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jueves, 3 de abril de 2014

RICARDO VALENZUELA, EL PAIS DE LAS MEDIAS TINTAS, REFLEXIONES LIBERTARIAS, DESDE MEXICO

Hace unos días la prestigiada revista británica, El Economista, publicó una entrevista con nuestro flamante Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la cual, entre otras cosas, hace una importante revelación. Afirma él que, para lograr su doctorado en economía, tomó la decisión de acudir al Masachuset Institute of Technology (MIT) y no a el otr0 prestigiado centro de estudios económicos, The University of Chicago, porque piensa que los mercados no son perfectos. Cabe señalar que en esa época, la universidad de Chicago era el cuartel general del legendario Milton Friedman y sus monetarista, que le daban vida a la famosa escuela de Chicago.

La afirmación asoma cierta rivalidad y, sobre todo, parece asumir la superioridad de la escuela económica del MIT frente a la de Chicago. De forma subliminal, Videgaray afirma que los últimos Secretarios de Hacienda, Francisco Gil Diaz y Agustin Carstens (200-2009) fueron hombres emanados de la Universidad de Chicago, en donde obtuvieron sus doctorados, y la economía mexicana en ese periodo tuvo crecimientos muy raquíticos. Yo en lo personal pienso que, dadas las circunstancias y los presidentes a quien sirvieron, Gil Diaz y Carstens han sido dos de los mejores Secretarios de Hacienda de nuestra historia.

Con sus afirmaciones Videgaray telegrafía el que los Chicago boys (liberales) rezan ante el altar de los mercados asumiendo su divinidad que los convierte en infalibles, mientras que los MIT boys (intervencionistas) prometen domar las manifestaciones erróneas de los mercados mediante la agresiva intervención del estado, viajando mas allá de las responsabilidades originales que le dieran vida a los gobiernos, la protección de vida, libertad y propiedad de los ciudadanos. Esta corriente de pensamiento, en sus diferentes grados y facetas, es precisamente la que ha lanzado a México al pozo oscuro del intervencionismo y no ha permitido se desarrollo.

Aun cuando Videgaray luego pasa a describir cómo el gobierno debe promover el mejoramiento de los mercados, se queda muy corto al no desenfundar acciones claras y concretas que realmente conviertan a nuestros atrofiados y manoseados mercados, en fuerzas vibrantes y saludables que catapulten el país a la dimensión que merece, la dimensión de los grandes. Me parece que nuestro flamante secretario aun quiere cabalgar, ni muy, muy, ni tan, tan, sobre aquel fantasmal corcel de las medias tintas. O más claro, como lo afirmara Carlos Elizondo en un reciente artículo; “Ni tanto que queme al santo”, es decir, a no soltar la rienda muy jalada, para caer en el océano de la mediocridad.

La economía mexicana es, y seguirá siendo, una economía mixta, nos gritaban los políticos en los años 60 y 70, una economía en la cual el gobierno y la iniciativa privada van de la mano, es decir, una economía a medias tintas. Desgraciadamente ese fatal híbrido parió a los empresarios estatistas, líderes sindicales millonarios, una hambrienta burocracia, el estadio de la rampante corrupción y políticos como los describiera Hank Gonzalez; “Un político pobre es un pobre político.”

Después, los modernos científicos, durante los años 80 y 90, notificaban el final de la economía mixta para transitar, mediante el “neoliberalismo, no el verdadero liberalismo”, hacia una economía privatizada ya sin el estado propietario, mas abierta, dispuesta a penetrar mercados internacionales y, supuestamente, una economía con el afán de competir. Todo ello se pretendía implementar “liberalizando” la economía pero manteniendo un sistema político a imagen y semejanza de Elias Calles y su dictadura perfecta. Es decir, te doy piola pero poquita, y si no cabresteas te ahorcas.

Pero como siempre ha sucedido en nuestro país, todo ello se implementaba igual, a medias tintas, ni muy, muy, ni tan, tan. Los organismos privatizados pasaban solo de ser monopolios estatales para convertirse en monopolios privados. Las clásicas representaciones revolucionarias como el petróleo, la energía fueron intocables. El ejido, la bandera mas clara del fracaso revolucionario, sufría una trasformación que parecía representar a un grave enfermo en la sala de operaciones, al cual los médicos abandonan en medio de la cirugía. El estado mexicano ya no era tan, tan propietario, pero a través de legislaciones, impuestos, regulaciones, tramitología etc, sostenía su abrazo mortal sobre la economía que le han permitido seguir consumiendo el mismo porcentaje del PIB.

