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lunes, 30 de septiembre de 2013

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, OBSESIONES PARA GOBERNAR

Nada más peligroso y dañino en algunas actividades de la vida cotidiana  que las obsesiones. El DRAE define el sustantivo “obsesión” como una “Perturbación anímica producida por una idea fija. 2. Idea que con tenaz persistencia asalta la mente”. Según esta definición de dicha palabra la “obsesión” constituye una “perturbación anímica”, y además la “idea obsesiva" es capaz de “asaltar la mente". Ambos vocablos, “perturbación” y “asaltar”, en este contexto son muy significativos, y contribuyen a darles a las “obsesiones” aquel carácter de “peligroso” y “dañino” con que abrí estas reflexiones. Es más, tales vocablos inducen, al menos en mi caso, a pensar que en el concepto de “obsesión” hay algo patológico.

Dije que las “obsesiones” son peligrosas y dañinas en algunas actividades de  la vida cotidiana. Podría agregar que lo son en todas las que realiza el hombre. Sin embargo, en algunas de ellas el peligro y el daño que conllevan es mayor que en otras. En la política, por ejemplo. Gobernar obsesivamente es uno de los peores males que se les pueden causar a un país o a un pueblo. Y no solo gobernar propiamente. Todo lo que se hace dentro de la política, como conducir un partido, ejercer un cargo en los poderes públicos, incluso opinar  sobre los asuntos políticos, se hace mal cuando se obedece a obsesiones. Ello es obvio, porque las obsesiones son por definición irracionales, y nada más ajeno a la irracionalidad que la política. Dicho  sea sin dejar de reconocer que entre los llamados políticos abundan precisamente los seres irracionales.

Lo que condujo al fracaso de Chávez como gobernante, al cabo de catorce años de ejercicio del poder, fue justamente que su actuación se fundamentaba en ciertas obsesiones que, al parecer, lo acosaban desde siempre. Una de ellas fue la idea de parecerse a Bolívar, y aun de ser su continuador y perfeccionador de su obra. Otra fue la de creerse un líder universal, capaz de dirigir una revolución mundial que acabase con el  imperialismo, enfocado este casi solo y de manera obsesiva en el imperio  estadounidense.

Otra de las peores obsesiones de Chávez fue creerse destinado a  rescatar el socialismo del fracaso de este después de setenta años de existencia de la Unión Soviética y del mal llamado “socialismo real”, que era ciertamente “real”, pero no socialismo.

Lo peor es que las obsesiones de Chávez no murieron con él. Sus herederos  o supuestos descendientes pretenden mantenerlas y gobernar con arreglo a semejantes obsesiones.

Alexis Márquez Rodríguez 

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sábado, 3 de agosto de 2013

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, LENGUAJE INMADURO


La importancia del lenguaje está fuera de duda. No se trata de revivir la doctrina filosófica medieval conocida como nominalismo, sino de darle al lenguaje, a la palabra, su verdadera jerarquía.

No hay actividad humana donde no esté presente la palabra. En algunas  esto es más notable que en otras, pero en todas el lenguaje juega un papel esencial.

La política es una de las actividades que más lo necesitan. Sin el lenguaje no habría política. Es muy significativo que casi todos los actos de gobierno requieren, para su validez y vigencia, ser llevados al lenguaje escrito y publicados en la Gaceta Oficial. 

Puede decirse que la política es lenguaje, es palabra. En particular en la más alta expresión política, que es el arte de gobernar. Se gobierna con palabras, primero en la discusión de los asuntos de gobierno y en la toma de  decisiones, y luego en la ejecución de las decisiones a que se llegue.

Por ello una de las máximas virtudes del buen gobernante es el dominio del lenguaje, saber emplear las palabras en su labor de gobierno. Lo primero que en tal sentido debe saber el gobernante es que en materia de lenguaje una cosa es ser dirigente en la brega por el poder, y otra ser gobernante. El dirigente emplea necesariamente un lenguaje mitinesco, del cual debe olvidarse el gobernante una vez que asume el ejercicio del poder.

