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jueves, 19 de marzo de 2015

GABRIEL S. BORAGINA, INDIVIDUALISMO VS. SOLIDARIDAD

Existe un reclamo generalizado en cuanto a que los problemas sociales se deben a un "excesivo" egoísmo de la gente y a una escasez de solidaridad, insistiéndose sobre la necesidad de incrementar esta última sobre el primero.

Pero ¿qué tenemos que entender realmente por solidaridad?
Según el diccionario nos da la siguiente definición:
solidaridad.[1]
(De solidario).
1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.
2. f. Der. Modo de derecho u obligación in sólidum.
Si analizamos el significado de la palabra advertiremos que la acepción que nos interesa es la primera, y -en esta inteligencia- no puede en modo alguno decirse que vivimos en una sociedad poco o nulamente solidaria, sino todo lo contrario, atento que prácticamente por todas partes y en todos los sentidos vemos esa "Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros". Esto se refuerza más si tenemos en cuenta que esa adhesión que caracteriza la solidaridad es circunstancial, es decir, es meramente temporal, no permanente. Y esa adhesión temporal o provisoria no es hacia una persona (como ordinariamente se cree) sino que es "a la causa o a la empresa de otros".
Por ejemplo, cuando una persona apoya a un partido político dicho acto es un típico acto de solidaridad, ya que cumple con todas las condiciones de la definición usual del término (circunstancialidad y causa, en el ejemplo).
Nótese que esto no supone ninguna clase de "entrega" o "dación" a la causa o empresa a la que se adhiere, y menos aún a las demás personas que también adhieran a la misma causa o empresa. Para lo cual, será útil examinar ahora el significado de "adherir", del cual el diccionario nos informa:
adherir.[2]
(Del lat. adhaerēre).
1. tr. Pegar algo a otra cosa. Adhiero el sello al sobre. Adhirió el cartel a la pared.
2. intr. Dicho de una cosa: Pegarse con otra. U. m. c. prnl.
3. intr. Convenir en un dictamen o partido y abrazarlo. U. m. c. prnl.
4. prnl. Der. Dicho de quien no lo había interpuesto: Sumarse al recurso formulado por otra parte.
Por supuesto que, en lo que en este tema nos interesa no es a la adhesión física o literalmente pegamento (que es al que aluden las acepciones 1 y 2 del diccionario) tampoco -en el caso- nos interesa el significado legal (que viene dado por la cuarta significación), sino que el sentido relevante para nuestro estudio es el de la tercera designación, de donde se deduce que la solidaridad consiste -en definitiva- en estar de acuerdo con un dictamen o partido (lo que resulta de las palabras "convenir" y "abrazarlo").
Nuevamente observamos que esto no implica ningún tipo de dación, entrega, pago, etc. por parte del sujeto que adhiere a la causa o empresa objeto de la misma. Obviamente, esto no quita que el que adhiere también pudiera hacerlo –eventualmente- aportando bienes, servicios, o ambos a la causa o empresa. Pero este no es el rasgo característico de la solidaridad, porque dicha adhesión puede ser meramente verbal, retórica o mental. Quien simplemente simpatiza con una causa o empresa pero no realiza ningún acto de desembolso a estas también es solidario, tan solidario como el que contribuye con dinero o en especie a aquellas. La solidaridad puede, de tal suerte, ser tácita o expresa, sin que implique necesariamente ninguna entrega a la causa o empresa con la cual el sujeto se solidariza.
Quien sencillamente no hace algo que podría haber hecho para cambiar un determinado estado de cosas, se está solidarizando con dicho estado de cosas o situación. O, en otros términos, el que pudiendo rebelarse a una realidad dada, creada por una causa o empresa que es perjudicial a uno o muchos,  simplemente se queda de brazos cruzados mirando o esperando que los acontecimientos sigan su curso, es perfectamente solidario con los causantes de dicho contexto perjudicial. Es decir, se puede ser solidario tanto por acción como por omisión.
En esta orientación, insistimos, resulta absurdo afirmar que no vivimos en una sociedad solidaria, ya que podemos observar, por todas partes y en diversos lugares del planeta, situaciones de solidaridad, tanto individual como colectiva, en el sentido apuntado antes.
Pero hay una forma más general y más particular de entender la "solidaridad", y es cuando se espera que otro u otros hagan algo por nosotros sin necesidad de que nosotros demos nada a cambio de ello. Digamos que esta es la noción más extendida, difundida y aceptada del vocablo solidaridad. A nivel político, es la situación más frecuente, dado que ese "otro" u "otros" de los que se espera que resuelvan todos nuestros problemas (es decir, que sean solidarios con nosotros) son el gobernante o los gobiernos en general (cualquiera sea el partido que este en el poder).
Pero no sólo se manifiesta en el plano político, sino -y principalmente- en el social en general. Es mayoría la gente que vive esperando que sea "el otro" (el vecino, el amigo, el esposo, la esposa, el jefe, el empleado, etc.) quien dé o haga algo para cada uno de los que forman parte de esa mayoría. Es decir, la solidaridad -que de ordinario se declama- es la demanda para que los demás sean solidarios, en el sentido de que sean los demás los que nos solucionen todas nuestras dificultades (grandes o pequeñas).
Esto contrasta violentamente con todos aquellos que quieren convencernos que la sociedad es "individualista". Nada más lejos de la realidad. Un individualista no espera que nadie le remedie sus contrariedades. Las resuelve por sí mismo o -llegado el caso- contratando a otras personas a cambio de una retribución para que lo ayuden a resolverlas. Pero un individualista no vive esperando -y menos aun exigiendo- que los demás sean "solidarios" con él, sino que se las arregla por las suyas del modo indicado. Lo que en manera alguna implica que el individualista sea un "antisocial" (otro mito falso, harto difundido). Por el contrario, resulta ser -que como venimos explicando- el que deviene ser un auténtico antisocial es aquel que posa de solidario, en tanto que el comportamiento verdaderamente social cae en cabeza del tildado como individualista.

