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domingo, 1 de mayo de 2011

LA PRODUCCION DEL DINERO. FRANCISCO CAPELLA

El dinero es un bien duradero, no perecedero: la masa monetaria o su cantidad existente en un momento dado en una región determinada (o en posesión de una persona o grupo) está constituida por las existencias monetarias acumuladas en un momento anterior más los flujos que la incrementan o reducen durante el periodo comprendido entre ambos instantes. Flujos positivos son la producción local de nuevo dinero y la recepción de dinero del exterior; flujos negativos son las pérdidas o deterioros locales del dinero y las entregas al exterior.


El dinero no es algo dado sino que es necesario producirlo. En un mercado libre qué es dinero y quién y cómo lo produce son cuestiones relacionadas pero diferentes: qué bien se utiliza como dinero es una cuestión institucional en la cual participan todos los individuos que lo entregan y aceptan como medio de pago. La producción de bienes monetarios debe ser tal que su poder adquisitivo sea alto y estable: en un buen dinero, como el oro, la nueva producción a nivel global es relativamente pequeña en comparación con las existencias acumuladas y no sufre grandes oscilaciones; además la producción de dinero debe estar acoplada a la producción de todos los demás bienes y servicios (no ser independiente del resto de la actividad económica).

En una sociedad libre con división del trabajo todo el mundo emplea el dinero, lo ofrece y lo demanda al comprar y vender bienes y servicios: pero no todo el mundo produce dinero, y sus productores no disfrutan de ningún privilegio especial. La producción de dinero es como cualquier otra actividad empresarial privada, especializada, y en competencia, con costes e ingresos y posibilidad de beneficios o pérdidas: producir dinero no garantiza beneficios. Un agente económico decide producir el bien monetario si cree que es la alternativa más rentable dadas sus circunstancias particulares.

Poseer minas de metales preciosos no implica automáticamente su extracción efectiva, procesamiento, purificación, y producción estandarizada de lingotes o monedas: esta sólo se realiza si es rentable en función de los costes asumidos y el valor de lo producido según los precios de los factores necesarios y el poder adquisitivo del dinero. Además la rentabilidad debe compararse con la de otras oportunidades de negocio potencialmente más beneficiosas. El dinero se produce o importa según las ventajas comparativas de la producción y los costes de transacción.

Es absurdo exigir que se mantenga constante o congele la cantidad total de dinero, algo disfuncional e innecesario (aunque puede ser preferible a las fuertes oscilaciones debidas a los abusos o la incompetencia de los agentes estatales que monopolizan coactivamente su producción). El productor de nuevo dinero no comete ningún delito contra los poseedores de dinero: no les genera una externalidad negativa punible por causar una disminución del valor de cada unidad monetaria al incrementar la masa monetaria. Por el contrario, la producción de nuevo dinero acoplada a la producción de nuevos bienes y servicios sirve para mantener estable el poder adquisitivo del dinero, lo cual es su principal característica.

El valor o poder adquisitivo del dinero es el inverso del nivel general de precios, y este es el precio medio de todos aquellos bienes y servicios o derechos sobre los mismos que se intercambian por dinero en un periodo determinado: este promedio debe incluir a todos los bienes y servicios (no sólo los de consumo, también bienes de capital, y salarios) y debe considerar cuántas unidades de cada bien o servicio se intercambian (no es simplemente una media de los precios de cada clase).

La ecuación de intercambio monetario (MV=PY) representa la interdependencia entre la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero (número de veces que se intercambia cada unidad monetaria en un periodo de tiempo), el precio promedio y la cantidad de bienes y servicios intercambiados en un periodo de tiempo; es la identidad contable que expresa que los pagos totales en una economía son iguales a los cobros totales, que la suma de los precios de todo lo que se vende es igual a la suma de los precios de todo lo que se compra.

Cuántos intercambios se producen depende de cuántos agentes económicos existen, cuánta división del trabajo hay (nivel de especialización o producción para intercambio frente a producción para consumo propio) y cómo de productivos sean los agentes. Una economía libre tiende hacerse más compleja y productiva, a profundizar la especialización y a generar más cantidad y variedad de bienes que se intercambian. Para mantener el poder adquisitivo del dinero con un incremento de la cantidad de intercambios es necesario que crezca la masa monetaria, la velocidad de circulación del dinero, o ambas.

Es absurdo definir la inflación como cualquier incremento de la cantidad de dinero y criticarla como algo destructivo para la economía. La definición adecuada de inflación es el incremento excesivo de la cantidad de dinero que reduce su poder adquisitivo; igualmente la deflación es el crecimiento insuficiente (o incluso disminución) de la cantidad de dinero que incrementa su poder adquisitivo.

La producción libre de dinero no es perjudicial para la economía y tiende a estabilizar su poder adquisitivo: las expectativas de incremento (disminución) del valor del dinero tienden a estimular (desincentivar) su producción respecto a los bienes y servicios con los cuales se intercambia, lo que reduce la fluctuación.

En una sociedad no libre algunos agentes especialmente poderosos pueden influir coactivamente sobre qué bien se utiliza como dinero porque tienen alguna ventaja en su producción a bajos costes y se apropian de considerables beneficios (señoreaje): los gobernantes se apropian por la fuerza de las minas de metales preciosos, monopolizan su acuñación, disminuyen el contenido metálico exigiendo el mantenimiento del valor nominal de la moneda, o emiten papel moneda e imponen leyes de curso legal forzoso.
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sábado, 17 de julio de 2010

LA SEPARACIÓN DE LAS VOLUNTADES, TEÓDULO LÓPEZ MELÉNDEZ

Las nuevas formas del país llaman a la injerencia. Se trata del ejercicio de una política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo paradigma ciudadanos-autoridad. Hay que inventar nuevas formas de escribir la historia.

