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lunes, 16 de febrero de 2015

LUIS DANIEL ÁLVAREZ V., CUIDADO CON EL TREMEDAL

Lorenzo Barquero yacía en una hamaca en medio de la selva viendo cómo la cotidianidad lo consumía. Alcoholizado y despojado de toda propiedad observaba los atropellos que se cometían en su contra sin siquiera alzar la voz para reprocharlos.
Hace algunos años, en el 2008 para ser exactos, manifestábamos con cierta preocupación que la sociedad venezolana parecía empezar a sufrir el síntoma de Lorenzo Barquero. En esta oportunidad el tremedal no era el inmenso llano que engullía a un inerte Barquero, sino la indiferencia ciudadana para enfrentar una realidad que se mostraba perversa.
Barquero se definía como un espectro de un hombre, una piltrafa humana, una carroña que se desvanecía por la llamada de la devoradora de hombres, por esa llanura inmensa en la que supervivía. En ese escenario transcurría su cotidianidad, sin esperar nada, sólo revivir la historia y verla con desdén.
La visión de un patético Lorenzo Barquero, magistralmente plasmada por la pluma del maestro Rómulo Gallegos, es la imagen de la entrega y del claudicar ante la asfixiante realidad, esperando simplemente que la vida pase sin entenderla ni tratar de cambiarla.
Lamentablemente, el tremedal que veíamos aproximándose en el año 2008 parece haber llegado. Se guarda silencio ante los abusos, y los atropellos no son combatidos con el ahínco que se debería. La apatía, el miedo y la manipulación parecen irrumpir.
Queda en la sociedad tomar el camino justo. Ante el tremedal pueden elegirse dos caminos: el de un Lorenzo Barquero disminuido o entregado que no enfrenta la cruel realidad que lo arropa, o el de un Santos Luzardo que pese a las adversidades logró que se impusiera la justicia, la civilización y la ley. Yo escogí al que voy a seguir, sin duda a Santos Luzardo. ¿Y usted?
Luis D. Alvarez V
luis.daniel.alvarez.v@gmail.com
@luisdalvarezva

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miércoles, 5 de febrero de 2014

JOSÉ LUÍS MÉNDEZ LA FUENTE, ENTRE ATAJOS Y CAMINOS

Es una regla de oro en los países con desarrollo democrático que quien ejerza  un cierto liderazgo dentro de un  partido político sea escogido internamente como candidato  a las elecciones  para la primera magistratura del gobierno.  Un liderazgo que generalmente termina cuando pierde las elecciones  o  bien cuando las gana,  aunque por motivos opuestos.
En nuestras latitudes latinoamericanas  no  suele suceder  lo mismo y ese liderazgo  aunque se pierda puede volver a recuperarse. De hecho  hay quien nunca lo pierde y por ello se convierten en  eternos candidatos a la presidencia; no importa si ganan o pierden. En  nuestro país  podemos  recordar,  a manera de ejemplo,  los casos  de Rafael Caldera y de Hugo Chávez.
En el  caso de la Venezuela actual, en que la oposición política no está representada  en un  único partido, sino en  varios,  unidos circunstancialmente  por un interés electoral  bajo un comando coordinador conocido como  “la Mesa de la Unidad”, el tema del  liderazgo no puede medirse en su origen del modo exactamente antes referido, aunque sus consecuencias  postelectorales puedan ser similares. Des pues de dos derrotas  en las presidenciales de finales del 2012 y principios del 2013, una contra Chávez y la segunda  también contra Chávez, no obstante que su contendor  físico fuera  Maduro, pudiera inferirse que el liderazgo de Henrique Capriles llegó a su fin. Sobre todo, cuando en el calendario electoral las presidenciales están muy lejos y más que un candidato para  un proceso electoral  se requiere alguien que encabece un  programa de acción opositora, con una estrategia y unos objetivos muy claros. Lo que significa, a su vez, que cualquier liderazgo  debe venir apuntalado a una agenda de propósitos y metas que sean el resultado de un acuerdo general entre los integrantes  de “la Mesa de la Unidad”,  con o sin Mesa. Algo  que en este momento no está definido.
Que a estas alturas, es decir, después de un año de la presidencia  de Maduro y  de las secuelas  de su gobierno, surjan  diferencias  y se hagan públicas, entre algunos de los principales dirigentes de la oposición y Capriles, no debe verse como algo extraño. Lo raro sería más bien lo contrario.
Capriles, por su parte, sigue fiel a su idea de que  el  único camino que  existe es el electoral y que la lucha es política y cualquier reclamo o exigencia debe hacerse por la vía democrática  y con apego a la constitución. Por eso, quien acuño la frase “hay un camino”, durante su campaña pasada, considere ahora que  no podía apoyar la concentración  convocada para el domingo pasado por María Corina Machado y por Leopoldo López,  pues  es un atajo que conduce a un callejón sin salida. Y para él eso es salirse de ese  “camino” que se trazó.
En el otro bando, Machado, López y Arria, entre otros, piensan que las circunstancias actuales del país, prácticamente de caos y emergencia nacional, requieren una acción opositora inmediata  que  dé respuesta a la mitad de la población que no votó por el chavismo  y que quiere un cambio.
No cabe duda de que  la oposición venezolana  vive un momento sino de crisis, al menos  de opiniones contrastadas  entre sus dirigentes. Además, es evidente que existen también  diferentes puntos de vista y de estrategias  entre ellos. Al menos una cosa es cierta, la agenda  del señor Capriles no es única, ni tampoco unitaria. Y eso, en un camino tan largo como el que queda  hasta el 2019, es más que conveniente.
xlmlf1@gmail.com

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