Finalmente el cansancio y los nuevos tiempos, que fueran totalmente ignorados por nuestros líderes, provocaban la explosión del sistema político a principios de los años 90 luego que atestiguáramos algo impensable, la rebelión contra el presidente de miembros del partido culminando con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. Los avances ni muy, muy, ni tan, tan, logrados por la administración de Salinas, fueron luego destruidos en un país sin instituciones para afrontar el saboteo producto de la rebelión política, y con el error de Diciembre, el país inició otra caída mas al abismo.

El terremoto político finalmente llevaba al poder a la fiera oposición frente a la gran esperanza de los mexicanos. Si de alguna forma pudiéramos calificar las administraciones panistas de 2000 al 2009, tendría que ser con lo mismo; ni muy, muy, ni tan, tan. Perdidas, opacas, grises y claro, no provocaron las debacles económicas de antaño y eso, señor Videgaray, se lo deben a esos Chicago boys, Paco Gil Diaz y Agustin Carstens, pero el país no requería administradores del statu quo, requería de estadistas con la habilidad de lograr los cambios y reformas, en lo económico primero, para luego continuar pues es bien sabido que sin combustible, no se puede transitar.

Ahora llegamos al partido de Calles recuperando el poder. Hablan de mercados libres pero no los liberalizan, aprueban reformas pero, como afirma la editora del Wall St Journal, Mary O’Grady, no hay que cantar victoria pues faltan las letras chicas y se huele peligro. La reforma fiscal es una manifestación de lo que realmente mueve al presidente y a Videgaray y, al asomarnos, nos da pavor. El Sr. Videgaray debería controlar su entusiasmo por su regulación sistemática y orientarlo a la libertad. La libertad económica que tanto han combatido en México, pero es lo que nos deba de convertir en un país desarrollado. Es hora de abandonar las medias tintas y soltar la piola.

