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viernes, 10 de enero de 2014

HUMBERTO GARCÍA LARRALDE, ¿Y SI EL GOBIERNO REALMENTE CREE SUS PROPIOS DISPARATES?


Los malos augurios de continuar con la tesis de “Guerra Económica”

El ardid de denunciar una “Guerra Económica” de comerciantes y empresarios le dio frutos a Maduro a finales del año pasado. Le permitió tomar la iniciativa por vez primera y remontar la brecha que lo separaba de la oposición en las preferencias del electorado. En el mejor estilo chavista, escogió un problema de gran sensibilidad para los venezolanos –el alto costo de la vida- para proyectarse como un gobernante decidido, “revolucionario”, dispuesto a tomar las medidas que fuesen necesarias para doblegar este flagelo “en beneficio del pueblo”, que no se amilana por sus posibles consecuencias.

Su padre putativo, Hugo Chávez, nunca fue un doctrinario, no obstante abrazar una retórica comunistoide para identificar su gestión. Mostró tener, sí, una aguda perspicacia para captar los temores y vulnerabilidades de la gente y aprovecharse de ello, como Mussolini, para desplegar un pragmatismo oportunista que le sirviese para adelantar sus propósitos de control. Entretuvo a los venezolanos con grandes promesas, como el desarrollo del eje Orinoco-Apure o el gasoducto a Argentina, y nos “vendió” los gallineros verticales, los cultivos hidropónicos, la ruta de la empanada y las cooperativas como base de su propuesta societaria -mientras asomaba el coco de las conspiraciones imperialistas, los intentos de magnicidio y los sabotajes “terroristas”- hasta atracar finalmente en la idea de un “Socialismo del Siglo XXI”. Invocó, según fueran las circunstancias, a Marx, a las enseñanzas de Jesús o versiones edulcoradas de comunidades indígenas precolombinas -dependiendo de la audiencia a seducir- como su fundamentación.

La propuesta “socialista” le permitió acaparar áreas crecientes del quehacer político y económico, así como la destrucción de la institucionalidad del Estado de Derecho, mientras edificaba un formidable dispositivo de expoliación de la riqueza social, cuyo reparto discrecional pasó a conformar la columna central de su ejercicio personalista y autocrático del poder. Este dispendioso e irresponsable comportamiento pudo durar mientras fluyesen a las arcas del Estado cuantiosísimos ingresos por exportación de petróleo. Pero, como nos enseña la historia o la justicia divina –escoja usted-, llega, tarde o temprano, la ineludible y desagradable tarea de afrontar las consecuencias.

No se tienen las cifras definitivas sobre el resultado económico del 2013, pero las de 2012 son preocupantes. De acuerdo con el BCV, las exportaciones totales para ese año fueron de USA $97,3 millardos, casi todas de origen petrolero. Las importaciones de bienes y servicios montaron en $75,3 millardos, arrojando un aparente superávit tranquilizador. No obstante, buena parte del ingreso por exportaciones no entró al país. Según los estados financieros de PdVSA, hubo un incremento en las cuentas por cobrar de USA $10.130 millones entre 2012 y 2011, mayormente debido a los muy generosos créditos a los países asociados en PetroCaribe para la compra de crudo venezolano. Estimaciones de lo erogado en servir el crédito chino basados con crudo exportado a ese país sitúan en $8.231 millones lo que dejó de percibir PdVSA en 2012. Finalmente, el BCV registra que el pago por servicio de la deuda externa ese año montó en $14.132 millones, lo cual parece no incluir lo del crédito chino referido antes. En total, por estas deducciones se redujo el ingreso efectivo a unos $65 millardos. Si, adicionalmente, se utilizan las cifras de exportación petrolera que registra para Venezuela el Monthly Report de la OPEP y no los de PdVSA, los ingresos se reducen aun más, a sólo $40 millardos, magnitud alarmantemente inferior al pago de las importaciones. ¡No en balde la extrema estrechez de divisas durante 2013!

Según fuentes noticiosas, las Industrias químicas tenían $550 millones en deudas con proveedores internacionales por la no entrega dólares CADIVI a finales del año pasado; la deuda de este ente con empresas electrodomésticas por tal motivo era de $150 millones; se debían $5 millardos a ensambladoras y autopartistas y $2,6 millardos a las líneas aéreas internacionales; la industria de las telecomunicaciones invirtió sólo 60% de lo requerido por falta de dólares; y el Presidente de Fedecámaras, reportó una deuda de $1,8 millardos a la industria farmacéutica y de $400 millones al sector gráfico, y pare usted de contar.

El problema está en que, mientras el “comandante eterno” disponía alegremente del patrimonio de los venezolanos amparado en la prédica socialista, hubo quienes, dentro del oficialismo, le tomaron la palabra, le creyeron el cuento de construir un “socialismo del siglo XXI”. Me refiero a los chicos del Frente Francisco de Miranda quienes, con devoción, se dieron presurosos a poner sobre el papel los planos de semejante adefesio. Como verdaderos creyentes, no escatimaron malabarismos para concordar los disparates que se le ocurrían a Chávez con los autos de fe de la liturgia marxista, peaje imprescindible para ingresar a la cofradía de quienes sólo aceptan las verdades reveladas de la Revolución (con mayúscula).

