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domingo, 24 de agosto de 2014

PEDRO R. GARCÍA, ¿REVOLUCIÓN SOCIALISTA O REVOLUCIÓN DE LA ACEDIA? , PUNTO DE QUIEBRE

 “De la acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales y diccionarios de moral. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez oyeron nombrar la acedia y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista". (Horacio Bojorge S. J).
La envidia insondable de la que ya nos alerto con su hondura metafísica (Santo Tomas, a la que señalo como “envidia o mal de la acedia” y que ha reflexionado en este tiempo el P. Horacio Bojorge), la que tiene que ver con la esencia humana, no es la envidia “a lo que tienen”  los otros sino a “lo que son”, y esta envidia tan honda que alcanza un “nivel casi que espiritual” solo puede surgir de alguien con un nulo nivel de dignidad y conciencia de si mismo, radicalmente incapaz de aceptar sus propios defectos y que apuesta incesantemente a vulnerar las virtudes de los demás dejando al descubierto su ilimitada maldad. Pareciera que la envidia o acedia ha provocado un efecto letal que ha servido de caldo de cultivo para fragilizar aún mas las lógicas políticas imperantes en el país, en un afán de notoriedad esa emulación colectiva de indignidad elevado al púlpito al arrogante, al prepotente, al mediocre, es decir al sujeto afectado del mal moral, quien necesita humillar a los demás, con el fin de exaltarse a si mismo.

