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domingo, 6 de enero de 2013

FEDERICO BOCCANERA, POST-CHAVISMO Y POST-OPOSICIÓN: UN NUEVO COMIENZO

Después de los eventos electorales de 2012, el chavismo de máscara democrática se consolida; pero a la vez perderá a su máximo líder, insustituible y de imagen intransferible, por lo cual su hegemonía quedará en jaque. 
Si quisiera conservarla, deberá abrirse a un nuevo tipo de relación con toda la sociedad, incluyendo la opositora desde luego, pues no hay otro camino, al menos dentro de esta democracia imperfecta; la cual, irónicamente, ha sido la única legitimadora de este proceso mal llamado revolucionario.
El chavismo en lo inmediato podrá conservar el poder en el 2013, incluso sin mayor esfuerzo y gracias a las debilidades de la oposición; pero se le podría complicar de un momento a otro, mantener estabilidad, gobernabilidad y gobernanza multinivel para los tiempos por venir, porque, de presentarse una crisis de sostenibilidad del modelo rentista, deberá tomar medidas que de alguna forma afectarán al reparto, de hecho el gran gurú económico del régimen, el Ministro de Economía y Finanzas, Jorge Giordani, ya anunció en el pasado mes de noviembre -en declaraciones que no levantaron mayor revuelo en un país solo pendiente de la enfermedad presidencial y de la campaña electoral- que “los servicios hay que pagarlos, porque aquí el gratis se acabó, y el regalado se tiene que acabar…”
Eso faltaría más, no significará el fin del estado populista-paternalista por un lado y clientelar-proteccionista por el otro, pero si una moderación sensible en su ritmo de gasto y endeudamiento, el cual no podrá seguir como en años anteriores y menos aun después de haber demolido gran parte de la capacidad productiva del país, ahuyentado las inversiones, debilitado el potencial de PDVSA, y agotadas también las oportunidades de acceder a más préstamos como el conseguido con China, al quedar también seriamente comprometidas, las posibles garantías.
Además, frente a sólidas perspectivas regionales de incremento sostenido de la producción petrolera por parte de países como EE.UU. y Brasil e incluso Colombia, no hace falta ser ningún experto en la materia para concluir que Venezuela deberá rectificar el rumbo emprendido en los últimos años, sino quiere ir al encuentro de inmensas dificultades en todos los órdenes, con una economía que es de las menos competitivas de la región por productividad, inflación, sobrevaluación, desinversión, contracción de la capacidad instalada, calificación de la mano de obra, persecución fiscal, burocratismo, corrupción, e informalidad de la población económicamente activa.
Factores todos actuantes al mismo tiempo desde hace años y destinados a agravarse, especialmente de proseguir la hostilidad del sector público hacia el aparato productivo privado.
Para hacer frente a dificultades crecientes que no pueden subestimarse en cuanto a su magnitud y el tiempo que tardarán en manifestarse, un chavismo sin Chávez en el poder, deberá enfrentar y superar las múltiples fragmentaciones que lo amenazan, incluso más que el vacío de liderazgo (y carisma) que inevitablemente dejará el comandante tras su eventual deceso.
La apropiación personal y suprainstitucional que Chávez hizo del rentismo, y la consecuente gestión bonapartista del reparto, fue lo que hizo posible llegar a ese discurso de “Con hambre y sin empleo con Chávez me resteo…”, a pesar de que repetidas promesas como aquella de las 3R (revisión, rectificación y reimpulso de la Revolución Bolivariana) quedaran una y otra vez incumplidas, y se reciclaran, con igual insistencia, hasta llegar a la promesa postrera de “Eficiencia política y calidad revolucionaria o la noche…” de la campaña de 2012.
Este vacío de liderazgo personalista, será imposible de reemplazar, lo cual no es poco… Pero lo de la fragmentación interna, también será una cuestión compleja y de difícil resolución.
Porque el chavismo políticamente, es un archipiélago de bajísima coherencia y altísima propensión a la agresividad intraespecífica, un engendro atemorizante que sólo Chávez con esa capacidad de arbitraje ya descrita más arriba al aludir al bonapartismo, pudo mantener bajo control.
