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jueves, 27 de noviembre de 2014

VLADIMIRO MUJICA, CONTROLES CASTRANTES

VLADIMIRO MUJICA
La conclusión de tanta ignominia es inescapable. Estamos en el medio de una monstruosa operación de controlar todo sin resolver nada de lo que realmente trastorna la vida de los venezolanos. Controles castrantes que asesinan el esfuerzo creativo de la nación y que crean la ficción de que el gobierno actúa para resolver males cuya solución requiere de acciones de fomento y creación y no de más alcabalas.

Nos acercamos a la posición de dudoso prestigio de ser simultáneamente una las sociedades más disfuncionales y más controladas del planeta.

Venezuela tiene una larga tradición de contar con instrumentos legales y procedimientos administrativos sumamente complejos. Una enervante costumbre que posiblemente heredamos de España y que se traduce, entre otras cosas, en una cultura de apego al papeleo y a la burocracia pomposa e inútil. La copia, de la copia, de la copia, es requisito normal en muchos trámites públicos que podrían resolverse de modo mucho más expedito. A esto hay que añadirle una tendencia a modificar de manera permanente y a veces compulsiva los instrumentos legales, desde la Constitución hasta las ordenanzas municipales, pasando por las leyes orgánicas y reglamentaciones.

Mientras que una democracia razonablemente funcional como la norteamericana ha tenido una sola Constitución desde la declaración de independencia de los Estados Unidos, Venezuela ha tenido innumerables cartas magnas que en muchos casos responden no a la necesidad de modernizar el contrato social de afiliación de los ciudadanos a un conjunto de leyes y normas, sino al capricho de los gobernantes de turno. Por otro lado, nuestras leyes tienden a ser exhaustivas e intentan prever todos los casos que se puedan presentar, con el resultado de que termina por armarse una cadena inagotable y de difícil aplicación de la regla, de la regla, de la regla.

Como en muchos otros casos, la pseudorevolución chavista ha transformado una mala costumbre en un vicio nacional. Toda la cháchara sobre el gobierno electrónico que en algún momento formó parte de la propaganda oficialista ha terminado por evaporarse frente a una terca realidad de burocracia profundamente anclada en los procesos públicos. El gobierno ha llegado al extremo de inventar reglas ad hoc para intentar modificar y falsear una realidad caótica que pretende presentarse como un paraíso en la tierra. Detrás de cada nuevo control impuesto por el gobierno se encuentra un error monumental de gestión pública. Peor aún, los controles terminan por ser ejercicios de castración de la actividad económica, social e intelectual de la población y estímulos abiertos para la corrupción.

Uno de los mejores ejemplos de lo que decimos es el control de cambio. Presuntamente destinado a impedir la fuga de divisas, en realidad se ha transformado en un gran caldo de cultivo de la corrupción. Alguna gente cínica diría que no hay virtud humana que soporte la tentación de hacer negocios cabalgando sobre una diferencia cambiaria de más del 1000% entre el dólar oficial y el dólar negro. Los enchufados y sus amigotes con acceso a dólares preferenciales han hecho fortunas enormes en tiempo record, pero al jubilado, o al turista, que requiere unos pocos dólares se les exige un mamotreto de papeleo. La verdad es que el control de cambio no controla lo que pretende controlar y constituye una afrenta a la gente y un sumidero horrendo de recursos.

Pocas cosas están tan reguladas en Venezuela como el porte de armas. En teoría es casi imposible para un ciudadano normal, no enchufado, obtener un permiso legal para la adquisición y posesión de armas. En la práctica, hay millones de armas ilegales en la calle, en manos de los bandidos y sus cómplices. Una situación directamente correlacionada con el hecho de que más de 20.000 venezolanos mueren al año en situaciones violentas que no son esclarecidas en un pavoroso porcentaje. Nuevamente, un control severo que no controla nada y que las autoridades manejan con un cinismo alucinante acompañado de medidas improbables como el supuesto desarme de la población.

Se controla el precio de alimentos que no existen, de bienes desaparecidos, de medicinas imposibles de obtener. Se cierra la frontera con Colombia en las noches para impedirle el paso a las sardinitas, mientras el verdadero negocio del contrabando, manejado por los peces gordos, cabalga en la diferencia abismal entre la economía colombiana, razonablemente estable, y la disfuncional y errática economía venezolana. El pobremente trabajado concepto de precio justo, que pretende desconocer las reglas básicas de la economía, es usado como criterio para emascular la ya semidestruida actividad económica de la nación.