Ricardo Valenzuela
chero13704@gmail.com

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domingo, 7 de abril de 2013

RICARDO VALENZUELA, LAS MEDIAS TINTAS DE AMÉRICA LATINA, REFLEXIONES LIBERTARIAS, DESDE MEXICO,

Ante un mundo navegando la tormenta de economías en declive, un mundo hundido en la confusión, el manto del estatismo encabezado por Barak Obama de nuevo cubriendo el planeta, vale la pena revisar la obra que retratara América Latina hace unos años. La frustrada historia de una seria transformación política y económica al sur de los EU fue narrada en el libro; “La Revolución Capitalista en América Latina”, escrito por Paul Craig Roberts y Karen Araujo.
La tragedia de América Latina, explican, es que durante los últimos 500 años sus países han vivido sólo bajo mercantilismo, planeación central y autoritarismo. Durante los siglos de dominación española, las autoridades de Madrid impusieron estrictos controles en la vida económica de sus colonias. Cada fase de la producción, distribución, consumo e intercambio, ha estado monopolizada y regulada por el Estado o a través de privilegios políticos depositados en los diferentes jugadores en este póquer de naipes marcados. Por lo mismo, la carga fiscal ha sido opresiva e insoportable, el saqueo incontrolable.
Las recompensas del control político sobre las diferentes actividades económicas de la sociedad fueron tan grandes, que era muy popular el tener subastas públicas para comprar esa posiciones regulatorias e impositivas de la corona de España. Corrupción, mordidas y robo eran los medios más rápidos y lucrativos de adquirir riqueza. Las únicas avenidas para enriquecerse eran la Iglesia Católica, el mercado negro, o el servicio público.
El espíritu individualista, la libre empresa y la competencia abierta, eran totalmente desconocidos. Aun cuando hubo algunos intentos para limitar el poder del estado sobre las actividades económicas en el Siglo XIX, el Siglo XX se distinguió por el reforzamiento de la herencia política y económica colectivista. América Latina ha estado dominada por socialismo, estatismo, corrupción y “el Estado benefactor.”
Los autores explican cómo nuestros países funcionan en lo que llaman “sociedades cerradas.” Sociedades en las cual los mercados están regulados o monopolizados por el Estado, sin libertad para la actividad empresarial del individuo, creatividad, para tomar riesgos, exploración, innovación etc. La sobrevivencia en las sociedades cerradas requiere conexiones, licencias, permisos, “honorarios” para poder participar en esos mercados. El costo de operar en este tipo de economías es mucho más alto que en sociedades libres deteniendo así la innovación, el desarrollo, y de esa forma incrementando el precio de bienes y servicios provocando realmente sean escasos y sumamente caros para el consumidor, saboteando la prosperidad de los pueblos.
En el caso de México, la economía ha sido concesionado como privilegio a un determinado “cartel empresarial,” a sindicatos monopólicos corruptos, o a la burocracia del Estado—algunas veces a una combinación de los tres. Grandes cantidades de dinero son ordeñadas como “ganancias políticas,” en cada fase de los procesos productivos en los campos controlados por esos carteles. Políticos de alto nivel, burócratas, líderes sindicales y hombres de negocios pegados a la ubre estatal, viven nadando en su riqueza mientras que el resto de la población vive en la miseria. El status social no se basa en el mérito, el trabajo, productividad, el éxito compitiendo justamente, sino en el número de conexiones familiares o personales con aquellos en las altas esferas del control político y el poder.  
Los autores describen brillantemente la ideología de la planeación central, intervencionismo, ingeniería social en la que se basaron los esquemas de los gobiernos para controlar el desarrollo de nuestros países. Bajo la influencia del socialista sueco, Gunnar Myrdal, quien por muchos años fue la cabeza de la conferencia sobre intercambio y desarrollo de las Naciones Unidas, economistas en los EU y Europa cocinaron una tras otra falacia económica para justificar por qué no se debía confiar en los mercados. En su lugar, de acuerdo con esos “expertos,” solo la planeación central y funcionarios gubernamentales podrían sacar al continente Latinoamericano de su pobreza.
En nuestra región establecieron su base más importante en la persona de Raúl Pelbrich a la cabeza de la OEA, economista de extracción marxista que por muchos años promovió con éxito sus teorías en toda América Latina y produjo retoños como el fatal Alan García en su primera versión, en México el orgullo revolucionario, Luis Echeverría, y en prospecto tenemos a El Peje que promete “mejorar” las hazañas de su ídolo Hugo Chávez.
El Dr. Roberts subraya que a pesar de los cambios que se han implementado en Perú, Brasil, Colombia y México en años recientes, de ninguna manera estos países se han convertido en bastión del capitalismo laissez-faire. Por el contrario. El claramente enumera la regresión sufrida y la serie de radicales cambios que todavía se tienen que implementar, si algún día queremos construir sociedades libres. Y tal vez ese cambio deba darse como en China: De la base de la pirámide hacia la punta. Es decir, los plebeyos presionando a las elites.
Los autores afirman que constitucionalmente, cultural e ideológicamente, las premisas del estado benefactor intervencionista están todavía profundamente arraigadas en toda América Latina. La prueba más clara de esta afirmación, es la lucha de ciertas facciones políticas y empresariales en México para revertir todas las reformas que se han implementado en los últimos años al mismo tiempo que, un congreso controlado por hordas de Mao Maos, ha bloqueado todos esfuerzos con los que se pretende romper las cadenas que aprisionan el país, y lo mantienen pobre y desesperado.
Un poco antes de fallecer en el 2005, Jude Wanninsky, Presidente de la prestigiada firma consultora Polyconomics, en una cena en Nueva York me afirmaba. “Si algún día México se arma con un sistema impositivo de bajo costo y competitivo, precios fijados por el mercado, acuerdos de libre comercio a nivel mundial y el resto de las reformas pendientes para realmente liberar su economía. Con sus ventajas de ubicación, recursos naturales y demográficos, se convertirá en una de las aéreas más promisorias del mundo para la inversión y de acelerado crecimiento económico, probablemente la más promisoria del mundo.
México no debe de establecer objetivos modestos que invariablemente producen resultados anémicos, no debe seguir con sus medias tintas. Es hora de derribar todas las barreras mercantilistas y aniquilar el estatismo que durante siglos han mantenido al país muy por debajo de su potencial, para llevarlo hacia los rangos de los países más prósperos y desarrollados del planeta. Si no logra afianzar este proceso en las primeras dos décadas de este siglo, habrá perdido el tren de la modernidad que ya montan países como China, Australia y Nueva Zelanda.” AMÉN.
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