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lunes, 7 de septiembre de 2015

CARLOS BLANCO G., NO LO TUMBAN: SE DESPLOMA, AQUÍ Y AHORA

Nicolás Maduro si llegó a ser Presidente dejó de serlo hace rato, no porque nadie lo haya tumbado sino porque, carente de fuerza propia, es remolcado por el turbión de la crisis de la cual es figura relevante. Chávez solía decir de sí que era “una simple brizna de paja arrastrada por el huracán de la revolución”, esa falsa humildad escondía una arrogancia infinita, la del dueño del proceso. No era ninguna brizna. Maduro es diferente, carece de centro y de fuerza; no vuela alto sino que los vientos cruzados lo lanzan contra las paredes y lo tienen sin poder levantarse a ver por dónde queda la puerta o la ventana.

Estos personajes no saben nada de marxismo. En vez de reconocer las fuerzas de la historia, como corrientes de fondo que establecen las posibilidades y limitaciones de los dirigentes, más bien son presas de un voluntarismo petrolero, que, agotado, hace que la historia se niegue a obedecer sus caprichitos.

La acción de gobierno se reduce a manotazos a ver qué sale. Si un enfrentamiento con Guyana no resulta, pues se agarra Colombia. Si este se vuelve inmanejable siempre está a la mano EEUU para suplir la dosis necesaria de enemigos externos. Mientras todas las violaciones a los derechos humanos ocurren ante los ojos sorprendidos de la comunidad internacional, el país ha profundizado el proceso de disolución al que el régimen lo ha condenado.

La crisis humanitaria asoma su horrible rostro. Se ha comenzado a desencadenar en algunos sectores y áreas del país, debido a la carencia de producción nacional, al agotamiento de las reservas disponibles para importar, al destrozo de las redes de distribución formales y su toma por redes informales, así como por la corrupción que emponzoña todo el sistema.

El estallido social tan temido, llegó. No llegó con el rostro del 27 de febrero de 1989, sino con centenas de rebeliones localizadas. Hay un estallido social que todavía no es uniforme y aullante, pero está a un tris de serlo.

Las fuerzas, una vez desatadas, tienen su propia lógica: nadie las maneja; se lanzan furiosas hasta que su energía interna se agota. Cuando son inmensas, la represión las exacerba y no las puede someter. El poder rojo nadie lo asaltó, se cayó, se derramó y sólo espera por quien lo recoja.

Este tema deberá planteárselo la oposición democrática; de no hacerlo, el poder permanecerá derramado hasta que se lo proponga o desfilen enigmáticos caballeros andantes, dentro o fuera del Mar Rojo, que lo hagan. ¿Quién recogerá lo que yace desparramado en la vereda de la historia?

Carlos Blanco G.
@carlosblancog .
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lunes, 27 de julio de 2015

CARLOS BLANCO, TRAPOS ROJOS Y DESPERTAR DE LA INOCENCIA, AQUÍ Y AHORA, EN PRENSA,

Nunca he entendido la metáfora de los trapos rojos, tan cara a varios dirigentes, como factores de distracción que lanza el régimen en contra de la oposición. Los trapos rojos no son distracciones sino la manera en la que el torero conduce el toro a la muerte. Los capotes que agitan los estrategas gubernamentales no son fuegos artificiales para que le plebe se entretenga sino vías expeditas para la faena dictatorial. El trapo rojo es una forma de sometimiento y no de entretenimiento.

Es absurdo el consejo fofo de no ocuparse de más nada que de buscar votos, casa por casa, mientras el gobierno se propone arrebatar unas elecciones que –a precios de hoy- tiene perdidas de calle. Los mecanismos a través de los cuales intenta el despropósito son variados: cambios de la normativa electoral a través del CNE, inhabilitaciones absurdas, resistencia a la observación internacional calificada, negativa a entregar el REP, abuso con los recursos públicos, empleo partidista de la Fuerza Armada, intimidación con los colectivos paramilitares, y control absoluto del sistema electrónico de votación.