Acotación necesaria…
En la celebración del Congreso Internacional sobre el Humanismo Cristiano, en el tercer milenio el cual celebró, en Roma 21-25 de septiembre 2003. Se abordo el mal espiritual de la Civilización actual.  Un intento de diagnostico espiritual inspirado en la doctrina tradicional sistematizada y expuesta por Santo Tomás de Aquino, el teólogo y, S.J. Horacio Bojorge quiso llamar la atención sobre algunos hechos. 1) la percepción y señalación desde diversas disciplinas científicas, de la envidia como mal radical de la cultura y civilización moderna; 2) la conciencia creciente de que la doctrina tradicional acerca de la envidia y de la acedia, recogida y sistematizada por Santo Tomás, permite comprender mejor la naturaleza espiritual de esos males y los caminos para intentar remediarlos; 3) la luz profética que arroja esa doctrina, sobre las investigaciones en curso para interpretar proféticamente sus resultados, 4) la conexión de la envidia reconocida, con la acedia ignorada, que sin embargo es su fuente y origen. Iré señalando en este intento de análisis el grueso de obras y de sustantivos estudios de diversos autores que exploran, desde distintas disciplinas el fenómeno de la envidia en nuestra sociedad y en nuestra cultura, y coinciden en mostrar su presencia, efectos negativos e influjo determinante en el mundo actual. Son dignas de atención, porque en su conjunto y por convergencia, permiten apreciar el valor permanente de la enseñanza de Santo Tomás sobre la envidia, y cómo esa doctrina ilumina la naturaleza de la dolencia espiritual de acedia, raíz de la envidia que reconocen como dolencia de la actual decadente civilización.  También porque confirma la objetividad de lo que se ha venido exponiendo en numerosos, estudios, ensayos y conferencias.
Una referencia a una circunstancia actual: fue el debate de la mención, o no, del cristianismo en el proyecto de Constitución Europea, la cual brindó una ocasión concreta para iluminar, a la luz de la doctrina sobre la acedia.  Este hecho confirma que, como adelanto, Bojorge en: “En mi sed me dieron vinagre”.
Para la inaplazable tarea de forjar un nuevo humanismo en el tercer milenio el terreno no está vacío. 
Las ciencias redescubren la envidia 
Un buen número de investigaciones en el área de lo que los alemanes llaman Geistes-Und Sozialwissenschaften, convergen en observar el hecho de la envidia desde sus respectivas disciplinas. Lo comprueban e interpretan coincidentemente y a veces utilizando los mismos términos: Helmut Schoeck en Sociología, Gonzalo Fernández de la Mora en Ciencia Política, Bernard en Economía, Víctor Frankl y Tony Anatrella en Psicología, tanto profunda como social, René Girard en filosofía de la cultura, y demás.
En 1966 un joven sociólogo conmovió las doctrinas sociopolíticas utopistas, señalando en su obra, La envidia una Teoría de la Sociedad, la función extremadamente dañosa que logra la envidia dentro de la vida social.
Helmut Schoeck, era un pensador conservador cuyo pensamiento influyó radicalmente la acción política europea.  Dio clases en la universidad de Mainz y describió las manifestaciones sociopolíticas de la envidia en estos términos. “La política de aquellos que procuran nivelarlo todo, intentan instaurar, por lo menos poco a poco, tendencialmente, una igualdad utópica”.  Estas utopías que quieren crear una sociedad en la cual ya no haya casi ninguna diferencia entre las personas que estarían dispuestas a pagar cualquier precio, tanto en economía como en las ciencias, cuanto en la capacitación profesional, con tal de alcanzar el ideal de la igualación al que tienden. En estos casos, la Envidia, que se institucionaliza como política niveladora en forma de impuestos diferenciales progresivos, es responsable del agotamiento del potencial de la población y de sus cualidades.
Helmut Schoeck resumió los resultados de sus investigaciones en la tesis: la envidia traducida a política es el comunismo. Él probaba su tesis demostrando el carácter expropiatorio de los impuestos diferencial y severamente progresivos, estos no provenían de la ciencia económica sino de la psicología política.
La penalización de la eficacia tiene una causa de orden ideológico.  Desde el punto de vista de la economía de la nación no tiene sentido alguno.  La igualación creciente produce el decrecimiento de la eficacia para daño de todos.
René ha descrito el deseo mimético como el impulso más profundo del hombre y de los animales.  Este deseo de imitar es indispensable para que el hombre llegue a ser hombre, porque es imitando como aprende a hablar, a caminar, a integrarse a la familia y a la sociedad, a una cultura.  Pero Girard distingue la mimesis de rivalidad o de antagonismo.  El hombre está gobernado por el deseo mimético.  Deseamos algo porque el otro lo desea.  Y de ahí surge el antagonismo, la rivalidad y la videncia.
No es difícil advertir que lo que Girard describe larga y minuciosamente, señalándolo en las más variadas obras literarias, tópicos culturales y religiosos, es lo que tradicionalmente ha llamado “envidia”.
La teoría de René Girard viene sembrando desde hace décadas inquietud y encendidos debates en los medios intelectuales de Francia.  De hecho, si se toma en serio, conduce a una seria revisión del psicoanálisis y de las ideas del estructuralismo y del marxismo, entre otras pone al descubierto el secreto de la violencia latente y escondida en el corazón del hombre de todas las culturas. Sus análisis son una revolucionaria interpretación de la cultura y una especie de metafísica de la envidia.
