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viernes, 9 de octubre de 2015

EDILIO PEÑA, EDIPO REY EL DETECTIVE METAFÍSICO,

A Leonardo Azparren Giménez, por su magna Antología de clásicos del teatro venezolano

Aunque parezca primitiva y supersticiosa la percepción, la vida de una persona pareciera estar trazada y establecida por encuentros y desencuentros que el ciego azar propicia. Así la voluntad le haga creer lo contrario hasta en el celo de una rigurosa agenda, con la cual pretende preservarse, y su memoria dar testimonios definitivos o equivocados, que después llamará leyenda o historia. La curiosidad afinca su interés cuando la naturaleza del recuerdo hace que lo acontecido aleje a la persona de aquel suceso concentrado en el instante, el cual no habrá de repetirse nunca más; sin importar que una psiquis o futuro obstinado lo garantice con puntual promesa. Porque luego, el lugar donde vivió la experiencia ya no será el mismo y los protagonistas tampoco lo habrán de ser. Incluyendo a esa persona como figura estelar. El tiempo transcurrido habrá derrumbado sus paredes, bebido su aroma hasta arrugar las emociones de aquella frágil naturaleza pasada. La cuántica promete rescatar ese preciado instante; pero aún, esto es una ilusión que ronda en la mente.

Sin embargo, hay quienes piensan que lo que le acontece a una persona es sólo la proyección de aquello que la habita en el fondo, y que por supuesto, ésta ignora o desconoce, hasta tanto no se presente una situación límite donde emerja —desde las profundidades de sí—  la presencia sublime o terrible. Esa cosa irrenunciable que como el ala de un ángel o la garra de un demonio, tiene tomada las entrañas del ser. Aquello que la persona busca fuera de sí como un deseo instintivo e insatisfecho, eso que puede ser su doble o reflejo más exacto y nítido. Ese lactante que se convierte en deseo profundo de prolongarse en el otro, bien para devorarlo o convertirse junto a él en una sola alma, a pesar de que el cuerpo y la propia conciencia se resistan.

En los extremos del encuentro y desencuentro, la persona tiene la sentida convicción de que todo lo que le acontece está bajo el poder de su elección y absoluto control. La ganada ilusión de que la certeza conquistará de cualquier manera su objetivo, lo consuela ante el espectro de la duda. Mas la trama de toda existencia personal es tejida por pulsiones inesperadas del inconsciente —o de algo mucho más oscuro que la psiquis— porque estas pulsiones u oscuridades habrán de desafiar y poner a prueba ese frágil equilibrio que es la conciencia de lo humano. No se es totalmente consciente ante aquello que acontece fuera o dentro del propio ser. El misterio impone un imposible a franquear.

Ante la presencia de una amenaza incierta, existe la pretensión de intervenir a tiempo sobre aquello que se anuncia como inevitable y peligroso. Pero se puede llegar tarde y la esperanza se precipita y cae en picada, como un suicida que ha perdido o ha sido abandonado por la esperanza. Los más exhaustivos análisis químicos, las resonancias magnéticas, o la lente de los más sofisticados microscopios, a veces no logran detectar el monstruo que invade el cuerpo o el espíritu, de manera silente e inaprensible. Así como los últimos avances de la psicología y psiquiatría no logran desentrañar y desterrar la raíz del padecimiento o tormento mental, sucumbiendo impotentes a los recetarios de los fármacos que dopan a los pacientes, sin poderles ofrecer una resolución feliz a su padecimiento existencial.

Sin embargo, resulta curioso que las tragedias no alcanzan a algunos individuos, ni siquiera los perturban, y mucho menos, los desconcentran de la empresa que obsesiona su épica personal, la cual habrán de llevar a feliz término, a pesar de la tragedia que padecen los otros. Sus vidas son como el agua deslizándose por la superficie de un espejo negro. Nada les sucede. Su muerte, cuando acontece, ocurre en el sueño en que fueron felices. Aun cuando no se hayan percatado de que su vida fue un sueño fugaz y nada más. Pero la aciaga sorpresa  puede volcar el privilegio individual de poderosos con suerte. Curiosamente, los personajes del poder totalitario se aferran a la fe adoctrinada -ciega y sorda-, para no derrumbarse en la inevitable desventura que les espera.

Es el caso de la leyenda tebana, inmortalizada en la obra teatral del dramaturgo griego Sófocles: Edipo Rey. El propio corazón de la obra es por demás perturbador. Edipo asesina a su padre sin saberlo; de igual manera, se casa con su madre y procrea hijos con ella. Después, al enterarse de esta infausta realidad, atormentado, vaga en la inútil investigación que lo transforma en el primer detective metafísico, pero al final, cuando no encuentra respuesta ante el destino funesto de sí, decide sacarse los ojos, condenándose a la ceguera eterna. Su madre y esposa, también se ha ahorcado momentos antes. La verdad siempre se presenta desnuda como la muerte.

