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viernes, 31 de enero de 2014

SAÚL GODOY GÓMEZ, LA DEMOCRACIA-CRISTIANA

Me releí con mucho cuidado esa pequeña obra de teoría política del Dr. Rafael Caldera, Especificidad de la Democracia Cristiana, y no dejo de admirarla como una brillante síntesis de esa corriente política; se trata de un libro de referencia para todos los partidos de la democracia cristiana en el ámbito mundial, pero a pesar de querer situarlo como un pensamiento de centro derecha, abre demasiados flancos hacia el socialismo y sucumbe en él.
Trata de manejarse entre dos aguas, entre el capitalismo, para negar su “egoísmo” implícito, y el marxismo, para negar su “odio” de clases; busca transar, sin éxito, entre la práctica democrática con visos de colectivismo y el pensamiento cristiano y su concepto de “justicia Social”, y digo “sin éxito” porque, a pesar de sus claros conceptos jurídicos, al momento de manejar la ideología, se deja vencer por el populismo, dejando demasiadas brechas abiertas en la defensa de una sociedad abierta y plural.
La manera como el Dr. Caldera actuó en vida, como Presidente de la República, en el caso de Hugo Rafael Chávez Frías, refleja que no estaba muy seguro en cómo proteger la democracia de sus enemigos, y es que en varias partes del libro, cuando se sumerge en territorios donde es necesaria una definición de principios, un compromiso inapelable, cuando el tema se extiende a sus límites, como es el caso de los derechos de la acción política para la seguridad del Estado, en la defensa de las instituciones democráticas para evitar su adulteración, cae inevitablemente en un relativismo y una supuesta tolerancia “ad absurdum”.
Creo que en muchas partes del libro privó la tendencia hacia el sacrificio, a retroceder ante las otras doctrinas, en aras de humanismo a ultranza, con lo que quiero decir que su pensamiento nunca fue de derecha, nunca vi el espíritu falangista y de resistencia que marca la soberanía sobre unas ideas o un territorio.
Al final del libro, uno queda con el sabor de la indefinición, un socialista podría hacerlo suyo sin problemas, al igual que un capitalista; obviando algunas formalidades oscuras en su definición de derecho a la propiedad y en el intervencionismo del Estado, se parece en mucho a la tesis de la “Tercera Vía”, que popularizó el gobierno laborista de Blair en la Inglaterra de los años noventa del siglo pasado.
Aparte de algunas consideraciones muy abstractas, el pensamiento cristiano expresado en esta obra me dio la impresión de copiar a la prédica socialista; es muy claro en que no acepta la violencia, ni la toma del poder por vías revolucionarias, no acepta la disolución de la persona como un ente libre y sujeto consciente y responsable de sus actos (aunque habla de un concepto híbrido, que creó Jaques Maritain, el de “personalismo comunitario”), pero admite la prevalencia del bien común, la propiedad con sentido social, habla de una democracia comunitaria e insiste en la idea central de la justicia social que: “…exige de cada uno según su capacidad e impone las cargas a los distintos miembros del cuerpo social de acuerdo con sus funciones específicas, y con las posibilidades y necesidades de cada uno de ellos, para lograr de esta manera, armónicamente, el bien común”.
Es muy difícil, en medio de este discurso “socialista”, distinguir al hombre de centro derecha que supuestamente dirigía al partido social cristiano COPEI, y aunque opone al materialismo marxista el valor espiritual, la primacía de lo moral, insiste en seguir la doctrina social de la Iglesia, buena para una institución como la Iglesia, pero que llevarla como razón de Estado es muy peligroso, ya que los gobiernos civiles requieren de un pragmatismo y de una capacidad de acomodo que las iglesias no tienen, o no pueden permitirse.