El manejo del lenguaje es uno de los indicios de madurez del gobernante. Desde luego que la madurez es esencial en este. Nada hay más lamentable y peligroso que la inmadurez de quienes deben ejercer las funciones de gobierno, y nada más ajeno a estas que la conducta infantilista a que conduce la falta de madurez. El gobernante debe ser el más preclaro exponente de la vieja idea romana del “buen padre de familia”. Y, como ya dije, nada como el lenguaje para conocer el índice de madurez de las personas, en particular del gobernante.

Si bien los excesos del lenguaje son condenables en toda actividad  humana, lo son mucho más en el gobernante. Con el líder, en su lucha por alcanzar el poder, puede tenerse cierto nivel de tolerancia en cuanto al lenguaje. Pero con el gobernante la tolerancia está vedada particularmente en cuanto al lenguaje escatológico. En quienes ejercen las funciones de gobierno la procacidad, el insulto, la difamación, la injuria son signos inequívocos de inmadurez, y por tanto de incapacidad para gobernar. Aunque no es lo mismo un lenguaje escatológico y grosero que un lenguaje enérgico, que muchas veces debe emplear el gobernante.

grealemar@cantv.net

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miércoles, 23 de enero de 2013

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, LA ABSTECION,

Es ingenua, por no decir algo peor, la actitud de quienes pretenden que no se  culpe a los abstencionistas de la catastrófica derrota en las elecciones del pasado 15 de diciembre. Ingenua y en muchos casos demagógica, del mismo tenor de la conseja según la cual, en materia política “el pueblo nunca se equivoca”. Históricamente es lo contrario, más frecuente es que se equivoque. En el caso de nuestro país si no fuera así las cosas serían muy diferentes de lo que son.
Otra cosa es que sea necesario investigar por qué tanta gente juega a la  abstención, sin calar en la importancia que tiene el acto de votar, cuando no se dispone de otra arma o recurso que el voto. Y sobre todo investigar qué responsabilidad tiene  la dirigencia de la oposición en esa actitud abstencionista, y corregir drásticamente los errores que puedan haber conducido a semejante actitud. Si no se hace así, las derrotas se seguirán produciendo en las elecciones que tenemos por delante.
En la tendencia abstencionista opera, por supuesto, la absurda creencia de que se va a unas elecciones solo porque se está seguro de ganar. Es mucha la gente que no está dispuesta a perder las elecciones, y que invariablemente, al perder,  atribuye la derrota al fraude y decide no votar más. Curiosamente, son muchas las   personas que no entienden que a las elecciones se va a ganar o a perder. Son los que se decepcionan y protestan cuando el candidato perdedor reconoce el triunfo del contrario, sin darse cuenta de que los candidatos, y sobre todo los partidos o grupos organizados que los respaldan, son los primeros que saben, ya desde temprano, el resultado real de los comicios. Paradójicamente, tal conocimiento es resultado también de la organización, y en tal caso no tiene ningún sentido negarse al reconocimiento de la realidad. A menos que se tenga la certeza de que, efectivamente, ha habido fraude, caso en el cual hay que jugárselas todas en la denuncia del mismo y en el desconocimiento del éxito tramposo del contrario.
Si de algo estoy seguro es de que, más temprano que tarde la oposición  venezolana logrará derrotar al chavismo. Sobre todo porque este, contrariamente a  lo que muchos piensan, no sobrevivirá sin Chávez. Pero el triunfo no está a la vuelta de la esquina. Mientras Chávez exista, aun estando fuera del poder, ejercerá una poderosa influencia en un amplio sector de la población. Solo una vez desaparecido, y transcurrido un cierto tiempo de ello, las cosas en este país volverán a su cauce normal.
grealemar@cantv.net

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sábado, 10 de noviembre de 2012

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, PARA QUÉ SIRVE VOTAR

La mayoría de quienes propician la abstención se fundamentan en la suposición  de un fraude en los comicios pasados. Pero no ha habido una sola que describa cómo se ha realizado el presunto fraude. Se han señalado, eso sí, numerosos hechos irregulares, trampas, marramucias, chanchullos, como se decía antes, además del ventajismo escandaloso, practicado descaradamente a la vista de todo el mundo en favor del candidato oficialista, y con la aceptación cómplice, sospecho además que entusiasta, de las inefables señoras del CNE. 

