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viernes, 7 de febrero de 2014

EMILIO NOUEL, EL DILEMA PLANETARIO ‘DEMOCRACIA O DICTADURA’ Y VENEZUELA

"El error de los años noventa fue creer que la democracia era inevitable (...) La competición global entre gobiernos democráticos y autocráticos se convertirá en un rasgo dominante del mundo del siglo XXI". Robert Kagan
Haber presenciado la inconsecuencia con los principios democráticos que tuvo lugar cuando la CELAC de forma insólita designó como su presidente pro témpore a un tirano como Raúl Castro, nos lleva a ir, más allá de la indignación y el repudio que tal agravio produjo a la conciencia democrática, hacia la valoración de la pugna que tiene lugar en el planeta entre democracia y autoritarismo y el desdén de ciertos gobiernos respecto de la necesaria defensa de los valores universales de Occidente. Sin duda, el dilema en el que sigue debatiéndose el destino político de los pueblos.
Asomarse a la escena internacional en el siglo XXI, por encima de las demostraciones de “realismo pérfido” de los gobiernos latinoamericanos que fueron a reunirse recientemente en La Habana, es constatar la existencia de una persistente contienda global entre esos dos tipos de régimen político, a pesar de que unas décadas atrás se pensó quiméricamente que la democracia había triunfado de una forma definitiva sobre las dictaduras.
El derrumbe del totalitarismo comunista del siglo XX y el fin de las dictaduras militares en nuestro patio latinoamericano auguraban mejores tiempos para la libertad, el inicio de una época luminosa, un camino ineluctable hacia el progreso de las naciones. La democracia estaría ganando una competencia que había sido larga y muy cruenta.
Esa apreciación optimista condujo a Fukuyama a hablar de “el fin de la historia”.
No obstante, ese sueño no duró mucho tiempo. Nuevas sorpresas nos traería la vida. No era cierto que la pelea estaba ganada. Los seres humanos continuamos tropezando con la misma piedra. Nuevos autoritarismos aparecerán, mutaciones de totalitarismos resurgen, inéditas ideologías mortíferas se difunden, iguales o peores que las ya conocidas.
Frente a esta realidad, el escritor norteamericano Robert Kagan hablará del retorno de la historia, “el mundo ha vuelto a la normalidad”. Y ésta significa que las disputas por estatus e influencia en el mundo siguen siendo las características esenciales de la vida internacional. Con el agregado de que ellas son también entre democracia y autocracia, y cada país se coloca en el bando más acorde con la naturaleza de su régimen.
EEUU, Europa, Rusia y China, las potencias más importantes, se encuentran en el centro de este debate planetario, que es también ideológico.
La ex Unión Soviética vuelve por sus fueros en el ámbito internacional. Es la “Gran Rusia” que pugna por resurgir. Allí, Putin defiende una visión “democrática” muy distinta a la que tenemos en el mundo Occidental.
Para él, el “modelo oriental de democracia”, no significa independencia de los poderes públicos, vigencia del estado de derecho y de los derechos humanos. Democracia es la implementación de “la voluntad popular” en términos de satisfacción de las necesidades materiales de la población, no en términos de derechos ciudadanos. Como recuerda Kagan, el gobierno ruso no afecta demasiado a las vidas privadas de los rusos, siempre que no se metan en política, ni se opongan a sus designios.
Por su parte, los gobernantes chinos tampoco creen en la democracia. Son partidarios de un gobierno central fuerte, y al igual que los rusos, desprecian las debilidades de la democracia. Han instaurado un sistema económico de mercado, pero bajo una dictadura de partido.
En ambos sistemas se cree que la democracia debilitaría y dividiría a sus naciones, y para que sean respetados en el mundo, deben mantener un gobierno férreo. Chinos y rusos están convencidos que ser autócratas es la manera correcta de defender los intereses de sus países.
Estos gobiernos en sus relaciones exteriores han establecido vínculos con gobiernos que han retado la visión occidental de la democracia.  El venezolano es uno de ellos.
Tiranías africanas y del Medio Oriente buscan en aquellas dos potencias el apoyo que no obtienen en las democracias. Los autócratas, como los bomberos, no se pisan la manguera; se  juntan y protegen para perpetuarse en el poder. Obviamente, en el medio están jugosos negocios que enriquecen a las oligarquías que en ellos gobiernan.
Los une su animadversión hacia la democracia y el enfrentamiento con la gran potencia mundial: EEUU. Igualmente, su empeño en lograr un nuevo tipo de legitimidad al interior de sus países.
El gobierno venezolano se ha involucrado en esa dinámica y en la confrontación ha afectado negativamente los intereses del país. Se ha aliado con lo peor de cada casa.  Los más grandes tiranos del mundo son sus más estrechos amigos. Se engancha a la estrategia geopolítica de los gobiernos ruso y chino, y entrega en cuerpo y alma a la tiranía cubana.
Así, el dilema planetario “Democracia o autocracia” ha tenido y tiene también un escenario de lucha en nuestro país. 
@ENouelV
emilio.nouel@gmail.com