El régimen procura reagrupar sus fuerzas, busca desmoralizar a la disidencia e incrementar la abstención opositora, para lo cual llegará al borde de una guerrita con Guyana, hará los repartos populistas que pueda, por eso colecta algún dinerillo; y seguirá con la represión. Temas que la oposición no puede ignorar. Al contrario, el enfrentamiento a estas condiciones moraliza a los opositores. Dependerá de las fuerzas que se logren aglutinar el que esas condiciones abusivas se derroten en alguna medida; pero la lucha en contra de ellas, aunque sólo parcialmente exitosa, evidenciaría la voluntad de no dejarse arrebatar lo que podría ser una victoria colosal.

Lo que hoy dicen las encuestas dibuja un camino y una posibilidad pero no garantiza el triunfo. Las tendencias abstencionistas en el lado opositor en lo fundamental no son producto de ningún movimiento organizado, sino del escepticismo sobre la voluntad de enfrentar el fraude electoral. Las tendencias abstencionistas disminuirán hasta los niveles crónicos de toda elección en la medida en que desde ya se aprecie a la dirección opositora unida en la voluntad de no permitir tal fraude, lucha cuyos resultados no están predeterminados –se puede lograr mucho o poco, dependiendo de la fuerza- y unida en la decisión de defender la victoria.

La única forma de evitar que los trapos rojos conduzcan al descabello opositor es quitarle la capa a Maduro y torearlo en el Nuevo Circo de Caracas.       

Carlos Blanco G.
@carlosblancog .
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lunes, 13 de julio de 2015

CARLOS BLANCO, HUMANOS SIN DERECHOS

El régimen viola los derechos humanos de manera sistemática. Hay demasiados ejemplos; tal vez uno de los más pavorosos es el de la jueza María Afiuni y continúa, al pretender Luisa Ortega, brazo furioso del régimen, presentarla como mentirosa. El gobierno niega las acusaciones que le caen como mazazos inevitables, casi ofendido; y con su cara muy lavada saca testimonios forjados y cuentos de camino para desmentir sus crímenes. En esta nota se destacará cómo y por qué son capaces de querer refutar lo evidente con cinismo e impudicia.

A veces pareciera que quienes mandan tuvieran no sólo la mentalidad de los comisarios soviéticos o cubanos sino que vivieran en el mundo cerrado que sus regímenes opresivos logran construir, en los cuales lo que pasa “adentro” no se conoce “afuera” –salvo para los muy informados-. Los malandrines domésticos actúan como si pudieran caerle a palos a los disidentes, torturarlos, apresarlos, perseguirlos con su justicia, y en el resto del mundo se creyeran sus patrañas. Tienen, en algunos casos, una visión antigua de la comunicación, como si sólo el trasiego dificultoso de cartas manuscritas pudiera informar al exterior de los crímenes cometidos.

Hay otra dimensión más contemporánea. El régimen ha buscado desde Chávez -entonces con éxito- imponer una narrativa acerca de su origen, desempeño y propósitos. Un disidente no es sino un representante del imperialismo; un productor no es más que la siniestra máquina de explotar al pobre; un joven que protesta tiene que ser un agente pagado por Álvaro Uribe; un organizador de una manifestación no es tal sino un golpista; una juez que toma una decisión contraria a lo que quiere el régimen no es una jueza sino una operadora de las fuerzas contrarrevolucionarias. Se podría pensar que esa conducta es enloquecida al tratar de imponer un cuento que nadie cree; sin embargo no es tan loco como parece: al régimen no le importa que le crean; es más, sus jerarcas saben que nadie les cree.

El propósito es más profundo y perverso: es el de la creación de una burbuja comunicacional para los suyos dentro de la cual todas las acciones del poder aparezcan como racionales, fundamentadas y coherentes, mientras se desecha todo lo demás como mentira de “la derecha”. El engaño es para los suyos. Esa burbuja no es de jabón; su transparencia no la hace menos resistente pues se sostiene por la represión y el terror.

Encontrar su punto débil y pincharla es la tarea de quienes luchan por la libertad. Entonces, el cuento se caerá. Y sus autores quedarán como los facinerosos que son.