Al mismo tiempo, el estado chavista también se encuentra fragmentado/dividido, al haber sido colonizado y sometido cada uno de sus compartimientos por voluntad hegemónica del mismo Chávez, el cual terminó creando grupos de gestión particular y exclusiva al frente de cada poder público, devenidos todos a su vez en parcelas subsidiarias del poder central, en donde se enquistó una intensa y extensa “clientelización”.
Así que tanto el movimiento político chavista como el estado chavista, entidades y estamentos que se alimentan y realimentan en relación mutuamente dependiente, corren el riesgo de disgregarse al faltar el aglutinante representado por el liderazgo mesiánico e irremplazable del Presidente-Comandante.
A su vez, una oposición debilitada al extremo y en gran parte carente de perspectiva, sin proyecto político real que la pueda reconducir a reconquistar el poder a corto plazo, deberá plantearse una tarea impostergable para los próximos años, la cual deberá pasar por sustentar la gobernabilidad y promover una unidad verosímil -incluso propiciando un gran acuerdo nacional- si desea sinceramente mantener las condiciones mínimas para emprender con garantías de continuidad, el trabajo político indispensable sin el cual nunca podrá volver a erigirse como modelo alternativo.
De hecho, una caída definitiva del régimen chavista por colapso institucional, administrativo, económico, o una combinación, implicaría la llegada de la solución pendular por estado de necesidad, y por lo tanto la muy probable interrupción de las garantías constitucionales en el plano político, algo que no puede convenir a ninguna organización política sensata, sea del lado que sea, porque además, tanto la modalidad como la duración en el tiempo de la suspensión del juego democrático, incluso la animada por las mejores intenciones de transición y restitución, podría volverse impredecible en muchos aspectos, sobre todo si no logra restituir la paz ciudadana con eficacia incontrastable y en tiempos plausiblemente cortos.
La única forma como la oposición podrá capitalizar en forma afianzable, los descontentos que la sociedad acumule, es retomando el trabajo político sistemático que abandonó hace décadas.  Hoy en día en cualquier protesta, la presencia de los políticos es rechazada y con razón, pues se interpreta como un aprovechamiento indebido, abusivo, de la misma, de hecho rige el estigma de la “politización” porque se confunde con oportunismo, esto es inevitable pues sólo acompañando al pueblo en su lucha cotidiana, en forma sistemática, se podrá lograr que la politización de las manifestaciones vuelva a tolerarse, además porque si el trabajo político se hace adecuadamente, serán líderes realmente involucrados con la comunidad, los que convoquen y dirijan el descontento. Volver a comprender la importancia de esto, es crucial para el trabajo de reconexión con las masas. Se requiere la política paciente, microsegmentada y producto del enjambre de los actores políticos y sociales, en la comprensión de que se trata de una relación interdependiente de interlocución e interacción cotidiana.
Y la única forma de poder reconectar con la gente, será con trabajo en la base popular y para ello se deberá asumir el reto de ir al activismo político en el mismo terreno conquistado por el chavismo, de allí la importancia del trabajo en las comunas para poner un ejemplo de actualidad. Justamente porque las comunas podrían resultar ese híbrido entre lo político y social que serviría de medio, de caldo de cultivo, para que prospere el amalgamamiento político social imprescindible para recuperar el espacio político, y lograr la adhesión necesaria para la superación del espejismo democrático del régimen chavista.
El trabajo en las comunas a su vez podría resultar insuperable para calibrar nuevas maquinarias de activismo, cuadros y dirigentes, y representar una ocasión inmejorable para formular, por primera vez en años, una política verdaderamente diferenciada del chavismo, al incorporar visiones y propuestas de base realmente auténticas. Por lo tanto la alternativa popular, verdaderamente popular, capaz de descollar sobre lo establecido, sólo podrá aflorar desde la base, mientras no se reconstruya una economía menos dependiente del estado, menos rentista y por lo tanto, menos sumisa en sus ofertas al recetario populista.
Porque el chavismo aún en el caso negado (por ahora) de ser desalojado del poder, no podrá ser desplazado como alternativa, mientras la actual relación estado-nación no cambie; de hecho, si eso no llega a ocurrir, al chavismo en las actuales circunstancias sólo lo podría sustituir algún movimiento análogo y equivalente, como en cierta forma el mismo chavismo fue un sucedáneo del bipartidismo puntofijista de la mal llamada “cuarta república”, y esto es así porque en los hechos, el chavismo jamás sustituyó el estado rentista creado en las postrimerías del gomecismo, y que alcanzó su esplendor y decadencia en los 40 años desde 1958 hasta 1998.
