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viernes, 18 de septiembre de 2015

PEDRO PAÚL BELLO, QUE ES LA POLÍTICA.

Decía el eminente venezolano, profesor y amigo  Arístides Calvani, que la política “es el arte de hacer  posible lo que es menester”.  Ello es cierto: la política no es ni puede ser un disfrute, un negocio, una manera de sobresalir en una sociedad determinada,  un modo de tener prestigio o de acumular riquezas.

Es un arte, sí, pero un arte cuya finalidad consiste, en una Sociedad determinada cual se quiera sea ella, un conjunto de condiciones y de acciones que conduzcan, para el alcance de todos sus miembros, de aquello que se llama el bien común general, esto es, la buena y digna vida humana de todos sus integrantes. El Papa Pio XII calificó a la política como la acción humana de más valor, después de la Caridad.

Sin embargo, el trabajo que la política exige para su desarrollo y ejercicio, no es fácil ni aplicable en todas las naciones de la tierra que el Creador ha regalado para la felicidad y el desarrollo de todos los seres humanos que han existido, existen y existirán en este mundo terrenal, porque para ponerla en práctica efectiva en cada nación y pueblo de este planeta, es indispensable que quienes, como ciudadanos deseen aplicarla, tengan un nivel muy alto de compromiso honesto y de entrega personal, además del indispensable conocimiento y manejo limpio de la política en sus diferentes aspectos.  Estas últimas condiciones, además de las anteriores, no son susceptibles de improvisar ni tampoco de conocer “a medias”, como puede ocurrir con otras actividades que sean más sencillas o menos exigentes. En efecto, la ciencia de la política no se puede improvisar ni “aprender a medias” como puede ocurrir con algunas otras disciplinas. Por ello, como decía Calvani, en efecto es un arte, como lo son las verdaderas música, pintura, filosofía, química, etc.  

Por otra parte, como lo es así en otras ciencias, artes o disciplinas, la política no se reduce a un solo o único conocimiento, sino a muchos de ellos entre los cuales pueden aparecer nuevas y diversas formas de actuar que, a veces, o aún no se conocían o no se les había dado suficiente importancia. En efecto, como dicho antes, la política es una ciencia, pero su existencia como tal no está muy lejana del inicio de su conocimiento humano. Pueblos antiguos, cuya existencia se remonta a muchos siglos antes de la existencia de Jesucristo,  hicieron y actuaron abundantemente en política, sea ella interna en sus territorios o externa, como cuando se trataba de imponer su dominio ante otros pueblos; en los tiempos posteriores se fueron decantando y "purificando" el significado y efectos de la Ciencia Política.

Entonces se pasó de una política ejercida por la fuerza y en favor de todas las exigencias y ocurrencias de los soberanos que eran únicos detentadores del poder, hasta alcanzar el desplazamiento de estos y su gradual sustitución por miembros de las Sociedades designados por los habitantes, llamados desde un entonces "ciudadanos". 

El desarrollo de la política se presentó, en la historia de la humanidad, no como un hecho común a todos los pueblos, sino diferenciados según el grado de desarrollo político que fueron adquiriendo los diversos tipos de ciudadanías. La nación políticamente más adelantada en ese desarrollo ha sido, sin dudas, Inglaterra.

Arnold J. Toynbee, en su famoso "Estudio de la Historia" expresó, con razón, que no es posible comprender la historia de todos los pueblos sin referirse a Inglaterra, pero es posible  --más o menos--
comprender, sin referirse a todos los pueblos la historia de Inglaterra. Recuérdese que el primer parlamento inglés fue propiciado por Simón de Montfort en 1264, obligando al entonces Rey Enrique III para que se sometiera a los dictados del poder parlamentario. Estamos hablando de casi 752 años antes del presente que vivimos.
Los Estados Unidos son una criatura de origen inglés, creada por ingleses que allí fueron desde Inglaterra y desarrollada posteriormente, y hasta el presente, por una conducta política similar a la su madre patria.

Cuando en las Universidades dictaba clases de la materia Ciencias Políticas, dejaba que mis alumnos expresaran, en el inicio de éstas, a expresar sus opiniones en comparación del desarrollo político de nuestra América Latina comparado con el resto del mundo. Las respuestas eran siempre muy variadas y curiosas; resaltaba en ellas señalamientos que achacaban nuestros problemas a los políticos del tiempo, a los pueblos tildados de flojos, temerosos o incompetentes y muchas causas más. Cuando terminaban las exposiciones les preguntaba ¿Cuanto tiempo tiene nuestro país y los restantes del sub-continente como naciones autónomas y libres? Las respuestas eran de pocas o ninguna validez.
Les decía entonces, somos Nación constituida sólo a partir del año 1830, cuando se consolidó la separación de Venezuela de la Gran Colombia, y se inició el primer gobierno de la República bajo la presidencia de José Antonio Páez, y no, como muchos decían, con la Declaración de Independencia de 1811. Tenemos menos de tres siglos de independencia. Y lo mismo, pero más, respecto a otros países del sub-continente, y entonces, les recordaba o explicaba los tiempos de otros pueblos de lapsos mucho más largos.