Carlos Blanco G.
@carlosblancog .
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lunes, 22 de junio de 2015

CARLOS BLANCO, FANTASÍAS DE IZQUIERDA, AQUÍ Y AHORA

Con el ascenso de Chávez la izquierda llegó al poder. La simbología y el lenguaje de comunistas y periféricos fueron adoptados por el Comandante. Al final, lo que quedó de la parafernalia de la supuesta izquierda fue el rabioso lenguaje antinorteamericano, estos días apaciguado por el manoseo con los representantes del imperio, cuya presencia arranca alegrías con brinquitos de los otrora furiosos combatientes. Chávez, al llegar al poder, al mismo tiempo que monopolizó la izquierda la convirtió en monstruo autoritario y por esa vía la mató como referencia.

Ser de izquierda (o para los efectos prácticos, ser de derecha) es vivir amarrado a un cadáver. Tuvo sentido en otros momentos históricos, cuando el socialismo “real” era una referencia para muchos y el anticomunismo militante, para otros. Allende era de izquierda y Pinochet de derecha. En Venezuela la izquierda eran el PCV, el MIR y el MEP, más algunos grupos que navegaron desde los 60 a los tempranos 80; moderados como el MAS y la Causa R, o de centro izquierda como AD. Esa definición ahora no es más que nostalgia.

Con el ascenso de Chávez la izquierda llegó al poder. La simbología y el lenguaje de comunistas y periféricos fueron adoptados por el Comandante. Al final, lo que quedó de la parafernalia de la supuesta izquierda fue el rabioso lenguaje antinorteamericano, estos días apaciguado por el manoseo con los representantes del imperio, cuya presencia arranca alegrías con brinquitos de los otrora furiosos combatientes. Chávez, al llegar al poder, al mismo tiempo que monopolizó la izquierda la convirtió en monstruo autoritario y por esa vía la mató como referencia.

Estos personajes del régimen se reclaman como amigos de los pobres, enemigos de las cúpulas podridas, antineoliberales, poseídos del frenesí populista, aliñados con la quincalla conceptual rutinaria. Lo cierto es que cuando hubo algún progreso social fue por los altos precios del petróleo; progresos ahora revertidos por su descenso, la ineficacia y la corrupción. A “las cúpulas podridas” las sustituyó una singular cúpula podrida. A la corrupción la suplantó la megacorrupción cívico-militar aderezada con narcofiesta. Al neoliberalismo lo reemplazó la ruina que golpea a los pobres como nunca lo hizo el FMI o “la derecha”. Al antiimperialismo lo releva el intento de romance desquiciado e imposible con Washington.

Entre Chávez y Maduro se apropiaron de la izquierda y en ese mismo movimiento, convertida en poder, la liquidaron, cualquiera que haya sido su importancia y significado. Basta ver los despojos de lo que fueron esos partidos. Lo que queda es la ruina de un populismo paroxístico y la represión violenta, cruda y miserable contra la disidencia.

Cuando no hay izquierda no hay derecha. Esa taxonomía sólo conviene al régimen y reclamarse como de izquierda es hacerle guiños innecesarios y caer en el juego de que quien disiente del régimen es de “derecha”, blanco fácil del ataque rojo.

En realidad la diferencia ahora está entre libertad y autoritarismo, entre democracia y dictadura. Es en ese eje donde hay que ubicarse y escoger. Lo demás son pamplinas.

Carlos Blanco Garcia 
@carlosblancog

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lunes, 1 de junio de 2015

CARLOS BLANCO G., AQUÍ Y AHORA MUECAS DEL CAOS

El torbellino se ha instalado. El régimen está asediado no por una conspiración mundial sino por la tempestad que desató. Los que dirigen el Estado juran estar frente a un complot, no entienden que el sistema rompió sus equilibrios y no los encontrará sin un cambio mayor. El país está en transición, aunque no necesariamente hacia la democracia.

Era posible esperar que la alternativa a este régimen fuese la oposición, mediante una transición ordenada que incluyera alianzas con sectores del chavismo. Sin embargo, no es ese objetivo el que se plantea para este momento la corriente dominante opositora.

En 2014 “la salida” buscó el cambio constitucional del régimen bajo diferentes modalidades (Constituyente, renuncia, Congreso Ciudadano) en el marco de una protesta, poderosa y sin dueño, que conmovió el país. Esas propuestas fueron derrotadas. Quien esto escribe acompañó la tesis de “la salida” por la vía de la renuncia porque parecía lo menos costoso para el país, sobre todo si se ve lo que resulta del madurismo prolongado. Quienes compartimos “la salida” cometimos errores, el fundamental fue no evaluar correctamente las fuerzas que podían acompañar esta propuesta; especialmente, no se previó la brutal reacción criminal por parte del gobierno, ni que los otros sectores de la oposición buscarían deslegitimar la idea de “la salida” con la fuerza con que lo hicieron. Y ellos ganaron.