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miércoles, 1 de agosto de 2012

FERNANDO MIRES, LA CONTRADICCIÓN PRINCIPAL

Escribió Doris Lessing en sus memorias que su segundo marido, dirigente comunista alemán, la subyugó con una frase con la cual comenzaba todas sus alocuciones: “Hay que diferenciar la contradicción principal de las secundarias”. Gracias a esas palabras, el tremendo desorden mental de esa jovencita que llegaría a ser una de las más grandes escritoras de su siglo, comenzaba a estructurarse: el caos se convertía en sistema, y la inseguridad en certeza. 
Mao Tse Tung fue más allá del marido de Doris Lessing. Con esa simpleza más confuciana que marxista con la cual cautivó a Henry Kissinger, establecía que siempre hay que hacer la diferencia entre la contradicción principal con la parte principal de la contradicción. De más está agregar que para los jóvenes de mi generación, a mediados del pasado siglo, esas frases que hoy nos parecen tan elementales, eran reveladoras.
Sin embargo, hasta las más grandes revelaciones terminan por aburrir. Así ocurrió un día que asistía a la clase de un renombrado profesor marxista de la Universidad de Chile quien no se cansaba de repetir: “hay que diferenciar la contradicción principal de las secundarias”. De pronto, uno de esos estudiantes anárquicos que nunca faltan, preguntó: “Profesor ¿y quién determina cuándo una contradicción es principal o secundaria?". El maestro lo miró de modo homicida; mas, sobreponiéndose al desacato, soltó una larga tirada teórica sobre las leyes de la historia. No obstante– y eso fue lo decisivo- no respondió a la pregunta.
Quien respondió a la pregunta – quién lo iba a pensar- fue el mismo Mao Tse Tung.
Durante los años cincuenta, afirmaba el líder chino que la contradicción principal era la que existía entre el comunismo y el capitalismo y la parte principal de la contradicción era entre China y el imperialismo norteamericano. Pero a comienzo de los sesenta, Mao escribió que la contradicción principal era entre capitalismo y comunismo, y la parte principal de la contradicción era entre China y el social-imperialismo ruso. A fines de los sesenta, Mao afirmó, en cambio, que la principal contradicción era entre China y el imperialismo ruso y luego se acabó la diferencia con la parte principal de la contradicción.
“Chino sinvergüenza” –me dije-: “arregla la historia universal según su conveniencia”. Pero al menos, gracias a Mao obtuve la respuesta, respuesta que hoy puedo formular en forma de tesis. La tesis dice así: “No existe una contradicción principal, válida para todo tiempo y lugar, sino sólo para quienes la plantean”.
De este modo, para una persona moralista, la contradicción principal será entre el bien y el mal. Para una religiosa, entre Dios y el diablo. Para quien crea en macrosistemas, entre capitalismo y comunismo. Para los enloquecidos líderes de Sudamérica, entre “Patria o Muerte”. Para economistas soporíferos, entre neoliberalismo y estatismo. Y para más de algún argentino, entre Boca y River.
Lo dicho no significa por cierto suscribir una posición nihilista tipo New Age (“todo da igual”). Las contradicciones principales existen, es lo que quiero acentuar, pero ninguna es universal. O dicho de acuerdo a mi tesis, existe sólo para quienes las plantean. Es por eso que yo sugeriría que siempre cuando alguien quiera establecer alguna contradicción principal, escriba antes, “desde mi perspectiva”, “según mi experiencia”, o simplemente: “para mí”. Nadie tiene el derecho de imponer sus contradicciones a los demás.
Voy a poner un ejemplo. Para mí, desde mi perspectiva, y según mi experiencia, la contradicción principal que cruza políticamente al mundo de hoy (escribo políticamente, no social, no económica, no culturalmente) es la que se da entre democracia y dictadura. Me explico:
Si aceptamos que la evolución de lo simple hacia lo complejo existe (es la premisa) eso quiere decir que así como hay una evolución económica -que va de la recolección y la caza, sigue a través de la agricultura y la ganadería, luego pasa por la industria pesada, hasta llegar a la industria digital- hay también una evolución política.
De la horda a la dominación tribal; luego la monarquía absoluta, pasando por la monarquía parlamentaria, hasta llegar a la democracia moderna –la peor forma de gobierno con excepción de todas las demás (Churchill)- hay una indesmentible evolución. Y como ocurre en toda evolución, la política también reconoce involuciones, aunque al final esa luz efímera que asomó por primera vez en Atenas se mantiene e impone. En fin, creo que cuando Benedetto Croce escribió su libro clásico: “La historia como hazaña de la libertad”, no estaba equivocado.
Habrá por lo tanto que hacer justicia al siglo XX. Cierto es que fue el más cruento de la historia. Pero también es cierto que las dos más grandes contrarrevoluciones antidemocráticas de la era moderna, la nazi y la comunista, fueron derrotadas. Más aún: las revoluciones democráticas del siglo XX han sido continuadas por movimientos sociales (feministas, ecologistas y, más recientemente, protestas en contra de la globalización financiera, culminando con “los indignados” de la Puerta del Sol).
Las rebeliones antidictatoriales del mundo árabe, religiosas o no, son parte de la larga caminata que alguna vez llevará hacia esa comunidad republicana de naciones con la cual soñaba Emmanuel Kant.
Incluso en América Latina, la era caudillista y militar que se originó desde los días independentistas, va quedando atrás. Cierto es que hay fuertes regresiones. Los personalismos autocráticos emergidos a finales del siglo XX y consolidados a comienzos del XXl representan en el fondo compromisos entre la dominación dictatorial que primaba en el pasado y la forma democrática que hoy tiende a predominar a escala mundial.
Luego, si aplicamos la antigua tesis de Mao a la política contemporánea, tendríamos que decir: la contradicción política principal de nuestro tiempo es la que se da entre dictadura y democracia.
Y, visto el tema desde una perspectiva latinoamericana, sería posible agregar: la parte principal de la contradicción es la que se da entre proyectos militaristas y/o autocráticos (Venezuela, Nicaragua, Bolivia entre otros) y proyectos políticos democráticos. Pienso, además, que esa contradicción no sólo existe entre diversas naciones, sino también al interior de cada una de ellas.
También pienso que si el día 07. de Octubre triunfa en Venezuela el proyecto democrático y social de Capriles por sobre el proyecto militarista, mitómano y autocrático que representa Chávez, la lucha por la democracia continental habrá dado un gran paso adelante.
fernando.mires@uni-oldenburg.de