Dos siglos y un poco más, nada son en la historia de los pueblos. Tenemos la ventaja de una singular oportunidad;  la de poder adelantar los tiempos con nuestros esfuerzos de ciudadanos que aman de verdad su Patria, y no la consideran la gallina de los huevos de oro adecuada para llenar sus bolsillos y satisfacer sus ambiciones.

Pedro Paúl Bello
ppaulbello@gmail.com
@PedroPaulBello


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domingo, 24 de mayo de 2015

LEONARDO MORALES P., AHORA LA POLÍTICA

Las fuerzas democráticas venezolanas han dado un paso significativo en la búsqueda de una plataforma política que ofrezca a los venezolanos la posibilidad de poder creer que su vida, la que padecen y soportan, puede ser revertida en los tiempos que los procesos sociales y políticos imponen. Más que el consenso y las primarias, ha sido un sentido de responsabilidad política con el país, que no es poca cosa, lo que lo ha hecho posible.

Los venezolanos han aceptado la idea de que la unidad de los partidos políticos democráticos es un factor importante y determinante para deshacerse de ese conjuro que ha cargado la sociedad venezolana en estos 15 años.
Con todo, los ciudadanos entienden que hay que ir más allá, y que no basta con ese extraordinario esfuerzo que significa la unidad. Es vital, para los que desde ya respaldan el esfuerzo realizado desde la MUD, como para aquellos, más  escépticos y desconfiados, que la unidad sea dotada de un contenido político que inspire confianza y certeza en el porvenir.
Bien persuadidos estamos que los procesos políticos implican un enorme grado de incertidumbre, no obstante, las fuerzas democráticas deben actuar para desarrollar una narrativa que implique, entre otras: confianza en que las cosas pueden mejorar y que no estamos obligados, per se, a soportar un gobierno que actúa con un superlativo desatino. Hay que hacer sentir al país, en lo más profundo de sí, el deseo de las fuerzas democráticas de reconducir a la nación hacia un proceso de plenas libertades y de la supresión de controles inútiles, así como de la instauración de unas políticas redistributivas que conduzcan, a la parte más débil de la sociedad, a la superación de su dependencia de políticas sociales asistencialistas que no promueven el desarrollo ni la innovación.
Ambas direcciones son importantes pero resulta relevante atender muy especialmente la segunda. Allí están los escépticos y los desconfiados, y estos deben ser el centro de una política democrática que no solo los incluya, como obliga una política genuinamente democrática, sino que, también, ellos se sientan actores y corresponsables de su futuro.
El ejercicio de una política en esta dirección no debe estar enmarcada y mucho menos reconocida por una conducta que revela la existencia de “unos buenos sentimientos”, sino que actúa fundada en una política moral que tiene muy claro el reconocimiento del ejercicio del bien, esto es, el respeto y la promoción de la dignidad de la persona humana.
La promoción de una política social no debe estar sustentada, como ahora, en una compasión que priva al ser humano de su pleno desarrollo y hasta de su vida. Qué sentido tiene vivir en una “zona de paz” cuando finalmente se consigue la muerte. Cuán digna puede ser la vida cuando ha de pasarse horas en interminables colas para relativamente abastecerse de alimentos y medicinas.
Una política social debe promover la expansión de las capacidades humanas, indispensable para el fomento del desarrollo individual y de su liberación definitiva de la pobreza que, en definitiva, contribuirá al fortalecimiento de toda la colectividad.
Leonardo Morales P.
leonardomorale@gmail.com
@leomoralesP

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miércoles, 23 de julio de 2014

ÁNGEL LOMBARDI, RE-INVENTAR LA POLÍTICA

Aunque creamos lo contrario la realidad nunca es conservadora y los políticos y la política no terminan de entenderlo. 
La realidad del mundo se mueve hacia adelante. Sociedad, ciencia, cultura se van configurando en la dinámica de la nueva sociedad del conocimiento mientras que en la política seguimos anclados en el anacronismo de izquierdas y derechas, una manera cómoda de evadirse hacia un pasado mítico que nunca existió o un futuro irreal que tampoco existe. Se vive de ilusiones, escapismo y evasiones que terminan en un discurso vacío que ni convencen ni movilizan. De allí la necesidad de re-inventar la política desde el ciudadano real y la sociedad real y no desde las diversas marginalidades que la propia sociedad genera y mucho menos desde la “fotografía” de las encuestas, normalmente sesgadas y manipulables, sin menoscabo de reconocer su utilidad y niveles de objetividad necesarios para el análisis. En  política el problema de fondo no es el poder, sino a que valores responde y sirve el poder y a quien sirve el poder en este sentido desde 1948 y mucho más en este siglo XXI, la doctrina esencial del poder y el gobierno es el respeto absoluto a los Derechos Humanos. Igualmente el gobierno deja de ser un asunto solamente técnico y debe asumirse también en la perspectiva de la ética. Estado y gobierno no son entelequias jurídicas y mucho menos estructuras vacías sino instituciones formadas por personas concretas al servicio de los seres humanos.
La política ya no solo es sobre ideales e imaginarios sino discurso y acción sobre lo “real en transformación” y eso obliga a asumir la política como “actividad inteligente” que discuta sin dogmas, sin pre-juicios y sin ideas pre concebidas, de no ser así la política termina aburrida, repetitiva y sin interés para la mayoría. La política para que sea interesante y útil, tiene que entenderse y asumirse como una actividad pensante y no reducirse a un simple activismo electoral o a una organización burocratizada de funcionarios del partido, que en algún momento aspiran convertirse en funcionarios del gobierno.
La política  debe generar permanentemente respuestas inteligentes y creativas frente a la realidad- real en permanente proceso de exigencia y cambios y en contextos de complejidad e incertidumbre crecientes.
La realidad no es de derechas ni de izquierdas. 

