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sábado, 24 de agosto de 2013

GUSTAVO ROOSEN. POR EL DIÁLOGO EDUCACIÓN-TRABAJO


Cada día aparecen nuevas señales que advierten sobre el estado de contracción del sector productivo venezolano. La de ahora viene desde el ángulo de la capacitación de los jóvenes para incorporarse al empleo y a la producción. No es solamente que el INCES, ahora con la s socialista, ha desviado su función y abandonado sus propósitos iniciales, sino que incluso los esfuerzos del sector privado en este campo pasan por un momento de declinación. 

Así se revela en un reciente informe de la Fundación Educación Industria, Fundei, que reconoce la reducción del número de pasantes y la atribuye, con razón, a la contracción económica, la pérdida de empresas privadas y la menor participación de las instituciones del Estado en los programas impulsados por ella, básicamente pasantías, becas, formación para la inserción profesional, formación para emprendedores, perfeccionamiento profesional.

Desde hace 38 años Fundei viene cumpliendo su propósito de estimular el desarrollo del talento humano, apoyar la formación de los jóvenes y contactarlos con las oportunidades de trabajo. En su función de engranaje entre el mundo académico y el sector empleador, ha sabido expresar la voluntad de más de 1.500 empresas afiliadas y de más de 600 instituciones académicas y organismos de cooperación empeñados en estimular la formación de los jóvenes y su integración al trabajo productivo. La capacitación ha sido vista por todos ellos como la condición para un mejor desempeño en el mundo laboral y, en consecuencia, para la productividad.

Una de las barreras con las que tropieza el necesario diálogo entre educación y trabajo es la falta de pertinencia entre las necesidades reales de la economía y los contendidos y prácticas de la educación. En el origen de esta brecha está, entre otros factores, el distanciamiento entre los responsables de definir políticas públicas, el sector académico y el sector empresarial. Lo mostró también Fundei en su reciente presentación al aludir a la investigación conducida por Mckinsey & Company sobre más de 100 iniciativas en el campo de la relación educación­trabajo en 25 países.

La investigación revela que más del 70% de los empleadores no tiene comunicación con las instituciones educativas a pesar de la brecha existente respecto a las carreras, contenidos, dominio de competencias y destrezas que afectan el rendimiento profesional y las oportunidades de inserción laboral. Revela también que la mitad de los jóvenes no están seguros de si la educación que reciben realmente les está aumentando posibilidades de conseguir empleo; que más de un tercio de las instituciones educativas no pueden estimar la tasa de empleo que van a tener sus egresados; que más del 25% de los graduados no consigue empleo en la disciplina estudiada y debe emplearse en otras áreas; que para cerca de 40% de los empleadores la falta de competencias y destrezas es la principal razón que les impide llenar las vacantes disponibles para recién graduados.

Vincular productivamente el sector empleador con el educativo sigue siendo una labor imprescindible. De allí la conveniencia de apostar por el fortalecimiento y renovación de las instituciones dedicadas a este fin. El país necesita de estas iniciativas y de estos esfuerzos, minimizados desde el poder por una visión excluyente que aspira a la hegemonía en todos los espacios, que ve enemigos en todo lo que no puede controlar. La acción del sector privado en este terreno, impulsada por su sentido de responsabilidad y su voluntad de hacer, no releva al Estado de su obligación. Sigue siendo una de las más necesarias inversiones, más aún en esta Venezuela de hoy con casi ocho millones de jóvenes entre 15 y 29 años escasamente atendidos por las políticas de educación y empleo; en esta economía en la que se ha producido en los últimos años una caída del 36% del parque industrial, con la pérdida consecuente de más de 300 mil puestos de trabajo.

Estimular los esfuerzos para recuperar la economía y abrir oportunidades al empleo productivo pasa también por ampliar el diálogo escuela-empresa, educación-trabajo

nesoor@cantv.net

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martes, 2 de julio de 2013

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, LA VERDADERA FRAGMENTACIÓN.

Desde hace tiempo, se viene describiendo que vivimos en sociedades divididas, que se han fragmentado y que esos enfrentamientos entre individuos hacen cada vez más difícil la convivencia ciudadana.


Muchos sociólogos y analistas describen, con bastante detalle, lo que implica esta división y la dificultad profunda que conlleva al impedir una integración genuina entre ciudadanos.

En general, cuando llega el momento de expresar las razones que explican esas divergencias entre distintos grupos de la sociedad, algunos se inclinan por intentar esclarecer la cuestión refiriéndose a la división en términos de las diferencias de clases, socio económicas y de sectores sociales.