En los procesos revolucionarios del siglo XVIII se comienza el proceso de conversión política de los derechos naturales. El siglo XIX se mueve sobre la idea del progreso. A pesar de las guerras del siglo XX se establece firmemente la forma política que algunos han denominado la “era de las Constituciones” y el traslado de la soberanía de la nación al pueblo. El programa demoliberal, luego de no pocas luchas, concede el sufragio y las mujeres libran una de sus batallas más vistosas, el voto también para ellas. La reacción fascista se extiende sobre Europa, pero el resultado de la II Gran Guerra hace renacer la condena a los poderes absolutos aún en medio de la Guerra Fría y entramos de lleno en el ciclo del liberalismo democrático, las democracias pluralistas y un ritmo keynesiano de la economía. Los partidos políticos viven su época de esplendor. El mercado reina encontrando su máxima expresión en la era Reagan-Thatcher.

A finales del siglo XX asoma la crisis plenamente. La democracia comienza a dejar al descubierto sus profundos vicios y la desconexión del ciudadano del sistema resalta sus falencias. La representación y la delegación del poder se resquebrajan. La democracia representativa comienza a diluirse como el sistema económico donde funcionaba. Es lo que bien se denomina una crisis de legitimidad. Los partidos políticos se convierten en “partidocracias”, en cotos cerrados que ya no cumplen su función de servir de vehículo a las aspiraciones de la gente común y su papel de intermediación entre el poder y la gente se oscurece por sus mafiosos comportamientos. De allí al brote del populismo habría poco espacio. La nueva expresión telegénica saltaría a la palestra con la oferta de soluciones “revolucionarias” milagrosas. Mientras tanto, otros comenzábamos a pensar en un movimiento alternativo.

La representación puede ser tomada de entrada como la imposibilidad del ejercicio de una democracia directa. En sus orígenes se planteaba como la vía para que los gobernantes ejercieran el poder con la aceptación libérrima de sus gobernados. Esas élites gobernantes o representativas fueron degenerando en castas opuestas al espíritu original. Podríamos aceptar que tal evolución era concerniente a un sistema que en sí portaba el germen de reducción de la democracia. No obstante, se consideró la mejor manera de administrar las complejas sociedades de la era industrial. Estos mensajeros llamados representantes, tal como su nombre lo indican, representan una ficción a algo que no está presente. Al nacer el concepto y la práctica de representación la sociedad no se gobierna a sí misma sino que pasa a ser recipiendaria de las políticas y decisiones tomadas por los representantes, aunque se sometan a referéndum o plebiscito, conforme a las formas conseguidas para atenuar la paradoja de la representatividad.

Tal como lo señala Bernard Manin (Principes du governement représentatif, Calmann-Levy, París, 1995.), uno de los mayores estudiosos del tema, esa representación puede tomar tres formas: parlamentarismo, democracia de partidos y democracia de “audiencia”. En el primer caso, se les puede llamar fideicomisarios. En el segundo, que es el caso venezolano y de la práctica totalidad de los países latinoamericanos, se vota por un partido más que por una persona. Estos diputados o senadores son delegados de sus partidos que generalmente ejercen sobre ellos esa detestable práctica llamada “disciplina partidista”. La tercera, esto es, la denominada en las ciencias políticas “democracia de audiencia”, son los partidos los que se ponen al servicio de los candidatos y cuya elección dependerá de su propia personalidad y capacidad de interpretar a sus electores.

En cualquier caso de los mencionados se mantiene una independencia de los representantes sobre los criterios de los representados. Ocurre así la primera falla grave: la mediocridad de los representantes las más de las veces señalados para tal posición por su subordinación y obediencia a los distintos factores que le permiten ser electos. La segunda falla grave proviene del desinterés de los electores sobre el tema de a quien eligen, más los negociados con los poderosos medios massmediáticos; sobre este caso particular la historia venezolana muestra la cesión de curules a cadenas periodísticas a cambio de apoyo, en lo que constituyó uno de los puntos claves de la decadencia de la democracia. En tercer lugar, a pesar de permitirse la existencia de los llamados “grupos de electores” está claro que de hecho existe un monopolio partidista en la postulación de aspirantes. Finalmente, la falta de ética y de un comportamiento moral adecuado.

Pero Manin, al pasar revista a las instituciones propuestas en lo siglos XVII y XVIII encuentra una continuidad notable con lo que hoy llamamos “democracia representativa”, lo que lo lleva a recordar una significación crucial: ese régimen del que han salido las democracias representativas no fue concebido en modo alguno por sus creadores como una forma de la democracia. Por el contrario, en los escritos de sus fundadores se encuentra un acusado contraste entre la democracia y el régimen instituido por ellos, régimen al que llamaban “gobierno representativo” o aun “república” y cita a Madison argumentando que el papel de los representantes no consiste en querer en todas las ocasiones lo que quiere el pueblo. La repreentación abre la posibilidad de una separación entre la voluntad (o decisión) pública y la voluntad popular. Manin: “Tanto para Siéyès como para Madison, el gobierno representativo no es una modalidad de la democracia, es una forma de gobierno esencialmente diferente…”.

teodulolopezm@yahoo.com

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