[1] Real Academia Española © Todos los derechos reservados.
[2] Ídem. Nota anterior.

Gabriel Boragina
gabriel.boragina@gmail.com
@GBoragina

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sábado, 1 de febrero de 2014

LUIS JOSÉ SEMPRUM, EL GRAN DILEMA EXISTENCIAL

Como ocurre con muchos jóvenes venezolanos, cada cierto tiempo me toca enfrentar un gran dilema existencial: irme del país, y ponerme a salvo de todos los problemas que nos afectan, especialmente el de la inseguridad; o quedarme y luchar, hasta recuperar la democracia.

Ambas alternativas son difíciles. Mis amigos que han decidido irse, me cuentan lo duro que es abrirse camino en otro país, aún para profesionales universitarios. Y quedarse no menos duro, porque en las actuales circunstancias resulta imposible labrarse un futuro; casarse, tener hijos, adquirir carro y apartamento, y hasta pagar los mínimos gastos de manutención familiar.

Periódicamente me hago la misma pregunta, ¿me quedo o me voy? Y luego de mucho meditar, siempre escojo por la misma opción: quedarme, pero no en la Venezuela de hoy, que no ofrece oportunidades, sino en la Venezuela del mañana, la que tenemos que construir todos juntos.

No puedo garantizar el éxito de mi decisión. Si las cosas siguen como van, quizás la destrucción del país será irreversible. Pero percibo vientos de cambio; no por lo que ha hecho la oposición, que más bien nos ha traicionado, sino por el fracaso del Gobierno. Hasta los chavistas se dan cuenta de ese fracaso, como puede leerse en muchos artículos críticos que se publican en la página de Aporrea.

Aún recuerdo como si fuese ayer aquel fatídico 4 de febrero de 1992, pese a que en ese entonces tenía doce años. Mis recuerdos de ese día se asocian a la muerte, terror, sangre, caos. Desde esa fecha mi vida cambió; en adelante palabras como inseguridad, invasión, Cuba, comunismo, guerrilla, hampa, secuestro, inflación, desesperanza, frustración, se volvieron cotidianas.