Pero de ahí a señalar fraude hay un buen trecho. Tales marramucias facilitan al  sector gobiernero el triunfo electoral, y quizás aumente artificialmente el número de votos reales. Pero de que estos existen, y de que hasta hoy son mayoría, me parece temerario dudar. Como temeraria es también la posición de quienes se empecinan en alegar fraude por la única razón de que perdimos. Gente que no ha aprendido que a las elecciones se va a  ganar o a perder. De modo que, a su limitado entender, cada vez que pierdan unas elecciones será porque habrá habido fraude.

No todos los que denuncian el presunto fraude, sin embargo, optan por la  abstención en las próximas elecciones. Incluso hay quienes sostienen que  el peligro  del fraude hace más perentoria la necesidad de ir a votar. Una alta  votación –dicen, con toda razón– no sólo puede derrotar a los candidatos del gobierno, sino  también al propio fraude.

Es obvio que quien va a unas elecciones como candidato va con el deseo  y el propósito de ganar. Salvo, por supuesto, los candidatos folklóricos y los simbólicos,  que saben que no tienen posibilidad alguna, pero se lanzan de todos modos por determinadas razones, o sinrazones… 

Pero es también obvio que la  participación en unos comicios puede tener además otros propósitos o fines, aparte  de ganar el cargo por el cual se contiende. Uno de esos fines es la necesidad de contarse. Un candidato o un grupo o partido político muchas veces se lanzan en unas elecciones para saber cuántos son, lo cual es muy importante en las lides políticas. 

En las elecciones del 7 de octubre perdimos en la lucha por  la presidencia y por sacar a Chávez del poder. Pero supimos que la oposición hoy cuenta con seis millones y medio de venezolanos, y sobre todo que esa cifra es el resultado de un crecimiento constante, correlativo de un descenso igualmente constante y acelerado de las fuerzas que apoyan al gobierno. Por supuesto que la pérdida fue mayor que el logro. Pero la utilidad de este es indiscutible.
grealemar@cantv.net

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domingo, 23 de septiembre de 2012

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, LA MUERTE TIENE PERMISO,


En el cuento "La muerte tiene permiso", del mexicano Edmundo Valadés (1915-1994), no se hace referencia a la situación que vivimos en Venezuela, pero ninguna frase es más apropiada para definir esa realidad. No hay día en que los medios de comunicación venezolanos, impresos y audiovisuales, no den cuenta de las decenas de muertes que se producen a lo largo y ancho del país. 

La mayoría de ellas son causadas por el hampa, no pocas veces con la participación en esta de agentes policiales y militares.  Pero no es inusitado que los asesinos sean policías o militares, que se excedieron o se equivocaron en el ejercicio de sus funciones.

Hasta hace poco el asesinato a mansalva se daba solo de manera esporádica. Las bandas de delincuentes asaltaban a la gente, en la calle o en la propia casa de las víctimas, pero respetaban su vida. Hoy no. Hoy el mayor riesgo que se corre es ser asaltado en momentos en que no se carga dinero. Entonces el delincuente parece complacerse en matar al insolvente, como en venganza por haberlo hecho "trabajar" en vano. Esto es común y corriente en el robo de vehículos, cuando la persona intenta oponerse a que lo despojen del suyo, causa casi inevitable de que lo maten para poder consumar el robo.

Y ya ni eso. Lo más reciente es que al inerme ciudadano se le despoje de sus   bienes, y posteriormente se le asesine a sangre fría, sin causa alguna, aparentemente por el solo placer de matar. O que se secuestre a una persona, se exija a los  familiares un rescate, y se asesine al secuestrado aun antes de cobrar o ya cobrado el rescate. 

Lo cierto es que se ha hecho habitual que los medios den cada día una relación de las muertes sucedidas cada día. Lo de las cárceles es impresionante. Y es  común y corriente que se hable de decenas o más casos. A veces, en un solo suceso se trata de veinte, treinta y más fallecimientos causados por diversos motivos y en variadas circunstancias.

Todo esto se agrava con la impunidad que impera en el país, y que al parecer es no solo constante, sino también creciente. Los funcionarios competentes, o no asumen su propia responsabilidad cuando la tienen, u omiten sancionar a los culpables de la muerte de venezolanos.