Desde esa perspectiva, se muestra la brecha económica que separa a unos de otros, y que tiene que ver con su pertenencia a un determinado sector social, en función de aspectos de índole patrimonial. Así las cosas de un lado están los que disponen de recursos, y del otro, los que no lo tienen.

Ciertos especialistas hablan del acceso a la educación. Bajo ese paradigma, de un lado quedan los ignorantes, que no tienen conocimientos y no pudieron tener instrucción formal, y del otro, los mas instruidos, preparados académicamente y que pudieron formarse en instituciones importantes,  tal el caso de los universitarios, esos que lograron continuar sus estudios para alcanzar los máximos estándares deseables.

No faltan tampoco quienes prefieren explicitar esa división, argumentando que la misma pasa por cuestiones meramente ideológicas, de preferencia política y hasta partidaria. Esgrimen que unos optan por los conductores demagogos y otros por los expertos e idóneos para brindar soluciones.

Es probable que cada una de estas aproximaciones a la realidad, sean lo suficientemente ciertas y tengan algún soporte argumental sólido e interesante, pero resulta igualmente apasionante, incursionar por un aspecto poco abordado y que tal vez valga la pena brindar mayor atención.

Existen en la sociedad contemporánea, dos tipos de ciudadanos que pueden encontrar sus fronteras en aspectos económicos o educativos, pero fundamentalmente se identifican desde aspectos morales más relevantes.

Por un lado están aquellos que contribuyen con la sociedad aportándole valor, los que realmente producen generando proyectos e ideas, los que siendo creativos contribuyen con soluciones concretas y los que reflexionan mostrando nuevas aristas, los que prestan servicios a los que los necesitan y los que fabrican productos, en fin los que suman, los que trabajan y se esmeran haciéndose merecedores del resultado del fruto de su esfuerzo.

En las antípodas, se encuentra un grupo cada vez más numeroso, de personas que creen que pueden vivir a expensas del esfuerzo de otros. Ellos defienden sus derechos, los multiplican, asociando todo con lo material. Es que cada derecho que les parece razonable ejercer, implica que alguien tendrá que esforzarse más para solventar los gastos que permite concretar esos supuestos derechos.

Se trata de un conjunto de ciudadanos, que aun que trabajen, dicen precisar más recursos para satisfacer sus necesidades, esas que consideran justas, pero que al generar recursos que resultan insuficientes, suponen que otros, los que producen, tienen la obligación de brindárselos.

Al no conseguir que esto ocurra de modo espontáneo, van por el poder y acceden al gobierno, para desde allí obligar a los que producen a someterse a sus designios y aportar coercitivamente lo que ellos requieren.

Estos saqueadores, como los describía Ayn Rand, pretenden utilizar el monopolio de la fuerza del Estado, para quitar a los que generan recursos una parte de su sacrificio personal. Los que producen merecen moralmente gozar del beneficio que se deriva de su empeño, y regocijarse con la virtud de haber alineado sus resultados con sus méritos.

Mucha gente vive con dignidad, disfrutando de lo que han conseguido con esfuerzo, sin reclamarle que el resto de la comunidad sea saqueada y confiscada para satisfacer sus ambiciones personales no logradas.

Se trata de una división conceptual, de orden moral, que poco tiene que ver con el acceso a la educación o la pertenencia a determinados sectores sociales o económicos.

De hecho muchos individuos que disponen de riquezas económicas, las han conseguido en base a privilegios otorgados por los gobiernos, a influencias, concesiones o al favor político del poderoso de turno, y no en base a sus propios merecimientos como generadores de recursos.

La sociedad del presente está claramente dividida, pero es probable que esta descripción que muestra de un lado a los parásitos saqueadores y del otro a los que generan riqueza, sea la menos explicitada.

Es, seguramente, la diferencia más difícil de superar, porque dejar de lado esta distancia ya no depende de brindar más educación formal o achicar la brecha entre ingresos, sino a una aceptación moral de reglas de juego que ponen las cosas en su lugar, premiando a los que más se esfuerzan y no a los que solo han elegido el camino de abusar del mérito ajeno.

Existen muchas formas de ver la división de la sociedad en este presente, pero tal vez esta que pone de un lado a los saqueadores y del otro a los que generan recursos sea la más compleja y verdadera fragmentación.

albertomedinamendez@gmail.com

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