Este chavismo nunca fue revolucionario, porque nunca pretendió la sustitución del estado anterior (no hubo desmantelamiento burgués alguno, más bien se crearon nuevos estratos burgueses), en efecto lo único que hizo fue revalidarlo, pero exacerbando la impronta improductiva incluso parasitaria del reparto, en otras palabras, los vicios característicos de la práctica que tanto se condenó, desechando incluso las virtudes mínimas de lo que ha debido ser un verdadero modelo de transformación socio-política y económica del país, que se plantease desde la descentralización, pasando por el antimilitarismo, y un genuino antiimperialismo, hasta la creación de un parque industrial propio.
Pero nada parecido se hizo, y con el chavismo se llegó a un extremo, un extremo patológico de reparto infecundo, que es tan distorsionante y esterilizante, que hasta podría llevar a comprometer la calidad de la permeabilidad social obtenida por sus programas sociales (extensión, validez y sustentabilidad de la inclusión).
La clave de la sostenibilidad de la sociedad venezolana en el largo plazo, estará en mantener la movilidad social sin que ésta siga dependiendo tan directamente del estado central aún en la escala local; pero esta tarea no podrá lograrse de la noche a la mañana, por lo tanto, quedan años de mucho trabajo por delante, lo importante y esto considero necesario repetirlo, es evitar la desestabilización que podría llevar a situaciones indeseables como las que vivió Colombia con el fenómeno de las guerrillas, el narcotráfico (y su convergencia estratégica) o la que se vive en el norte de México con el fenómeno del “estado fallido”… y en Venezuela, el único garante de gobernabilidad/estabilidad en los tiempos por venir, seguirá siendo la unidad de las fuerzas armadas, por lo tanto, para evitar una militarización aún más profunda y preocupante del poder, y eventualmente devolver el mismo a los cauces institucionales perdidos, en los próximos años habrá que ir a un gran acuerdo o alianza nacional de todos los factores de poder, pero sobre todo con partidos y movimientos políticos debidamente renovados, tanto de un lado como del otro.
No hay otra…
twitter: @FBoccanera


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domingo, 5 de agosto de 2012

FERNANDO MIRES – EL DISCURSO DE CAPRILES

La candidatura de Henrique Capriles Radonski ha logrado unificar dos dimensiones que en la historia reciente de Venezuela estaban separadas. Una es la lucha por las libertades democráticas. Otra, la lucha por la justicia social. Esa es la razón por la cual la de HCR no sólo es una candidatura. Además, es –o ha llegado a ser- un movimiento nacional, político y social a la vez. 
No toda candidatura posee esa doble dimensión. Si analizamos elecciones recientes en América Latina, veremos que las que dieron como vencedoras a Dilma Rousseff y a Cristina Fernández corresponden con una fuerte demanda social iniciada durante los gobiernos de Lula y Kirchner respectivamente. La elección que llevó a José Mujica al gobierno uruguayo fue también más social que política pues las libertades democráticas estaban, antes de la elección, plenamente garantizadas. La elección que dio triunfador a Humala en la segunda vuelta fue, en cambio, más política que social puesto que para los partidos que lo apoyaron se trataba de evitar lo que ellos consideraban un “mal peor” (retorno del fujimorismo). A su vez, la elección que dio como vencedor al PRI de Peña Nieto, corresponde más bien al modelo clásico mediante el cual diversas opciones compiten entre sí, sin que ninguna logre perfilar una dirección muy distinta a las demás.En fin, en pocas elecciones la dimensión política y la social han estado tan unidas como en la candidatura del HCR. Esa es quizás una de las razones que explican por qué Capriles ya es considerado, y no por pocos, como probable vencedor en las elecciones que tendrán lugar el 7-O. Estamos sin dudas frente a un nuevo fenómeno político.
Para entender el nuevo fenómeno político hay que tomar en cuenta que en todas las elecciones habidas durante su mandato, Chávez, elevado a la categoría de campeón de la justicia social, pudo imponerse sobre una oposición que si bien ha logrado erigirse como defensora de las libertades políticas, no estaba todavía en condiciones de representar los intereses de los sectores sociales más desposeídos.