Lo peor es que hay indicios de que la situación descrita ha ido  produciendo un acostumbramiento. Al principio la realidad que cotidianamente nos mostraban    los medios causaba alarma y angustia en  la  mayoría  de  las  personas.   Mas al  parecer la repetición  de  las   noticias    desoladoras    hoy   solo    causa indiferencia. 

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jueves, 12 de julio de 2012

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ, TRES NOTAS, PARAGUAY, INEXPLICABLE Y LA PALABRA NADA

PARAGUAY

El caso de Paraguay es una muestra preciosa de las contradicciones  de la política internacional. 

Que la constitución de un país incluya normas que permitan la revocación del mandato del presidente de la República no puede ser más democrático. Es el súmmum del ejercicio de la democracia. Generalmente la revocación se establece mediante referéndum; pero es usual también que pueda hacerse en un juicio político, en el cual los poderes legislativo y judicial, aplicando un procedimiento especial previamente pautado, destituyen al presidente,  cabeza del Poder Ejecutivo, y deciden o no su enjuiciamiento. Es el ejercicio más conspicuo de la llamada separación y autonomía de los poderes, principio esencialísimo y definitorio de la democracia. 

Sin embargo –he aquí la contradicción–, cuando se decide la revocación de un presidente, aun con estricta aplicación de las normas, de inmediato surgen las protestas de otros países, y de personalidades importantes, que sin la menor sindéresis califican el acto de antidemocrático y le endilgan la calificación de golpe de estado, aun a sabiendas de que se han observado escrupulosamente las respectivas normas constitucionales.

Es lo que ha ocurrido en Paraguay. Nadie duda de que en este caso se  cumplieron rigurosamente las normas para la destitución del  presidente Lugo,  lejos de un golpe de estado. Es igualmente inobjetable que se trató de un acto soberano. Sin embargo, la condena fue prácticamente automática, y basada en la falacia de que aquello había sido un golpe de estado, y para colmo antidemocrático. 

Muy distinto es que la destitución del presidente Lugo, por apegada que  haya estado a las normas constitucionales, haya sido políticamente inoportuna, y que debió esperarse el final, dentro de unos meses, del período presidencial. Esto ha podido  señalarse sin detrimento del ejercicio soberano de los poderes legislativo y judicial que acordaron su destitución. 

Uno de los argumentos esgrimidos para condenar la destitución del presidente paraguayo es que los funcionarios electos popularmente sólo deben salir por la misma vía, es decir, mediante elecciones. Aparentemente este supuesto es de una absoluta validez y de una esencia democrática indiscutible. Sin embargo, ¿en qué medida es compatible con el valor, igualmente democrático, del principio de la revocabilidad del presidente electo? Es esta otra de las contradicciones propias del sistema democrático, que, a primera vista, parece irresoluble.

INEXPLICABLE

A Geovanny Pérez

No hay duda de que el triunfo de Chávez en las elecciones presidenciales  de 1998 se debió al voto de los engañados por su verborrea demagógica. Ante la aguda crisis que padecíamos por el fracaso de AD y COPEI, la mayoría de los venezolanos votaron por un cambio, como el que ofrecía el Teniente Coronel ® en su campaña electoral. 

Muy pronto vino el desengaño. Desde el comienzo de su gestión Chávez mostró lo que sería su gobierno, bien  distinto de lo que había prometido como candidato. Los vicios y las lacras que ofreció eliminar no solo subsistieron, sino que se acrecentaron hasta límites jamás vistos en nuestra historia. La corrupción, en su forma más descarada del robo de los fondos públicos y el uso y abuso de los bienes del Estado, cuya denuncia había sido punto primerísimo del discurso del Chávez candidato, pasó a ser el punto más notorio y escandaloso de su gobierno, además de que se extendió prácticamente a todos los sectores de la administración pública. Y no fue lo único. Hoy puede decirse que todo, absolutamente todo en su gestión de gobierno ha sido muestra de incompetencia y desacierto.

Razones, todo ello, para la decepción y el retiro por miles de venezolanos del apoyo a Chávez y al chavismo. Lo inexplicable es que ese rechazo no haya sido total, y todavía resten densos sectores que siguen apoyando a Chávez y se declaren abiertamente chavistas.

