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lunes, 27 de abril de 2015

DARIO ACEVEDO CARMONA ¿A QUÉ TEMEN LAS FARC?, CASO COLOMBIA

Más que a cualquier cosa, las FARC le temen a que la política en términos civiles, sin armas, sin la primacía de relaciones verticales propias de ejércitos y milicias, los disuelva.

Porque una cosa es hacer política con armas y dinero abundante para reclutar campesinos pobres y uno que otro cuadro de la intelectualidad, bajo las estrictas normas disciplinarias y jerárquicas de la milicia, que enfrentarse a la acción proselitista, esa especie de agujero negro, ir al encuentro de la opinión pública, del ciudadano común, de sus votos. Ahí las armas serán y tienen que ser, si de verdad están por la paz, cosa del pasado, un camino sin retorno.

Buscar el apoyo de la opinión pública, que siempre les ha sido adversa, para validar y legitimar un programa y unas promesas de cambio debe tener a más de un “Timochenko” pensando y penando.

Imaginemos lo que hay entre un hombre cuyo poder se deriva de su experticia en el “arte” de la guerra de guerrillas o de la acción terrorista, a aquel que, despojado de armas y de mando, se enfrenta al desafío de conquistar votos. ¿Cómo lo hará? ¿Qué lenguaje y qué métodos utilizará? El viraje es brutal. Constatarían que ganar el respaldo de la ciudadanía es más difícil que tirar “tatucos” y disparar fusiles.

Muchas dudas debieron atormentar la conciencia de quienes hicieron el tránsito de las armas a la civilidad en el pasado. Hay experiencias en las que se pueden mirar, unas exitosas otras no tanto y otras un total desastre. El M-19, por ejemplo, fue hecho pedazos en sentido político y orgánico, sus dirigentes se dividieron, los subordinados de antes como Petro, asumieron el mando cuando la voz estentórea del demagogo se hizo más eficaz que el mando militar.

Deben tener miedo a enfrentar la posibilidad de que les suceda algo similar. Por eso no descartan tomar el camino del engaño, o sea, el de no entregar las armas mientras usufructúan la democracia, se airean políticamente y, alegar después que el “sistema” incumplió los compromisos y por eso se ven “obligados” a retomar las armas.

Si el gobierno cede a las mayorías nacionales en imponer la condición de que los responsables de delitos atroces deben pagar cárcel, así sea por corto lapso, peor será su suerte pensarán los más radicales que al parecer están ganando el pulso interno. Los que quieren asustar a sus camaradas con el fantasma de la desaparición ante la incontrolable dinámica de la política nacional o ser absorbidos por una izquierda en la que no serían los líderes sino los recién llegados, y sobre la que mantienen serias reservas acerca de su firmeza ideológica. ¿Una alianza en la que serían un grupo más? No faltará aludir al fantasma de la división por aspiraciones grupales o individuales al fin liberadas.

¿Cuántos cuadros del monte podrían hacer un buen papel en ciudades de las que ni conocen sus mapas ni sus gentes ni sus problemas diarios ni sus formas de relacionarse con los políticos ni sus usos y costumbres? Podrá salir airoso uno que otro comandante, pero el grueso de su militancia tendrá que dedicar, en el evento de la paz, mucho tiempo a su reinserción a la vida normal, trabajo, vivienda, atención médica, educación, vida familiar, toma de decisiones en la cotidianidad, disfrute del tiempo libre y de la libertad de no estar en filas 24 horas. No los podrán disciplinar como estando en regla.

A diferencia del M-19, las FARC han sobrevivido con el dogma comunista durante toda su existencia. Esa condición, que suponemos conserva la alta dirección de la guerrilla, también pesará negativamente a la hora de definir si se da o no el paso a la civilidad. El desprestigio de esa doctrina los obligará a camuflarla en sus discursos lo que sin duda se traducirá en relajamiento del dogma, nada bueno para sus propósitos.