Y queda así establecido el nexo lógico que conecta la envidia con la acedia y que resulta evidente en los planteos de la doctrina de la Escuela de René Girard. La envidia nace y se nutre de la acedia, el comportamiento interhumano de rivalidad y de envidia, que entre nefastas consecuencias tiene la ya señalada del totalitarismo y del terror igualitarista, y la no menos terrible de ser la fuente de todas las videncias, es consecuencia lógica de una actitud religiosa anterior y más profunda: acedia, tristeza por el bien de los que aman a Dios, tristeza por los mismos que aman al prójimo.
Toda cultura es reflejo de una religión, y toda incultura reflejo y consecuencia de una irreligión. El desorden del afecto ante el bien supremo, va de la mano con el desorden ante el bien del prójimo.
La acedia: el mal de nuestro tiempo, ha habido quienes reconocieron con afinada sensibilidad espiritual, más allá de la envidia entre semejantes, observada y descrita por tantos y desde tan distintas disciplinas del saber actual, que su raíz y su fuente es un mal espiritual, el pecado de Caín.
William J. Bennett, un pensador bien conocido en Norteamérica y buen conocedor de esa sociedad, graduado en derecho en Harvard, y doctor en filosofía por la Universidad de Texas, afirmaba hace ya una década, que la verdadera crisis de su país y de nuestro tiempo “es de naturaleza espiritual y se llama acedia”.
La doctrina tradicional sobre este fenómeno espiritual, sistematizada por Santo Tomás, cobra por eso particular actualidad y es recomendable por su utilidad, tanto para el diagnóstico del mal como para orientar la aplicación de sus posibles remedios.
El Dr. Francisco Canals Vidal, lo afirmaba en una conferencia en 1989, en el Campus Oriente de la P. Universidad Católica de Chile: “Nadie puede conocer la situación del mundo de hoy si no medita estos textos de Santo Tomás”.  Y en la tesis de su  obra, La   Envidia Igualitaria, Barcelona, 1984 puede sintetizarse así: ´´El progreso de una sociedad supone la aceptación por la mayoría de una planificación realizada por una minoría.  La pasión malsana de la envidia, que margina a los mejores y exalta a los mediocres, que demuele las jerarquías de una sociedad (o de una organización cualquiera), se transforma entonces en una fuerza negativa que puede llegar a detener el progreso de esa sociedad o de esa (organización)”. También Fray Armando O.P viendo la actualidad del asunto le ha dedicado un estudio: Los ángeles y el demonio del mediodía, Santa Fe, Centro de Estudios San Jerónimo, 1966.  El Dr. Mauricio Echeverría, afirmaba, en ocasión de hacer una presentación sistemática de la doctrina del Dr. Angélico sobre la acedia: “La acedia y el bien del hombre, en Santo Tomás” “Angelicum de Roma, con ocasión del jubileo de la Universidades; publicada en: Intus-Legere, No.4 (2001). “El antiguo concepto de “acedia” puede resultar esclarecedor para la pregunta sobre el bien del hombre, precisamente en los tiempos que vivimos”. “Si queremos superar los síntomas de la creciente depresión contemporánea, la radiografía de la acedia nos mostrará caminos realmente valiosos para una terapia moral”.
Pero la acedia no afecta solamente a agnósticos y laicistas, también afecta a la Iglesia.  Como lo ha reconocido un observador con nada despreciable autoridad, el Cardenal Arzobispo de Viena, Monseñor Chistoph Schönborn, la acedia “es la crisis más profunda” que nos aqueja hoy de la que no escapa la Iglesia Católica. “La crisis más profunda que hay en la Iglesia consiste en, que nos atrevemos ya a creer en las cosas buenas que el creador obra por medio de quienes le aman.  A esa poca fe intelectual y espiritual, la tradición de los maestros de la vida espiritual la llaman acedia, hastió espiritual, un edema del alma como lo llama Evagrio que sumerge al mundo y a la propia vida en un lúgubre aburrimiento y que priva de todo sabor y esplendor a las cosas”. Un hecho de reciente data viene a confirmar una vez más lo acertado del diagnostico espiritual de nuestro tiempo, como un tiempo aquejado de acedia: casi simultáneamente con la celebración del Congreso Internacional de Humanismo Cristiano en el tercer Milenio, Roma 21-25 sep. 2003. Se agitaba el tema de si se había de mencionar o no el cristianismo en el texto de la futura Constitución Europea. Se comprueba, como lo ha hecho Hosep Miró y Ardévol, presidente de la Convención de Cristianos por Europa, que “reza lo ridículo que el preámbulo haga referencia a la componente helenística y romana y salte directamente a los filósofos de la luz, omitiendo la referencia cristiana sin la cual la ilustración resulta incomprensible. Ignorar como hace el texto, la realidad de la identidad europea, que tiene como uno de sus componentes básicos el cristianismo, constituye una imposición ideológica y expresa la voluntad política de que el laicismo excluyente la única categoría cultural y referencial posible, marginando así el hecho religioso.

¿Hay en el país en quienes lo regentan una manifestación extrema de acedia?

Pedro R. Garcia M.
pgpgarcia5@gmail.com
@pgpgarcia5

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