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domingo, 11 de octubre de 2015

JEAN MANINAT, ¿EPIFANÍA DEMOCRÁTICA?

Los problemas de Venezuela lo deben resolver los venezolanos, solía ser una afirmación de realpolitik latinoamericana, desgranada con el cejo fruncido y el intelecto desbordado por el respeto a la soberanía de los países. En tiempos del galáctico, los mandatarios regionales preferían callar, contemplarse las uñas de las manos, o desembarazarse distraídamente de las burusitas blancas que se pegan como garrapatas a las medias, antes que adelantar una tímida respuesta frente los exabruptos a los que eran sometidos quienes se atrevieran a decir esta boca es mía en la región. El que se mete con nosotros se espina, (o algo parecido) y ¡zas! todos a ver para el techo, no vaya a ser que la agarre conmigo. Sólo Alan García y Álvaro Uribe tuvieron el empaque -desde la presidencia- para no dejarse amedrentar y responder recio cuando interpelados desde Miraflores.

Mercosur, Unasur, Celac, la OEA, preferían esconderse bajo las faldas del respeto a la soberanía de sus miembros, o tras los pantalones de la libre determinación de los pueblos, antes que resistir -así fuera tenuemente- la deriva autoritaria y antidemocrática del régimen venezolano. La Carta Democrática Interamericana descansaba tranquila, sin que nadie la hojeara al menos para sacudirle el polvo. Esos años han sido, sin duda alguna, los más lastimosos y vergonzantes para la democracia regional y sus gobiernos. Los años de la desvergüenza, podría ser el título de un trabajo que relate lo que sucedió, o mejor dicho… lo que dejó de suceder.

Pero por más que los gobiernos se quisieran desentender del tema-unos adrede y otros por complacencia- el caso venezolano siempre terminaba dándole palmaditas por detrás en el hombro, distrayéndoles fastidiosamente de su oficio de no enterarse. En la tristemente célebre reunión de Unasur en Perú, luego de los ajustados -y cuestionados- resultados de las elecciones presidenciales de 2013, los mandatarios se apresuraron -unos con más disgusto interior que otros -a barrer bajo la alfombra el “tema Venezuela” nombrando un grupo de seguimiento que no seguiría nada, y regresando a sus países felicitándose mutuamente por la labor cumplida. Pero tragar sapos no es saludable, y el temita regurgitaría una y otra vez hasta convertirse en la madre de todas las gastritis políticas de la región que es hoy en día.

¿Qué ha cambiado? ¿Tuvieron una epifanía los primeros mandatarios? ¿Los visitó su ángel de la guardia democrático mientras dormían? ¿De allí su súbita, y bienvenida, preocupación por la transparencia electoral en el país? Sucede algo mucho más mundano: Venezuela se ha convertido en un problema político nacional en gran parte de Latinoamérica. Cuando eso sucede, y los problemas externos se incrustan en las agendas políticas nacionales, estallan las alarmas y los líderes empiezan a preocuparse por el efecto que tendrá en su aprobación. Mientras más desaguisados se traman y realizan en Caracas, más cunde el nerviosismo en el vecindario. Brasil declara -vía su embajador en Guyana- que no aceptará conflictos en sus fronteras. Proliferan  los buenos oficios para resolver el brete con Colombia. El cuarto de Tula cogió candela y todos quieren apagarla antes de que se propague y se lo empiecen a cobrar en las encuestas.

El gobierno está en aprietos, sus antiguos valedores en apuros. Nadie quiere retrato en familia con los jefes del socialismo del siglo XXI. No aguantan una raya más, menos venida del exterior. No pueden huir de las preguntas que desenfundan los periodistas con insistencia: ¿Qué piensa de lo que está pasando en Venezuela? ¿Y de las elecciones parlamentarias? ¿Apoya la observación electoral internacional? ¡Dios, cuándo saldremos de este calamar, se dicen para sus adentros!

No, no hay epifanía democrática. Tan solo encuestas y votantes.

Jean Maninat
maninatj@gmail.com
@Jeanmaninat

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