Es menos sorprendente que ese apoyo se haya mantenido, aunque en constante declinación, en los sectores más pobres y marginales. Muchas razones lo explican, entre ellas los bajos niveles de  educación y cultura que les impiden detectar y comprender los síntomas del fracaso gubernamental. Se trata de gente que siempre ha vivido en medio del desastre que signa la actual situación del país. A esto hay que agregar que estas personas, por su situación anímica real, son más aptas para ser engañadas por la propaganda sistemática y constante, además de mentirosa, del gobierno chavista.

 En cambio, es totalmente inexplicable el apoyo a Chávez que sobrevive en ciertos sectores, mas bien en individualidades de un elevado nivel cultural y  un estatus intelectual que hace imposible que no perciban el estruendoso  fracaso de la sedicente revolución chavista. Y sobre todo el enorme daño que  esta le ha hecho y sigue haciéndole al país. Se trata de gente que, dada su condición antes descrita, no puede permanecer engañada ante la evidencia  de  una situación cuya realidad es imposible ignorar.

LA PALABRA

NADA (1)

Algunos  piensan que frases como "No se ve nada", "No  quiero nada", "No pasó nada", etc., son incorrectas, porque llevan una doble negación, lo cual, según ellos, sería ilógico. En lugar de "nada", agregan, debería ir "algo". La misma creencia la tienen sobre frases como "No vino nadie", "No duerme nunca", "No lo haré jamás" y otras en las cuales, en efecto, hay una doble negación.  

A este tema ya me he referido varias veces, pero como es una duda  persistente, me parece útil volver sobre el mismo. Esta vez lo haré solo sobre "No se ve nada", e implícitamente sobre otras frases del mismo tipo construidas con el sustantivo "nada".

La doble negación no es ilógica ni incorrecta, en el entendido de que se trata, en realidad, de una doble negación gramatical, y no conceptual o de contenido. De hecho se da en casi todos los idiomas modernos, si no en todos.

Por otra parte, las frases dadas como ejemplos son negativas más  aparentemente que en realidad. El DRAE define "nada", en su 1ª acepción, como negativa: "No ser, o carencia absoluta de todo ser (…)". Pero "nada" es  palabra de origen latino, derivada de la frase "res nata", que significa "cosa  nacida", y se empleaba con el sentido de "el asunto en cuestión". De modo que literalmente la frase "no se ve nada" significa "No se ve cosa nacida", frase que tiene una sola negación. "Cosa nacida" es expresión equivalente a "algo".

El uso frecuente de "nada" en frases como las ya comentadas fue trayendo su enriquecimiento semántico, y hoy  tiene un carácter polisémico. En la frase "No conseguí nada" tiene valor de pronombre indefinido, y como tal hace oficio de complemento directo. En "No tiene nada, fue solo un rasguño" actúa como complemento directo, con valor de "cosa mínima, insignificante". En "La amenazaron, y ella como si nada", adquiere el valor de adverbio de modo, equivalente a "imperturbable". Hay muchas frases  expresivas con "nada…"; posiblemente la más frecuente sea "de nada", con que educadamente se responde cuando nos dan las gracias.

LA PALABRA

NADA (y 2)

Vimos que con el sustantivo "nada" se construyen frases expresivas, que se usan mucho en el lenguaje coloquial. Una de ellas es "de nada", quizás la más usada, con la que respondemos cuando se nos dan las gracias por algo, situación en que igualmente suele decirse "Por nada" o "No hay de qué". 

Usamos la frase "No es nada" para tranquilizar a otras personas ante supuestos hechos de carácter negativo, cuando en realidad no ha ocurrido nada, o se trata de algo de poca o ninguna gravedad o importancia.

Las locuciones "antes de nada" y "antes que nada" se usan para indicar el comienzo de  una disertación o de un conjunto de observaciones.

 Con la frase "por nada" indicamos que algo estuvo a punto de ocurrir, pero no ocurrió: "Por nada casi se arma el berrinche". O que algo ocurrió por un motivo insignificante: "Se cayeron a golpes por nada". 

Usamos la frase "hace nada" para indicar de algo ya dicho o conocido que ocurrió hace muy poco tiempo: "Murió hace nada"; "Eso fue hace nada".