Caldera se descubre como un fiel creyente del estatismo, piensa que el Estado tiene el deber y el derecho para: “para dirigir, coordinar y controlar las actividades de individuos y grupos y realizar por sí mismo aquellas actividades que exija el bien común”; además, parece conteste en conservar la tradición jurídica, heredada de España, de que todas las minas y riqueza bajo la tierra pertenezcan al Estado y sea éste quien determine cómo explotarlas, que es el camino fatal que ha tomado nuestra industria petrolera.
Hay una parte donde, expresamente, afirma que el hombre cristiano tiene: “que tratar de construir un orden social nuevo en el que la diferencia antihumana de las clases sociales sea superada. Pero el cristiano no sostiene la tesis del odio, de la destrucción recíproca entre los grupos sociales, sino que busca como finalidad la armonía, el entendimiento y la solidaridad”; esa idea fue tomada por Chávez como credo, para disfrazar de tolerante e inclusivo su movimiento revolucionario, y en ese engaño cayó un gentío.
El socialismo emerge en esta referencia sobre el tema tributario; ”Dentro del régimen fiscal, en especial en lo relativo al impuesto directo, [la democracia cristiana] acoge el principio de la progresividad en lugar de la simple proporcionalidad, para que las clases económicas poderosas lleven el peso mayor de los gastos que exige la sociedad; busca convertir el Estado, a través del impuesto, en un instrumento de justicia distributiva que exige más de quienes tienen mayores recursos, para atender a través de servicios de diversa índole a las necesidades de los que tienen mayores carencias”.
En cuanto a las relaciones comerciales internacionales, se pone definitivamente del lado de la izquierda al asumir una crítica plenamente marxista: “Creo que la idea de justicia social ha de trasladarse al campo de las relaciones entre los pueblos; y que el sistema de los viejos tratados de comercio entre un país y otro, que suponen una igualdad aritmética (yo le garantizo a usted mercado para sus productos primarios, pero, en la medida equivalente, usted me garantiza mercado para mis productos manufactureros), tiene que ser abandonado, para establecer reglas diferenciales que impongan como obligación no como acción meramente voluntaria o filantrópica a los países más ricos, más poderosos o más desarrollados, mayores compromisos a favor de los pueblos más débiles, más pobres o más atrasados“.
El Dr. Rafael Caldera fue un gran tribuno y legislador, su Ley del Trabajo sientas las bases para el desarrollo del sector laboral, pero su desempeño político dejó un mal sabor, sobre todo en su segunda presidencia, las expectativas hacia su persona desbordaron sus posibilidades.
Finalmente, los actuales directivos de COPEI anuncian una reingeniería del partido luego de su debacle, hay que recordar que la misma se produjo cuando al Dr. Rafael Caldera le fue imposible aplicar algunas de las máximas que recomendaba para el partido, entre ellas, la especificidad en su descriptiva de la democracia cristiana, no la logró en el libro que resumo ya que se convierte en una apología al socialismo en términos cristianos, aunque afirme que no lo es; su inconformidad con el estado de cosas que veía no tuvo expresión política cuando le tocó gobernar; y no practicó la democracia interna en su propio partido, como mucha gente esperaba lo hiciera, razón por la que esa organización política experimentó la crisis existencial que casi hace desaparecer.
Los demócratas cristianos merecen una revisión completa de sus postulados fundacionales a la luz de la aparición del chavismo, ha sido una prueba de fuego que no ha tenido una respuesta satisfactoria y la democracia merece una mejor participación de ese campo político- 