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domingo, 25 de marzo de 2012

MARCELO CASTRO CORBAT: CORRUPCIÓN, DICTADURA Y QUIEBRE INSTITUCIONAL, DESDE ARGENTINA

La historia política de las naciones latinoamericanas está signada por gobiernos penetrados por la corrupción, que evolucionaron hacia la autocracia o dictadura y fueron expulsados por revoluciones. La matriz del desorden es el sistema presidencial fuerte (autocrático) que abre la puerta al descalabro institucional.
Algunas naciones están combatiendo la corrupción con suerte diversa; sin cambiar la matriz, los triunfos serán transitorios. Los gobiernos autocráticos necesitan reclutar a funcionarios, políticos, empresarios, y dirigentes sindicales incondicionales y proclives a la corrupción. Con esa pandilla, apropiarse y disponer de los bienes del Estado para enriquecerse y dar dádivas o limosnas a sectores de la ciudadanía necesitados, para comprar sus votos y ganar elecciones, lo que es una caricatura de la democracia.
Si esa caricatura es repudiada por la ciudadanía, el gobierno autocrático y corrupto impone de hecho una dictadura, que durará hasta que se produce el rechazo masivo del pueblo.
La corrupción generalizada en el Gobierno sin sanción a los delincuentes, es incompatible con la democracia, la prosperidad  del pueblo y la armonía social. Es responsabilidad del Parlamento controlar al Ejecutivo y de la Justicia penalizar a los corruptos.
segundarepublica@fibertel.com.ar

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