De todo lo anterior deducimos que la exigencia de mayores concesiones en la Mesa de La Habana, como cero cárcel, nueve millones de hectáreas en 54 Zonas de Reserva Campesina (donde mantendrán sus tropas concentradas en formación militar alerta para un eventual resurgimiento de la confrontación), cupos en buen número en corporaciones públicas, no entrega de armas, reducción de la Fuerza Pública y redefinición de las funciones del Ejército, renegociación de los tratados de libre comercio, cambio del modelo económico, otorgamiento de numerosas licencias de emisoras, periódicos y canales de tv, convocatoria de una asamblea constituyente con cupos fijos, etc., tiene el sentido de cobrar muy caro la firma de un acuerdo, que, en todo caso, querrán que los deje muy pero muy cerca de conquistar el poder, su máximo y perenne objetivo.

Ruben Dario Acevedo Carmona
rdaceved@unal.edu.co
@darioacevedoc

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sábado, 30 de noviembre de 2013

GIOCONDA SAN BLAS, 8D, UNA CITA CON LA CIVILIDAD

Salgo entusiasta a caminar. A pocas cuadras, un pequeño negocio es "visitado" y su dueño vejado por la GNB, mientras afuera se arremolinan eventuales compradores de las gangas impuestas arbitrariamente, sin cuidar la normativa legal existente, con el fin aparente de reparar delitos cometidos por presuntos comerciantes inescrupulosos en el remarcaje continuo de precios. Los rostros expectantes de algunos clientes reflejan el primitivo instinto de jauría, dispuestos a echarse encima al comerciante y sus mercancías.

Guardando las distancias, recuerdo con tristeza los autos de fe, aquellos actos de la Inquisición en los que los acusados eran sometidos al escarnio público y con frecuencia, a la muerte en la hoguera. Los asistentes al acto, siervos de gleba sin derechos ni beneficios de sus señores, se regodeaban con los gritos y el olor a carne chamuscada, satisfechos de saber que no eran ellos los últimos en la escala de la humillación humana. Y no pude menos que reflexionar en la indignidad a que nos hemos degradado en estos 15 años de barbarie.

Sigo mi ruta y llego al supermercado. Allá, dos clientes se pelean por un pollo. No hay leche, ni aceite, ni azúcar, ni harina... Me informan que al día siguiente llegará algo, pero entonces estaré en mi lugar de trabajo y no podré salir a hacer colas, esas largas y asfixiantes colas que hemos asumido dócilmente como parte de nuestra vida diaria, en aproximación a las tarjetas de racionamiento de la dictadura cubana.

Me viene a la memoria el decir de un cubano cuyo mayor deseo a sus 70 años, era "no hacer más colas, estoy cansado de hacer colas por más de 50 años".

En mi recorrido paso por el edificio donde la semana pasada un vecino de 28 años fue secuestrado y asesinado, sumando uno más a los casi 200 mil homicidios ocurridos en Venezuela en los últimos 15 años y de los cuales más del 90% queda impune, víctimas de la violencia propiciada por el régimen como política de Estado.

Siento que algo debo hacer para corregir este estado de cosas. Y al ver las calles atiborradas de propaganda electoral, invitando a votar el próximo 8D para elegir nuevas autoridades municipales, pienso que es una sencilla y trascendental oportunidad para expresar nuestra afirmación por un mundo mejor y nuestro rechazo al deterioro material y moral a que nos ha llevado el régimen en 15 años de imposición de una pseudo-ideología caduca y ruinosa. Una pequeña pero formidable contribución a aumentar el número de alcaldías y concejos municipales en manos de la unidad democrática y demostrar con el número total de votos, que somos mayoría. 

Por encima de los obstáculos, con la certeza de que hemos ido creciendo sin pausa bajo el cobijo de la Unidad Democrática, la cita del 8D es obligatoria para quienes deseamos la civilización y no la barbarie, la democracia y no la dictadura, como norma de vida. 


GIOCONDA SAN BLAS

gioconda.sanblas@gmail.com

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