Quizás valdría la pena preguntarle a los jerarcas del gobierno y de Pdvsa cuál sería el precio justo del petróleo venezolano si el mismo se calculara a partir de lo que cuesta producir un barril de crudo. Nos encontraríamos con que los países productores de petróleo, incluida Venezuela, venden este producto a precios tres o cuatro veces superiores a los costos combinados de exploración y producción, lo cual los calificaría indudablemente como especuladores.

Ahora nos enteramos de que se pretende ponerle un precio justo a la enseñanza universitaria basado en una supuesta estructura de costos de las instituciones de educación superior. Este exabrupto, mezcla de ignorancia y mala fe, desconoce que el tema del costo de la educación superior incluye intangibles como el conocimiento de los docentes, como lo señaló recientemente el rector de la Universidad Metropolitana, Benjamín Scharifker, además del costo de la investigación sobre la que se soporta la docencia. Esa vez se trata de aplicar controles para regular el libre pensamiento.

La conclusión de tanta ignominia es inescapable. Estamos en el medio de una monstruosa operación de controlar todo sin resolver nada de lo que realmente trastorna la vida de los venezolanos. Controles castrantes que asesinan el esfuerzo creativo de la nación y que crean la ficción de que el gobierno actúa para resolver males cuya solución requiere de acciones de fomento y creación y no de más alcabalas.

Nos acercamos a la posición de dudoso prestigio de ser simultáneamente una las sociedades más disfuncionales y más controladas del planeta.

Vladimiro Mujica
vladimiromujica@gmail.com
vmujica@asu.edu
@VladimiroMujica

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miércoles, 26 de marzo de 2014

ADOLFO R. TAYLHARDAT, IGNOMINIA

Fue grotescamente ignominioso, vergonzoso, indigno, el espectáculo que presenciamos el viernes pasado por televisión cuando, valiéndose de bellaquerías  de procedimiento y del bozal de la petrochequera, se impidió a María Corina Machado intervenir en la sesión del Consejo Permanente de la OEA.