saulgodoy@gmail.com

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jueves, 10 de mayo de 2012

DIARIO RIO NEGRO, EDITORIAL, EL DESAFIO DE HOLLANDE, CASO FRANCIA

Río Negro - 09-May-12 - Opinión

http://www.rionegro.com.ar/diario/el-desafio-872056-9542-editorial.aspx

Editorial
El desafío de Hollande

De tomarse en serio su retórica de campaña, el presidente electo francés, François Hollande, cree que se puede elegir entre la austeridad, que es mala, por un lado y el crecimiento que, huelga decirlo, es muy pero muy bueno, por el otro, como si sólo fuera una cuestión de voluntad. 

De más está decir que tal actitud asusta sobremanera a los vecinos alemanes que se habían acostumbrado a convivir con el aún presidente Nicolas Sarkozy que, a pesar de sus excentricidades y sus esporádicos intentos de rebelarse, compartía las opiniones de la canciller adusta Angela Merkel en torno a la necesidad de ajustarse a la realidad económica. Si bien coinciden los dirigentes teutones con Hollande en que sería mucho mejor que Francia y otros países de la Eurozona crecieran vigorosamente de lo que sería que todos se resignaran a años de estancamiento, entienden que no es posible seguir endeudándose indefinidamente con la esperanza de que andando el tiempo un eventual salto productivo sirva para restaurar el equilibrio fiscal perdido, razón por la que hace más de diez años su propio gobierno, en aquel entonces encabezado por el socialista Gerhard Schröder, no vaciló en llevar a cabo reformas que la izquierda dura y los sindicalistas calificaron de "neoliberales". Asimismo, los alemanes temen verse invitados a financiar el déficit que, para su asombro, Hollande parece dispuesto a aumentar a fin de "actualizar" una y otra vez el salario mínimo, reducir nuevamente la edad de jubilarse a los 60 años –en Alemania es de 67 años–, invertir en programas sociales ambiciosos y, desde luego, crear más empleos, sobre todo en educación. He aquí el motivo por el que Merkel reaccionó ante el triunfo de Hollande insistiendo en que "no es negociable" el pacto fiscal, según el que los gobiernos de la Eurozona se han comprometido a respetar pautas que son mucho más severas que las reivindicadas por el sucesor de Sarkozy que, como tantos otros mandatarios europeos, ha caído debido no sólo a sus propios errores y su estilo a menudo populista, propio de un nuevo rico fascinado por las extravagancias del jet set internacional, sino también al impacto de la crisis económica exasperante que afecta a todos los países desarrollados.

Al iniciar su gestión en el 2007, Sarkozy se propuso dinamizar la ya anquilosada economía francesa para que se asemejara más a la norteamericana, pero, de acuerdo común, los resultados de sus esfuerzos en tal sentido han sido sumamente decepcionantes: aparte de elevar la edad de jubilarse de 60 años a 62, la verdad es que logró muy poco. Mientras tanto, siguieron aumentando la deuda pública, que ya se acerca al 90% del producto bruto anual, el gasto público, que se aproxima al 56%, y la tasa de desempleo, que ha sobrepasado el 10%, afectando especialmente a los jóvenes y a los inmigrantes. Puesto que a Hollande le preocupa más la cohesión social que el estado de la economía, los datos fiscales alarmantes no parecen haberlo impresionado demasiado, pero su presunta voluntad de pasarlos por alto por suponer que lo que está en juego es mucho más importante que algunas estadísticas desalentadoras significa que durante cierto tiempo se enfrentará con el escepticismo, cuando no la hostilidad, de los mercados financieros que es de prever lo castigarán por su heterodoxia. En las fases finales de la campaña electoral, Sarkozy afirmó repetidamente que si ganara Hollande Francia no tardaría en terminar como España o Grecia. ¿Exageraba? Pronto sabremos la respuesta. De todos modos, Hollande se encuentra en una situación difícil. Si opta por emular a François Mitterrand, intentará cumplir con sus promesas electoralistas, aun cuando le suponga correr el riesgo de provocar la reacción airada de los mercados, apostando a que a diferencia de su antecesor socialista no se vea constreñido a batirse en retirada en medio de una crisis mayúscula; pero si decide que dadas las circunstancias le convendría actuar con mucha cautela, demorando hasta nuevo aviso las reformas que tiene en mente, sería criticado con ferocidad por los muchos que lo toman por el abanderado de un cambio radical y que lo votaron por creer que, con él en el Palacio del Elíseo, se alejaría la pesadilla del colapso del Estado benefactor que, en Francia como en el resto de Europa, está motivando tanta angustia.

Este es un reenvío de un mensaje de "Tábano Informa"



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