Ángel Lombardi
alr.lombardi@gmail.com

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viernes, 12 de julio de 2013

FERNANDO LONDOÑO HOYOS, LA POLÍTICA PERDIÓ TODA NOBLEZA,


Se quedó sin altura, sin ideas ni motivos. Santos no tiene a su alrededor una mesa de unidad, sino una turba pedigüeña de mendigos, esperando la prometida mermelada.

Alguien dijo que los pueblos felices no tenían Historia. Juan Manuel Santos tuvo esa oportunidad colosal para un hombre ecuánime y sensato: conseguir para Colombia cuatro años sin Historia, a cambio de una prosperidad sin igual. Nada más que eso fue lo que malbarató.

Colombia había conseguido afincar el valor fundante de la seguridad, que es como el cimiento de todas las virtudes y ventajas para una nación próspera. La culebra del terrorismo estaba viva, pero, como todas las de su especie perdida en la selva, apenas reptando sigilosa y escondida para salvarse de la extinción definitiva. ¿Quién iba a imaginar a los cincuentones y sexagenarios jefes de las Farc y del Eln, ayer ignorados y vencidos, con calidades de plenipotenciarios, sentando cátedra y disponiendo de nuestro presente y futuro? ¿Quién podía suponerlos dueños de las fronteras y de los medios de comunicación, afincados en sus armas renovadas, en sus riquezas malditas, discutiendo como próceres la calidad y contenido de nuestras instituciones?
El Presidente logró el antimilagro. Para forjar su propia imagen de redentor y pacificador, lo que hizo fue volver a la vida unas organizaciones destrozadas, despreciadas, caducas, para convertirlas en curiosos árbitros de nuestro destino.

Santos, que como ministro de Hacienda del 2002 entregó un país sufriendo la más horrible crisis económica, lo recibió ocho años después en una bienandanza casi inconcebible. Crecimiento del 5 por ciento anual, holgura fiscal, superávit de balanzas, industrialización admirable, construcción y obras públicas en auge, un millón de hectáreas nuevas incorporadas a la producción agrícola, un millón de barriles por día en petróleo, inversión disponible y creciente, en fin, un panorama casi increíble, de puro brillante y sólido.

Pero Santos no quería salir debiendo. Y dilapidó la herencia recibida diseñando un Estado megalómano, sin cabeza ni músculo, pura grasa, impedimenta plena. Y se dedicó a repartir mermelada en lugar de sembrar desarrollo. Y a gastar en demagogia sin enfrentar los problemas del crecimiento.

La economía es una piragua con maderamen que cruje. Cuesta conseguir recursos de crédito; la revaluación no se corrigió y está matando la industria y sofocó el campo; las obras no despegaron, como lo notan hasta los redactores de The Economist; las regiones se empobrecieron; las fuentes de la inversión se secaron; el PIB crece a un más que mediocre tres por ciento. En su conjunto, el antimilagro económico.

Uribe dejó un sistema de salud y un sistema educativo con coberturas plenas. La pobreza había caído del 54 al 37 por ciento. Colombia avanzaba en la solución del problema de vivienda. La niñez tenía guardián. La tecnología llegaba a todos los lugares, para incorporarlos a la modernidad.

No se ha construido ni reformado un solo hospital. El doctor Santos creyó que con escándalos curaba a la gente sus males, que con anuncios nacían universidades, que con promesas se multiplicaban las cárceles, con reformas baratas se conseguía justicia y con regalitos se solucionaba la ardua cuestión de la vivienda. Y no tenemos salud, ni educación, ni justicia, ni techo para los pobres, ni esperanza para la clase media. Así se ha roto el tercero de los huevitos, el de la inclusión social.

La política perdió toda nobleza, se quedó sin altura, sin ideas ni motivos. Santos no tiene a su alrededor una mesa de unidad, sino una turba pedigüeña de mendigos, esperando la prometida mermelada. Mala noticia para todos: los huevitos rotos ya no permiten que corran los ambicionados raudales de gajes y prebendas. Y no hay nadie menos leal que un pordiosero desairado.

flondonohoyos@gmail.com


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