Durante mi larga experiencia como representante de Venezuela en organismos y conferencias internacionales nunca vi nada ni remotamente parecido. Ni siquiera en los tiempos de la descolonización, cuando líderes políticos y personalidades de las colonias acudían a las Naciones Unidas como peticionarios a denunciar los abusos y atropellos de las autoridades coloniales. Ninguna potencia  colonial intentó impedir que un peticionario hablara y dijera todo lo que tenía que informar a la comunidad internacional. Incluso durante el oprobioso régimen del apartheid el gobierno racista de Sudáfrica nunca osó callar la voz de las víctimas del odioso régimen racista.
El régimen del ilegitimo no solamente impone censura, compra medios para neutralizarlos, cierra emisoras de radio y televisión para tratar de esconder la verdad, intenta privar a Maria Corina de su fuero parlamentario, sino que sus tentáculos han llegado hasta la OEA para silenciarla cuando, gracias a la hidalguía del gobierno de Panamá que le facilitó su silla en el Consejo Permanente acudió a exponer ante los Estados Miembros, la comunidad latinoamericana y la opinión pública mundial la verdadera cara de la terrible situación que vivimos los venezolanos, los atropellos, los asesinatos, las desapariciones, las violaciones, la manipulación de la justicia penal, los excesos de la fuerza pública, las persecuciones y detenciones de jóvenes estudiantes que luego de aprehendidos son sometidos tratamientos vejatorios, degradantes y humillantes.
Da asco ver cómo gobiernos que en el pasado sufrieron los rigores de la dictadura, hoy día se presentan como aliados del dictador criollo tan cruel, o más, que los que tuvieron que padecer ellos mismos. También resulta odioso ver cómo los gobiernos miembros de esa falacia que denominan Alba se comportan como reptiles y se postran para halagar a su benefactor.
A esto hay que agregar la indignante actitud del Secretario General de la Organización quien, para estar bien con Dios y con el diablo, asume actitudes y emite opiniones que evidencian su estulticia.
Afortunadamente todavía quedan gobiernos que conservan integridad, mantienen su autonomía y no se dejan manipular. De los 33 Estados Miembros once se opusieron al pedido de que la sesión del Consejo Permanente fuera privada, es decir, a puertas cerradas, sin la presencia de periodistas o de personas ajenas. El voto emitido por esos once países dignifica a sus gobiernos.
Sin que ello signifique desconocer el valor del voto de los once países que se opusieron a que la sesión del Consejo fuera de carácter privado, especial reconocimiento merecen los votos de Guatemala y de Paraguay, dos pequeños países que han colocado los principios, la defensa de los derechos humanos, la lealtad a la democracia, la probidad y la rectitud por encima de cualquier interés material, crematístico o comercial.
También hay que destacar la actitud noble y honorable del gobierno de Panamá que no solo le facilitó a María Corina su puesto en el Consejo de la OEA sino que para protegerla de las tropelías judiciales del ilegitimo la ha nombrado Representante Alterna ante la OEA con todos los privilegios e inmunidades inherentes al cargo. 
A todas estas, durante la sesión del Consejo, Chávezton, prácticamente echado como un pachá en el asiento de segunda fila, en una actitud de regodeo, como la de un cabrero que tiene amaestrada su tropa y sabe que ninguna de sus pécoras se atreverá a salirse del rebaño, esperaba confiado el resultado de la votación sobre la desventurada propuesta de Nicaragua. Este es el “anillo de protección” (¿cortina de hierro?) que según Chávezton, creó el difunto führer alrededor de Venezuela. Claro, la petrochequera sirve para eso y mucho más.
Pero como no hay mal que por bien no venga, La torpeza de amordazar a María Corina, ha hecho que al régimen le saliera “el tiro saliera por la culata”. Impedir que expusiera  el “caso Venezuela” ante la instancia multilateral regional ha potenciado la  curiosidad y el interés de la opinión pública mundial. Los medios se preguntan por qué se pretende ocultar los hechos y engañar a los gobiernos y a sus pueblos presentando una versión falsa, amañada, tergiversada, de la verdad.
La semana próxima llegará la misión de UNASUR que nos ofrecerá una repetición de la bufonada que dos veces consecutivas fue escenificada en Washington.
La única esperanza que queda es que Estados Unidos efectivamente aplique a los boliburgueses corruptos  las sanciones severas que ha anunciado y exponga al escarnio público a todos los enchufados que se han enriquecido o se benefician por haber vendido el alma a este régimen putrefacto.
Adolfo R. Taylhardat
adolfotaylhardat@gmail.com
@taylhardat

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lunes, 18 de abril de 2011

LA COARTADA FASCISTA. ALBERTO MEDINA MENDEZ (DESDE ARGENTINA)

Existen visiones, lugares comunes, frases hechas, que a fuerza de ser repetidas hasta el cansancio, pretenden convertirse en verdad. Una de ellas, muy arraigada en ciertos sectores de la sociedad, es aquella vieja idea de que nos va mal porque somos un país inculto, sin formación suficiente, con muchos analfabetos y gente con limitaciones intelectuales.

En ese arsenal de justificaciones, ciertos elementos de la sociedad, creen encontrar la explicación del porque de tantas desventuras, de la secuencia de innumerables caudillos populistas y demagogos en el poder.

A poco de hurgar en esta construcción argumental se desvanece casi toda su estructura. Sus cimientos caen por su propio peso y el esqueleto queda sin sostén razonable.

Muchas sociedades incivilizadas han salido adelante a fuerza de su pujanza, de su actitud, de su coraje y determinación. Sin ir más lejos, esta república pudo construir una país vigoroso, potente, con visión de futuro y proyecto, en medio de indicadores de pobreza magistrales y un analfabetismo que superaba lo imaginable, en tiempos en que el sistema escolar era para unos pocos. No fue impedimento para soñar en grande y convertirnos en una de las primeras democracias del mundo, con sus flaquezas, con sus defectos, pero claramente marcando un camino del que nunca debimos apartarnos.

La contracara de esto fueron otras naciones mucho más civilizadas, donde reinó el descalabro, la prepotencia y el autoritarismo como regla. Muchas masacres y atrocidades se concretaron en el marco de sociedades muy cultas, y más educadas que las nuestras.

