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jueves, 22 de octubre de 2015

JESÚS ALEXIS GONZÁLEZ, MÁS SALARIO O MENOS INFLACIÓN.

En el presente, un “justo aumento general de salarios” por vía de un Decreto Presidencial (en clara intromisión al desenvolvimiento económico) se convierte en una ilusión monetaria (impacto emotivo favorable que  propicia un aumento monetario de salario) que pronto se desvanece ante la feroz erosión impulsada por el nivel de precios a la luz del comportamiento de la producción nacional de bienes y servicios y de  la inflación imperante, que para el caso venezolano se visualiza que la cantidad de bienes y servicios (PIB) decrecerá durante el 2015 y el 2016 y posiblemente en 2017 de mantenerse las características indeseables de la economía actual, en insana complicidad con un escenario inflacionario que puede situarse en más del  160% en 2015 y superar el 200% en 2016 (de seguir la tendencia en 2017 estaremos todos muertos), que sin duda alguna hará pedazos el salario real (salario nominal menos inflación) habida cuenta que el porcentaje de aumento de los salarios es inferior al porcentaje de crecimiento de los precios, con el consecuente efecto sobre la calidad de vida (nivel de ingresos y de comodidades que un grupo familiar posee).

La inflación, en términos sencillos, es un incremento sostenido en el nivel general de precios, es decir que los precios de los bienes y servicios empiezan a crecer en forma simultánea a lo largo del tiempo, induciendo una pérdida en el poder de compra (se compra menos con los ingresos) en razón a que los  precios de los productos crecen a una tasa superior a la de los salarios generando una disminución del poder adquisitivo del dinero; hecho que se agrava cuando se está en presencia de una inflación por presión de la demanda como consecuencia, p.ej. de un aumento general de salarios en momentos cuando se atraviesa por una estanflación entendida como un estancamiento del crecimiento económico con alta inflación (caso Venezuela año 2015); equivalente a un bajo crecimiento de la producción en conjunto con una inflación acelerada integrada a un proceso de recesión (disminución en la producción, empleo y comercio por un periodo de seis meses a un año). Evidentemente, el aumento en la remuneración al trabajo impulsa de inmediato un crecimiento de la demanda (deseo de adquirir más bienes y servicios) que supera la disponibilidad de productos en el mercado perfilándose una escasez (falta de oferta respecto a la demanda del mercado) que propicia un incremento de los precios (legal o ilegalmente), dinamizado igualmente tanto por el desabastecimiento (ausencia de ciertas marcas y determinados productos) como por la elevación del costo de los insumos que irremediablemente se traslada (con o sin aprobación gubernamental) al precio final del producto; sin dejar de mencionar la mal denominada especulación (que se refiere realmente a un pensamiento no fundamentado y formado sin atender a una base real) que en mucho hace alusión o bien a un “abuso en los precios por escasez” (revender a mayor precio ante la carencia de productos), “ el mejor precio es el que se consigue” (por fin encontré lo que buscaba!); o bien una inflación autoconstruida ante la expectativa del aumento de precio los productores anticipan un precio de reposición.
De similar efecto alterador, es tanto la inflación reprimida que se origina cuando los índices de precios no reflejan la realidad ya que el Gobierno establece controles de precios (precios artificialmente bajos), como la inflación encubierta que oculta la realidad con datos manipulados o simplemente no los publican,  como en nuestro país que desde finales del 2014 no cuenta con cifras oficiales (es fácil inferir que en pocos días  el BCV “informará” que la inflación acumulada 2015 es menor a los aumentos de salarios decretados hasta la fecha).
Entre 1999 y 2015, se han decretado en Venezuela ¡30 aumentos salariales! (dos de  30% cada uno en 2015 para un incremento total anual de un 97,33%) aislados de un plan anti-inflacionario (medidas concretas para contener  esa devoradora de salarios) hecho que ha propiciado que después de 15 años el salario apenas permite cubrir cerca del 32% de la canasta alimentaria, o destinar el 51% para adquirir 4 “bolsas solidarias” al mes (detergente, leche, azúcar, aceite, arroz, pasta, harina de maíz, mantequilla, té en polvo, sopa instantánea y pollo) en indiscutible demostración del fracaso de la política salarial adelantada (y de la económica). El tema de la inflación, ha venido siendo abordado desde las consecuencias al margen de sus causas instrumentando perturbadores controles, regulaciones y congelamiento de precios al tiempo de apoyarse (por ahora) en las importaciones para enfrentar la elevación de los precios internos con el consecuente efecto sobre el deterioro del aparato productivo nacional llevando al país a una dramática situación: escasez de divisas y de productos que nos tiene entrampados, pero el Gobierno, con relevante populismo e interés comicial, sigue aumentando nominalmente el salario como una fórmula para intentar apaciguar (temporalmente) el descontento colectivo, en un contexto que deja por fuera a cerca del 60% de la fuerza de trabajo (trabajadores informales y desempleados), con el agravante de adicionalmente poner en peligro la estabilidad de los trabajadores del sector privado (más del 80% de los trabajadores ocupados) ante el posible cierre de actividades en razón de no poder asumir nuevos costos (recuérdese que los precios de venta y los costos de producción están congelados, y que el margen de ganancia es del 30% vs una inflación superior al 150%) ya que las empresas en general muestran baja rentabilidad ( beneficio sobre la inversión) y deficiente productividad (cantidad de producto entre el número de trabajadores empleados).
Como reflexión final, resulta súper obvio afirmar que para el bienestar de la población resulta más conveniente una guerra contra la inflación que aumentos nominales de salario.
Jesús Alexis González   
jagp611@gmail.com    
@jesusalexis2020

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