Chávez, eximio populista, ayudado por la evidente desvinculación entre “lo social” y “lo político” que caracterizó a la democracia pre-chavista, logró crear la imagen simbólica, todavía arraigada, de una oposición “burguesa y oligárquica” opuesta a los intereses del pueblo, frente a la cual, él, supremo justiciero, se erige como histórico vengador.
No importaba que gran parte del contingente chavista no proviniera de ninguna izquierda social, sino de grupos de aventureros sin pasado político, fragmentos adecos y masistas y, no por último, de los más oscuros cuarteles. No importaba tampoco que en la oposición se encontraran destacados luchadores sociales, partidos socialdemócratas, dirigentes obreros y hasta antiguos guerrilleros. Mediante su demagogia, más el uso de dádivas, misiones y concejos comunales, Chávez logró estatizar a diversas organizaciones sociales, dando forma a un sistema corporativo que le permitió aparecer, en el interior y en el exterior de la nación, como líder revolucionario de un pueblo políticamente organizado. De esa falsa imagen ha vivido hasta ahora el chavismo.
Fue así que Capriles, entre otros, entendió que Chávez no podía ser más enfrentado oponiendo el principio de libertad al de necesidad. Así también lo entendieron los electores de las primarias al elegir a Capriles como su abanderado. Capriles, siguiendo ese mandato, decidió desafiar a Chávez en los que se creía eran sus reductos inexpugnables: las aldeas y pueblos: allí donde viven los pobres, los abandonados, los humillados y los ofendidos.
Falta de hospitales, de escuelas, de caminos, de agua, casas de cartones, inseguridad, predios abandonados, ausencia de ayuda estatal, solo una que otra misión donde son repartidos regalos en épocas electorales a cambio de llevar una franela roja. En fin, la revolución social de Chávez nunca había tenido lugar.
De todos los escándalos que ha vivido la Venezuela chavista quizás no hay ninguno más grande que el de la revolución. Porque ni siquiera en términos antimperiales ha realizado Chávez una revolución. Al contrario, Venezuela –víctima del deterioro del aparato productivo- ha llegado a ser uno de los países más dependientes de las importaciones norteamericanas de todo el continente. De las exportaciones, ni hablar. La independencia económica no sólo no ha tenido lugar sino, además, ha sido fortalecida, y todo eso, a costa de los productores y trabajadores venezolanos. Ese hecho, el escándalo de una revolución que nunca fue, ha sido denunciado sistemáticamente en el discurso político de Capriles.
Analizando videos de las masivas manifestaciones que se desatan en todos los lugares donde aparece Capriles, es posible advertir que su discurso emerge de un encuentro entre el candidato y la realidad que lo circunda. Es por eso que, en primer lugar, el de Capriles es un discurso descriptivo. Eso quiere decir que no es un discurso ideológico. En ninguna de sus intervenciones vamos a encontrar frases dedicadas al capitalismo, al comunismo, a la izquierda o a la derecha, al bien o al mal.
Capriles no habla de cambiar el orden económico mundial, ni de salvar al planeta, ni de guerras en contra del imperio. Pero sí de construcción de caminos y puentes, de escuelas y hospitales, en fin, de los temas de la vida cotidiana. Y la gente así lo entiende y así lo siente. En cierto sentido podríamos decir que Capriles está contribuyendo a des-ideologizar el idioma político venezolano. ¿Será esa una de las razones por las cuales sus enemigos dicen que es un mal orador? Sobre ese punto vale la pena detenerse un instante.
Antes que nada debe ser aclarado qué es lo que se entiende por oratoria política. Se trata de algo muy simple: La oratoria política consiste en decir las palabras precisas, en el momento preciso y en el lugar preciso. Luego, el orador político debe ser antes que nada un expositor. Y Capriles lo es. Ahora, desde ese punto de vista, y a diferencia de lo que muchos creen, Chávez es un pésimo orador político. Chávez –eso es muy diferente- es un excelente predicador. Es por esa razón que, cuando Chávez habla, su oratoria adquiere el carácter de una prédica evangélica.
Chávez grita, gesticula, ríe y hace reír, llora y hace llorar a los suyos. Sus fieles son transportados a una suerte de catarsis en esas misas profanas en que convierte cada una de sus apariciones públicas. En ese sentido Chávez apela al inconsciente religioso e incluso mágico de su pueblo. Su mensaje, por lo mismo, no es político. Es, en gran medida, anti-político. No así el de Capriles. Pues la política vive de los problemas concretos de la polis, aunque esa polis no sea más que un poblado perdido entre los montes.