Como resultado, aparecieron el Primer Plan Nacional Socialista, 2007-2013 y el reencauchado Plan de la Patria (2013-2019).

Desaparecido el teniente coronel, con su carisma que disolvía falsamente las dificultades, y dilapidada la cuantiosa renta, cabe indagar si Maduro y su equipo van a intentar aplicar este engendro. En juego está si lo de la “Guerra Económica” fue una habilidosa treta a-lo-Chávez para ganar tiempo y espacio político, o si constituye la cabeza de proa de un empeño por acabar con lo que queda del aparato productivo venezolano.

El sistema de controles extendidos de precio, regulaciones, prohibiciones y desconocimiento de los derechos de propiedad y procesales consagrados en la Constitución sobre el cual se monta la tan cacareada “Guerra Económica” de Maduro, ha generado una situación de precios distorsionados que ha agravado la incertidumbre en materia económica y ha arraigado un conjunto de incentivos perversos que hacen sumamente atractivas actividades que el ordenamiento económico actual ha convertido en ilícitas. Así como el narcotráfico es estimulado al arreciarse las medidas represivas en su contra porque eleva los precios y la rentabilidad del “negocio”, los precios artificialmente bajos de los bienes en el mercado venezolano incentivan el contrabando de extracción, cuando al otro lado de la frontera pueden venderse mucho más caros. El ejemplo más notorio es el de la gasolina cuyo precio en Colombia -70 veces mayor (a la tasa oficial de cambio)- da margen para pagar cualquier cantidad de coimas a Guardias Nacionales y custodios fronterizos y todavía hacer una fortuna. Igualmente, el precio oficial del dólar, muy inferior al que equilibraría el poder de compra interno y externo del bolívar, ha provocado su racionamiento cada vez más restrictivo y, como resultado, ha disparado su precio en el mercado paralelo, incentivando la actividad especulativa. Más allá, las comisiones, sobreprecios y robos descarados encubiertos en muchas contrataciones con PdVSA y otras dependencias públicas, sin rendición de cuentas como para hacer la debida contraloría, estimula el arrime a un “pesado” como la vía más expedita para meterse unos millones. Frente a este dinero fácil, los empresarios de verdad están obligados a vender a precios que muchas veces no cubren sus costos, son amenazados con multas, expropiaciones y otros mecanismos de intervención, no pueden combatir el ausentismo laboral y les es cada vez más difícil ponerse en los dólares oficiales con base en los cuales le son fijados los precios de venta. La grosera sobrevaluación del bolívar impide competir, además, con las importaciones y mucho menos exportar. ¿Puede alguien sorprenderse de que haya prácticamente desaparecido la inversión productiva, que escasamente crezca la economía, que haya desabastecimiento? ¿Se puede esperar que quiénes fueron conminados a vender sus mercancías a descuento repongan como si nada sus inventarios cuando desconocen a qué tasa podrán conseguir los dólares y los precios a que deberán vender? El hecho de que el país que haya implantado la mayor cantidad de controles –Venezuela- tenga, por mucho, la inflación más elevada de América Latina y la mayor dependencia de las importaciones, ¿no le dice algo al gobierno?

Entrado el nuevo año, se anuncia la centralización de todas las importaciones en un Centro Nacional de Comercio Exterior con requisitos adicionales (pago de fianza) para las empresas que quieren traer bienes de afuera, la extensión del sistema de controles de precio (ahora los automóviles) y más “vigilancia” –punitiva- de las transacciones realizadas a lo larga de las cadenas de producción y distribución de bienes y servicios. El gobierno parece creer que los graves desequilibrios de la economía venezolana, que amenazan con mayor inflación, desempleo y escasez este año, puede resolverse mano militari, impartiendo órdenes y castigando a quienes, por otro lado, incentiva con su manejo de la economía a especular y acometer negocios turbios. Es la “Guerra Económica” pues, que será librada hasta que no quede “ladrillo sobre ladrillo” de actividad económica autónoma. Dentro de esta psicosis bélica el Banco Central esconde las cifras de inflación, por primera vez no da a conocer su Mensaje de Fin de Año sobre el desempeño de la economía y libra un “parte de guerra” sobre la escalada de precios atribuida a “sectores de la oposición política y algunos empresarios” que agudizaron “artificialmente el deterioro de variables económicas”, aprovechándose de “la enfermedad y el fallecimiento de nuestro líder (¡!), Comandante Hugo Rafael Chávez Frías”. Prosigue el otrora serio instituto: “se conjugaron tensión política y desestabilización económica en la forma de una auténtica guerra económica en  perjuicio  del  pueblo  venezolano…”.  ¡Qué vergüenza!

El disfrute de las mieles del poder ciega al resentido. Mas si tiene a mano un dogma que le ahorra tener que pensar. ¡Aprés moi le déluge!

Nos esperan tiempos difíciles este año. En una próxima entrega examinaremos el Plan de la Patria.

Humberto García Larralde
humgarl@gmail.com

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