"Nada más" equivale a "no más": "¿–Desea algo más? –Nada más". 

A su vez, "nada menos" es una locución adverbial que se usa para "ponderar la autoridad, importancia o excelencia de alguien o algo: 'Nada menos que el Papa lo dijo en una encíclica (…)" (DRAE). Con parecido o igual sentido la frase  "nada menos" la usa don Miguel de Unamuno en el título de su famosa novela  "Nada menos que todo un hombre". Por lo demás, esta locución es bastante frecuente en el lenguaje coloquial: "Yo tengo en mi casa nada menos que un Picasso"; "Eso fue nada menos lo que ella le dijo".

Como cosa curiosa puede observarse que la doble negación, a la que me  referí en el artículo anterior, y que es rechazada por mucha gente por el falso supuesto de que es ilógica e impropia, se da en frases negativas con el adverbio de negación "no" colocado antes del verbo. Pero si esa frase se invierte, desaparece dicho adverbio y la frase, sin perder su sentido, ya no tiene una doble negación: "No dijo nada"; "Nada dijo"; "No veo nada"; "Nada veo".

CON LA LENGUA EN TV. Me complace invitar a mis amables lectores a ver todos los miércoles el micro "Con la lengua en TV", sección que se trasmite en vivo dentro del programa "Mujeres en todo", por Globovisión, a partir de las 10,3O a.m.

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domingo, 22 de abril de 2012

ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ / SI ÉL NO FUERA ASÍ

En los primeros años de eso que algunos pomposamente llaman “el proceso”, cuando se comentaba lo escatológico del lenguaje de Chávez  solía decirse, para justificarlo, “es que él es así”. Lo decían, más que todo, las mujeres chavistas, como en una noble expresión de instinto maternal.
 “Ser así”, al parecer, es lo que le permite, por ejemplo, llamar “plasta” a una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que iba contra sus personales deseos; decir, en presencia del cuerpo diplomático, encabezado por el Nuncio Apostólico, que la iglesia católica  venezolana  es un cáncer que hay que extirpar cuanto antes; afirmar que un candidato a la presidencia tiene rabo de cochino, trompa de cochino y gruñe como un cochino, y por tanto es un cochino; declarar que el presidente de Estados Unidos es el diablo, y que por donde pasa queda el olor a azufre; denunciar como ladrón y carterista a otro presidente de un país amigo, y, en fin, otras tantas barbaridades más.
O, más allá del lenguaje, asumir actitudes ridículas e infantiles,  como hacer todo tipo de desplantes en actos oficiales, como si se tratase de actividades domésticas o familiares, donde se puede tener  alardes de inmadurez y cometer todo tipo de desafueros y payasadas sin mayores consecuencias.
Parecían ignorar aquellas damas que alguien puede “ser así” en su casa, entre sus familiares y gente más cercana, pero no puede  serlo un jefe de estado y de gobierno, menos aún en actos oficiales y a través de los medios de comunicación, esos que en cuestión de segundos dan la vuelta y divulgan las noticias al mundo entero. Y que existe lo que se llama la  majestad del poder, a la cual los gobernantes, aun los más  verdaderamente revolucionarios, tienen que adaptar su  comportamiento, incluso su lenguaje.
Y le tienta a uno preguntarse qué habría pasado en nuestro país en los últimos trece años si Chávez no “hubiese sido así”, y si se hubiese  dedicado de verdad a gobernar, en lugar de hacer impertinencias y payasadas. Y además, si la caterva de ministros, diputados y demás funcionarios a su servicio fuesen auténticamente revolucionarios, y tuviesen el coraje de “echarle un parao” a su jefe cuando incurre, como  pasa a cada rato, en sus desplantes, impropios de un gobernante, por modesto que  sea el país donde gobierne. Para eso, precisamente, son los ministros, para orientarlo y marcarle el buen camino, y no para servir de complacientes amanuenses y mandaderos del presidente.
Al hacer este tipo de reflexiones nos damos cuenta de la mala  suerte que ha tenido el país, al comprender la amarga historia de las oportunidades perdidas. De ser el gobierno que mayor suma de poder ha tenido en nuestra historia, el de Chávez ha  pasado a ser el peor de todos los tiempos.
sabanaguan@yahoo.com

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