Pero todo mal cumple con un determinado ciclo. Como un tsunami, arrasa con todo lo que encuentra en su camino, y luego las aguas regresan a la calma, dejando a su paso muerte, dolor y escombros. Y pareciera que el ciclo de la mal llamada revolución bolivariana está llegando a su fin.

Me quedo en Venezuela. Seguiré luchando a mi manera y buscando la excelencia en el trabajo que desempeño. Continuaré aportando ideas y seguiré expresando estos sentimientos que inundan mi corazón. Confío en que muy pronto pueda escribirles, para anunciarles que lo peor ya pasó, y que ahora nos tocará abocarnos a la reconstrucción del país. Que así sea.

@LuisSemprumH
l.semprum@gmail.com

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martes, 2 de julio de 2013

CIPRIANO HEREDIA S., ¿PATRIA, SOCIALISMO O PAPEL TUALÉ?

Hace unos días el canciller y reconocido filósofo Elías Jaua, sacudía al país entero con una aguda pregunta que solo una mente privilegiada puede concebir: ¿ustedes quieren patria o papel tualé?  A lo cual inmediatamente añadió con sapiencia propia de un ducho encapuchado de cultura universal: "un problema puntual de abastecimiento no puede medirse con un valor supremo como es tener patria, la patria no se mide en un supermercado"... Uuuffffff. Densidad intelectual pura y dura.

La verdad es que el Sr. Jaua me estremeció la conciencia. Jamás me había planteado semejante dilema: ¿tener patria o papel tualé? ¡Guao! En realidad me senté a pensarlo por un buen rato. No es fácil dar respuesta a un reto mental y moral como ese. Nada más y nada menos que tener que escoger entre Venezuela, sus símbolos, su historia, mi identidad y mi nacionalidad por un lado, y un bien tan necesario y básico como el papel tualé, un artículo simplemente indispensable para llevar una vida medianamente civilizada.

No obstante, me encontraba en plena meditación profunda e inmerso en severas disquisiciones éticas, cuando de repente surgió una reflexión elemental en mi cabeza: 

¿Por qué los venezolanos debemos asumir como válida semejante dicotomía? 

¿No es posible tener patria y papel tualé a la vez? 

¿Será este, acaso, uno de los dilemas existenciales que plantea una doctrina tan de avanzada como el "socialismo del s. XXI"? 

¿No será, más bien, que el verdadero dilema es entre el modelo socialista, intervencionista, controlador, anacrónico y fracasado por un lado, y el papel tualé, la harina de maíz precocida, la leche, el café y las toallas sanitarias por el otro? 

Porque la respuesta a ese dilema sí que la tengo clarita: entre el socialismo de este Gobierno y el papel tualé, me quedo con este último sin pensarlo dos veces, y hemos llegado al punto en que debemos ir escogiendo, porque se va haciendo palpable que ambas cosas se excluyen mutuamente.

Tras estas reflexiones básicas que han puesto orden en mi cerebro y traído serenidad a mi conciencia, no puedo dejar de pensar en que este Gobierno nos tiene además padeciendo la inflación más alta del Continente, que el nivel de desabastecimiento tiene meses por encima del 20%, que la productividad está en el piso tras la expropiación de mil empresas y la confiscación de 4 millones de hectáreas en el campo, que el año pasado importamos bienes por más de 50 mil millones de dólares, y que dependemos del petróleo más que nunca, todo lo cual nos tiene hundidos en una grave crisis económica.

Por todo ello, yo le devolvería la pregunta al Sr. Jaua en estos términos: ¿debemos nosotros someternos a su falso dilema, o será que ustedes desde el Gobierno han hecho con la patria lo que todo el mundo normalmente hace con el papel tualé?

No hace falta que responda Canciller. Los venezolanos sabemos de sobra la respuesta y, aunque a Ud. le moleste, una parte de ella sí se mide y se refleja en los supermercados.

Diputado al Consejo Legislativo de Miranda y Sub Sec. Gral. de ABP

cipriano.heredia@gmail.com
@CiprianoHeredia

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