead of fixing the problem, Maduro’s government has decided to complement ineffective exchange and price controls with measures like closing borders to stop smuggling and fingerprinting shoppers to prevent “hoarding.” This constitutes a default on Venezuelans’ most basic freedoms, which Bolivia, Ecuador, and Nicaragua – three ideologically kindred countries that have a single exchange rate and single-digit inflation – have managed to preserve.

So, should Venezuela default on its foreign bonds? If the authorities adopted common-sense policies and sought support from the International Monetary Fund and other multilateral lenders, as most troubled countries tend to do, they would rightly be told to default on the country’s debts. That way, the burden of adjustment would be shared with other creditors, as has occurred in Greece, and the economy would gain time to recover, particularly as investments in the world’s largest oil reserves began to bear fruit. Bondholders would be wise to exchange their current bonds for longer-dated instruments that would benefit from the upturn.

None of this will happen under Maduro’s government, which lacks the capacity, political capital, and will to move in this direction. But the fact that his administration has chosen to default on 30 million Venezuelans, rather than on Wall Street, is not a sign of its moral rectitude. It is a signal of its moral bankruptcy.

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http://www.project-syndicate.org/commentary/ricardo-hausmann-and-miguel-angel-santos-pillory-the-maduro-government-for-defaulting-on-30-million-citizens--but-not-on-wall-street#KCo7Kwky4xQvOie7.99

Ricardo Hausmann @ricardo_hausman
Miguel Angel Santos @miguelsantos12

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