Con la derrota de “la salida” o de la renuncia, caben dos grandes escenarios, la estabilización del régimen y, de lograrse la mayoría en las inciertas elecciones de Asamblea Nacional, su eventual sustitución por referéndum o en 2019. Pero si Maduro no logra estabilidad y la crisis es de tal profundidad e inminencia, como pareciera, con el régimen desbaratado y una oposición que no promueve su reemplazo anticipado, el escenario caótico puede ser “resuelto” por una de tres vías o su combinación: 1. Una “explosión social”, nombre-código de una situación de desobediencia espontánea, muy riesgosa y sin dirección, debido a las penurias provocadas por la escasez, la inseguridad y la inflación; 2. Una transición chavista, dentro del régimen, que propicie la eyección de unos y la llegada de otros, en un mar de intrigas en marcha; y 3. Algún tipo de intervención militar (el propio gobierno insiste en que tales conspiraciones existen) sea suave (“mira mijo, renuncia”); sea fuerte (“apúrate, que el avión está listo para despegar”).

Dos tesis opositoras contrapuestas que, a pesar de todo, convergen en participar en las elecciones parlamentarias.

Carlos Blanco G.
@carlosblancog
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lunes, 11 de mayo de 2015

CARLOS BLANCO G., CAMARADAS, NO SE HAGAN LOS DISTRAÍDOS

Lo que quiso ser una revolución está vuelto un pichaque fermentado. Lo saben los rojos, los azules y los pálidos.

Siempre intriga saber cómo gentes tan avezadas, muchos formados intelectualmente, otros con veteranía política, “luchadores sociales” como se autocalifican unos cuantos, llegaron a participar y algunos a disfrutar de este torneo descompuesto y purulento.

El morbo comenzó por la centralización autocrática en Chávez. La necesidad de concentrar las fuerzas en un solo mando para “derrotar el imperio” y lo que fuese diferente condujo a que todo se quedara en el puño del líder. Como los de su especie, era brutal hacia fuera y paternal adentro, centro de todos los equilibrios: coscorrones a unos, breves períodos de gloria a otros, degradaciones y ascensos a placer. El poder concentrado en Chávez se admitió sin chistar porque él, el Eterno, aun antes de morir debía saber lo que convenía.

Ese poder requirió la dictadura sobre los recursos públicos. Comenzó su trasiego para campañas electorales, compra de voluntades, alianzas internacionales y, en fin, para llenar monederos vacíos y hambrientos. 

Las alianzas con los gobiernos requerían el petróleo, pero las alianzas con las FARC y otros movimientos no gubernamentales, así como el financiamiento de campañas electorales amigas, demandaban baúles llenos de dólares, junto con complicados mecanismos de triangulación financiera. De a poco, en las comisuras de esas bocas ávidas de épica, comenzó a chorrear dinero para cuentas privadas.

La cuestión se complicó con la naturaleza narcoguerrillera de las FARC que, necesitada de una estructura de apoyo en Venezuela, transmitió su infección voraz, resistente a antibióticos convencionales. No son pocos los engranajes que hay que mover para que una tonelada de cocaína proveniente de Colombia llegue a –y salga de– un puerto venezolano. En ese instante una revolución que ya no era, pero una autocracia que sí era, entró en una dinámica de pudrición. El solo conocimiento silente de esa gangrena generó complicidad.

Un Estado controlado por mafias e infiltrado por el narco, con una economía en parálisis progresiva, con un jefe que no es respetado por sus pares, sin instituciones, y con una sociedad llena de furia contenida hacen del país un polvorín que clama al cielo por un cambio.

Lo que intriga es por qué siguen allí quienes, aun siendo rojos, no participan del festival de la impudicia. Críticos a media voz; hechos los tontos. Es posible que se vean sin salida cuando ellos, precisamente, son parte de la salida.

Carlos Blanco G.
@carlosblancog .
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