Decir las palabras precisas en el momento y en el lugar preciso requiere de un arte que no domina Chávez: el de la brevedad. Capriles, por su lado, sin aspavientos, ha sabido marcar con frases muy breves su trayectoria electoral. “Yo no vengo aquí a quedarme para siempre”; “Mi gobierno tendrá plazo de vencimiento”; “El proyecto que lidero no es contra nadie, es a favor de todos ustedes”; “Con los recursos que tiene Venezuela es imperdonable que haya ciudadanos que padecen hambre”. Cada una de esas frases impregna la mente ciudadana de un modo mucho más profundo que un discurso de tres horas, chistes viejos, canciones y bailoteos incluido.
Hay, además, otro punto que debe ser remarcado en la sintaxis política de Capriles. En cada  lugar que visita no sólo él hace uso de la palabra. La “sociedad” a través de sus representantes también habla con Capriles y al hablar se articula consigo misma. Capriles hace entonces lo que Chávez nunca ha sabido hacer: escucha. Luego, sobre la base de lo escuchado, Capriles interviene y expone. Su discurso entonces no surge de una simple subjetividad narcisista. Es una respuesta “al otro”. O dicho así: El discurso de Capriles -a diferencias de el de Chávez que es monológico- es dialógico. De este modo la política recupera una de las características sin la cual nunca habría nacido: la dialogicidad, única posibilidad del humano para ser lo que bajo el imperio del monólogo es imposible: un sujeto de sí mismo a través del espejo de los otros.
Que el discurso de Capriles sea dialógico no excluye por cierto el antagonismo con el adversario. Antagonismo que al ser político no recurre al lenguaje de la guerra el que a través de insultos innombrables maneja a la perfección Chávez. “Yo no vengo a pelear aquí con nadie”- dice Capriles. Pero sí, interpela directamente a Chávez. Por ejemplo, cuando comenzó su campaña se refería sólo a “este gobierno”. Mas, poco a poco Capriles ha personalizado sus ataques. Ahora habla de “el otro candidato”, o de “el candidato del gobierno”; y más aún: de “el candidato del pasado”.  A veces, sin mencionar a Chávez, lo descoloca por completo. “Yo quiero ser el presidente de todos los venezolanos, incluyendo a los rojos”. O cuando refiriéndose a la gloriosa frase: “quien no es chavista no es venezolano” responde de modo fulminante: “No es el presidente quien decide quien es venezolano. Son los venezolanos quienes deciden quien es el presidente”. O también cuando denuncia sin nombrarlas, las subvenciones de Chávez al corrupto régimen cubano: “Venezuela no regalará una gota de petróleo más a nadie”. Frases cortas, directas, muy claras. En breve: frases políticas
No deja de llamar la atención que Capriles, el candidato de la derecha según Chávez, recurre a temas que tradicionalmente han sido patrimonio de las izquierdas socialistas. En cambio, los de Chávez son más bien propios a las más rancias derechas del continente. Así, mientras Capriles habla del progreso, Chávez habla del pasado. Mientras Capriles habla al  pueblo multicolor, Chávez se enreda en una racista discusión en torno al rostro de Bolívar. Mientras Capriles habla de la modernización económica, Chávez habla de las glorias militares de la nación. ¿Serán esas las razones por las cuales las marchas populares de Capriles han despertado tanto entusiasmo?
La palabra “entusiasmo” significaba para los griegos antiguos “llevar a un dios dentro de sí”. Traducido al lenguaje moderno, entusiasmo significa transportar el principio de la vida, principio representado en lo nuevo, en lo que aparece y no en lo que perece. Eso no tiene nada que ver con el cuerpo –enfermo o sano- de Chávez. Tiene que ver sí, con un espíritu que ya no es de este tiempo, con un pasado que no volverá, con una ideología que ya está muerta. Capriles, en cambio, ha llegado a convertirse en el significante personificado de un vasto movimiento social y político el que, mientras más se articula consigo mismo, más desarticula al discurso adversario.
Para decirlo todo en una sola frase: Venezuela se encuentra al borde de un nuevo comienzo.
fernando.mires@uni-oldenburg.de

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