Pero en el caso de una obra teatral como Edipo Rey, inspirada en una leyenda tebana que tiene múltiples vertientes, el autor desarrolló los encuentros y desencuentros en puntos de inflexión o elipses que arrastran a los personajes a lo insondable y desconocido. Quizá la tragedia comienza con el rey Layo, quien al consultar el Oráculo de Delfos, es advertido de que su futuro hijo y primogénito, habrá de asesinarlo. Entonces, para deshacerse del niño, le encomienda a un pastor matarlo, pero éste no cumple la orden, entregándolo a otro pastor, quien posteriormente ofrece al niño atado duramente de los pies, al rey y a la reina del país vecino, quienes no pueden procrear y no contaban con un heredero que los continuara y trascendiera en el poder y en la sangre. Adolescente, Edipo consulta a su vez al mismo Oráculo de Delfos, después de oír por boca de un borracho, en uno de los banquetes del palacio, que él no es hijo de Pólibo y Mérope. El oráculo le advierte a Edipo que asesinará a su padre, y su alma se estremece. Para no cometer el parricidio anunciado, Edipo huye del país que ahora sabe adoptivo, Corinto, y en el cruce de tres caminos, donde la incandescencia del sol se apuntala, se encuentra con un desconocido, soberbio y poderoso como habrá de llegar a ser él: Layo, su verdadero padre. Entonces, en medio de una estúpida discusión, lo mata. Cumpliéndose así la profecía que el olvido no pudo saldar.

El testigo del crimen, el único sobreviviente de la disputa, vuelve a Tebas y dice que Layo murió a manos de varios asaltantes, y no de un solo hombre. De esta manera esconde su cobardía y apura una dosis más al misterio metafísico que ronda la tragedia. Tebas, en medio de una peste que la diezma, pospone y olvida averiguar el asesinato de Layo, mas cuando el extranjero Edipo llega y descifra el acertijo que la Esfinge del desierto le ha impuesto  a los tebanos, para poder liberarlos  de los males que padecen. Edipo logra descifrar la adivinanza al decir que el animal que al nacer el día gatea, al mediodía camina en dos pies y al ocaso en tres, es el hombre y nadie más. Certeza que le brinda a Edipo el premio de ser coronado como rey de Tebas y casarse con la reina viuda: Yocasta. La que le oculta al principio su parecido irrenunciable con Layo. La que amará a través de su cuerpo, al muerto.

Consolidado el reinado de Edipo, años después, una nueva peste azota a Tebas, y el Oráculo de Delfos, demanda averiguar el crimen de Layo que había quedado sin dilucidar. Edipo se propone hacerlo, pero Tiresias, el ciego que puede ver en la oscuridad, pero no con la perspicacia con la que contó Edipo en el pasado, le advierte que no lo intente porque el hombre que busca es a él mismo. Sin embargo, después de armar la trama de las supuestas casualidades, Edipo persiste y se estrella contra la verdad que lo compromete. Desde entonces, sus ojos no volverán a ver más: ni lo visible ni lo invisible. Perderá el poder, pero también el don de lo que creía ser.

Lo que no llegó a investigar Edipo Rey fue cómo de verdad funcionaba el entramado del Oráculo de Delfos, en nombre del Dios Apolo, encarnado por dos personajes que debieron tener un poder real y por tanto cercano a la manipulación de las biografías de los individuos; estos ciudadanos que cada tanto tiempo consultaban al oráculo. Me refiero a la pitonisa y al sacerdote. La primera, en estado de trance daba la respuesta a la pregunta que hacía el consultante, siendo el sacerdote quien la comunicaba a este último, que esperaba con ansias en las afueras del templo. La respuesta de la pitonisa se emitía a través de un lenguaje críptico e incomprensible, que se producía mientras ésta entraba en trance; luego, el sacerdote traducía y reinterpretaba la respuesta de la pitonisa, a través de un orden lógico y comprensible para el consultante.

Es decir, el sacerdote podía, desde su interés y subjetividad, establecer la propensión al destino que más temía el consultante, o reducirlo a cambio de una compensación; y si éste era un rey o poderoso, podía tramarse un complot de supuestas causalidades, para destronar o hacerse del poder si la ambición ardía. Alguien ambicioso puede llegar a estar detrás de los hechos, como una sombra que no se percibe. Creonte, el hermano de Yocasta ¿formaba parte de una conspiración, como se resiente en algún momento Edipo? 

En casos como éste, la razón se volvía un cómplice perfecto de la metafísica. Pero para ello, el sacerdote tenía que ser un individuo lúcido y despierto, el cual había llegado a la conclusión comprobada de que las creencias religiosas, ideológicas u ontológicas de su tiempo, más allá de los caprichos del azar, tenían una carga de fantasía donde la imaginación colectiva e individual, jugaba un papel determinante en el destino de los seres humanos.

Edilio Peña
edilio2@yahoo.com
@edilio_p

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