Por otro lado, la libertad no tiene que ver con la educación. Aquello de educar al soberano fue el puntapié que dio paso a un sistema que se ha perfeccionado con el paso de las décadas y que solo ha logrado adoctrinar a varias generaciones, incorporando sesgadamente una visión de la realidad, cerrándole la puerta a la diversidad, y generando el discurso hegemónico de cada etapa histórica. El poderoso de turno, ha tenido la oportunidad de manipular contenidos, contar una historia repleta de simplificaciones, validar visiones parciales del presente y acomodar todo a su arbitrio.

Si a eso llamamos educación, si eso es lo que pretendemos fomentar y creemos que de ese modo tendremos ciudadanos con sentido crítico, con capacidad de elegir, de tener una mirada personal, estamos recorriendo el sendero equivocado.

La libertad es parte esencial de la humanidad, tiene que ver con la especie. No es un favor otorgado por un gobierno y mucho menos la consecuencia de una mayor formación, instrucción o entrenamiento. Y esto, está lejos de ser una apología del analfabetismo o de la ignorancia. Muy por el contrario, se trata de jerarquizar la libertad como valor. Los individuos somos eso, personas, capaces de tomar decisiones por sí mismas, y nuestra mayor información, conocimientos y cultura son deseables, pero de ningún modo un requisito para la libertad.

Los hombres aprendemos a decidir por nosotros mismos. Lo hacemos a base de prueba y error, de tropezar y levantarnos. La educación formal, la instrucción no ahorra demasiado camino y mucho menos garantiza decisiones acertadas. Sobran pruebas de ello.

Las sociedades más hostiles del mundo actual, las más beligerantes, las que se han llenado de soberbia, son aquellas donde el conocimiento abunda. No siempre estar informado garantiza tener el criterio adecuado. Tampoco lo contrario, habrá que decirlo claramente.

El conocimiento no nos hace mejores, ni siquiera más libres. Solo nos brinda más herramientas. El arte, la inteligencia está en saber utilizarlas y no en tenerlas disponibles. El resto tiene que ver con la formación en valores, con la integridad personal, con los patrones morales que rigen nuestro accionar cotidiano.

Por eso, seguir alimentando esta falacia autoritaria, esta quimera fascista, que sostiene que debemos educar a la sociedad, esconde la dictatorial intención de dominar contenidos en el sistema escolar estatal, para adoctrinar y enseñar lo que se les place, con los dineros de todos.

El esquema es casi perfecto para los que tienen el timón del sistema educativo. Ellos cuentan con los recursos que todos aportamos, y deciden que ideologías se enseñan y cuáles se ignoran deliberadamente. La idea que sostienen es que los alumnos aprendan lo que ellos pretenden.

Todo esto en el marco de un sistema educativo que nunca se discute, extremadamente defendido en lo estructural, solo cuestionado en sus matices. Es tiempo de replantearnos todo, con autocritica, con humildad, asumiendo que pudimos habernos equivocado de buena fe, para dejar de seguir siendo funcionales a los déspotas de siempre.

Tal vez debamos preguntarnos si realmente queremos un sistema de adoctrinamiento como el que han creado generaciones de visionarios opresores, quienes alineados en diferentes ideologías, compartieron el sueño común de amaestrar a las sociedades que gobernaban a su tiempo.

Cuidado con esta creencia sumamente aplaudida que dice que sin educación no podemos concebir una democracia, que los pueblos ignorantes no merecen libertad, que las sociedades sin criterio deben replantearse su sistema político por algún tiempo. Ese fue el salvoconducto para los regímenes autoritarios que más secuelas dejaron en nuestras sociedades. Las heridas de aquellos errores no parecen cicatrizar nunca y nosotros seguimos insistiendo con fórmulas que ya fracasaron.


La libertad no está en discusión. Es parte esencial de la especie humana. No aceptemos tan mansamente que para ser libres hay que ser educados. No necesitamos un déspota que nos adoctrine. Precisamos ejercitar más la libertad, equivocarnos para aprender de nuestros errores. Y mucho menos aceptemos con tanta pasividad que sigan engordando un sistema educativo nefasto, plagado de intereses corporativos que solo nos sigue embretando, y perfecciona su mirada autoritaria día a día para darle la coartada perfecta al fascismo.

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