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sábado, 5 de octubre de 2013

TRINO MÁRQUEZ, ENTRE MERENTES Y GIORDANI

Nicolás Maduro fue desbordado por la crisis económica. No sabe dónde ubicarse entre el pragmatismo de Nelson Merentes y el fanatismo de ese personaje melancólico, pero nefasto, al que sus propios partidarios llaman el “Monje Loco”, Jorge Giordani, quien, para desgracia del país, resurgió de las cenizas para volver a jugar un papel protagónico en la conducción de la economía nacional. Tendría que ser declarado el enemigo público número 1.


En medio de su inmenso desconcierto frente a la situación económica que lo desborda, Maduro, asesorado por los cubanos, ideó la tesis de la “guerra económica”, con la cual pretende “explicar” la escalada inflacionaria, los cortes intempestivos y prolongados de luz, el desabastecimiento y escasez de productos básicos y medicinas, la insuficiencia de divisas y la abismal brecha existente entre el dólar oficial y el paralelo. La paranoia engendrada por  una visión conspirativa de la historia, armó la respuesta ante la confusión y el desconcierto provocados por la caída de la producción petrolera y la estabilización de los precios del petróleo alrededor de los cien dólares el barril. Con el viejo ardid de vender el sofá, Maduro y su camarilla busca evitar que se sepa que desde hace quince años la economía marcha por muy mal camino. Al negar, o en el mejor de los casos tratar de ocultar, lo que la realidad se encarga de mostrar todos los días, los herederos procuran encubrir el fracaso total del socialismo del siglo XXI, máximo legado del comandante fallecido. El delirio paranoide alcanza tales niveles que consideran un delito informar sobre el desabastecimiento.
Lo mismo ensayaron los comunistas soviéticos y los de Europa oriental, solo que con otro método un poco más sofisticado. Diseñaron planes quinquenales que luego de evaluados demostraban su éxito glamoroso. Durante el período del plan todas las metas se habían logrado y, algo más extraordinario, sobrepasado. 
Sin embargo, la gente después de cinco años estaba igual o peor que antes: sin comida, viviendas, calefacción, hospitales, agua, autopistas y trasporte público. Cada aniversario de la revolución servía para exaltar al Estado socialista, al partido del pueblo y al líder visionario. Al final toda la farsa  se vino abajo. El socialismo colapsó porque era insostenible. No fueron el capitalismo imperialista, ni la derecha apátrida quienes lo pulverizaron, sino su incapacidad intrínseca la causa de su eclipse. A pesar de adulterar la historia y encubrir los hechos, la realidad se impuso. 
La gente con sus propias manos derrumbó el Muro de Berlín y tomó pacíficamente la Plaza Roja, símbolos de la grandilocuencia comunista. Los aparatos comunicacionales y represivos montados por esos Estados totalitarios no pudieron impedir que el descontento se desbordara. El engaño y el miedo funcionaron durante un tiempo, luego no fueron capaces de contener la marea. La corrupción, la ineficacia e indolencia de esa burocracia corrompida, fueron barridas por la movilización de la gente. Los comunistas les habían declarado la guerra a los pueblos que sometían. La gente se hartó de ese dominio y los expulsó del poder.
         Aquí en Venezuela ocurre algo similar. Los comunistas, en su versión del siglo XXI, declararon la guerra económica hace casi tres lustros. El ataque ha sido por aire, mar y tierra: han arremetido contra la propiedad privada industrial y agrícola mediante confiscaciones y expropiaciones; sometieron a las instituciones económicas del Estado, especialmente a una básica: el BCV; desarrollaron una legislación opresiva que desestimula la inversión privada  y concentra el poder en manos del Estado (una de las últimas monstruosidades fue la aplicación de la Ley del Trabajo) ; redoblaron los controles (de precio, de cambio, de distribución de alimentos); fortalecieron el carácter punitivo de organismos oficiales, entre ellos el SENIAT y el Indepabis; acabaron con la meritocracia de los bancos y empresas públicas -las tradicionales y las recientemente nacionalizadas- poniéndolas en manos de comisarios políticos del PSUV y del gobierno, quienes las han destruido y saqueado (lo que queda de PDVSA es un despojo y las empresas de Guayana fueron arruinadas). No existe arma letal de las utilizadas por los antiguos comunistas del siglo XX a la que sus pares venezolanos no hayan recurrido.
La ofensiva comunista, liderada por Giordani, contra la economía nacional dinamitó el aparato productivo, contrajo la capacidad de producir bienes y servicios internamente, hizo al país más dependiente de las exportaciones petroleras y más vulnerable de los vaivenes del crudo en los mercados internacionales. Si Maduro no sale de Giordani,  lo arrastrará a él y al país al abismo.
@trinomarquezc

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martes, 25 de junio de 2013

FERNANDO OCHOA ANTICH, MADURO VS SANTOS

La política exterior venezolana, en la mal llamada “Revolución  Bolivariana”, estuvo siempre al servicio del proyecto personal de Hugo Chávez: transformarse en el nuevo líder latinoamericano de ese proceso radical de izquierda que fue incapaz de expandir la revolución militarmente, en la década de los sesenta, bajo la conducción de Fidel Castro, al tener que aceptar las limitaciones que le impuso la Unión Soviética después del repliegue de Nikita Kruschev en su intento de establecer bases misilísticas en Cuba. Esa política nunca consideró los intereses nacionales… 

Esta verdad, en el caso de Colombia, tiene características de suma gravedad que no es fácil de valorar en la actualidad, pero que puede tener delicadas consecuencias en el futuro.
         
Las relaciones entre los dos países han sido siempre muy complejas, pero en los últimos años de los gobiernos democráticos se logró un interesante equilibrio que le permitió a Venezuela avanzar en la consolidación de su fundamental objetivo estratégico: garantizar nuestra soberanía sobre el golfo de Venezuela. Este avance se inició después del delicado fracaso que tuvo el gobierno del presidente Barco y su canciller Londoño al ordenar a la corbeta Caldas penetrar en aguas territoriales venezolanas y mantenerse allí hasta nueva orden. La eficiente operación militar y la decisión política del presidente Lusinchi de ir a la guerra obligó al gobierno colombiano a retirar dicha corbeta y aceptar que Venezuela no iría jamás a una negociación de asuntos vitales con presencia de terceros.
         
Este avance se consolidó con la firma por los presidentes Barco y Pérez del Acta de San Pedro Alejandrino, el 6 de marzo de 1990,  en la cual se establecieron la bilateralidad y la globalidad como principios básicos de las negociaciones entre los dos países, se definieron los asuntos prioritarios en las relaciones bilaterales y se crearon las Comisión Presidencial Negociadora y la Comisión de Asuntos Fronterizos. La firma de este acuerdo entre Colombia y Venezuela significó un importante triunfo de nuestra diplomacia  ya que al aceptarse los principios de la bilateralidad y la globalidad se consolidaba la posición venezolana y se dejaba a un lado la permanente amenaza colombiana de llevar esta discusión a la Corte Internacional de Justicia  de la Haya.
         
La estrategia aplicada por Venezuela se basaba en lograr un importante fortalecimiento en todos los aspectos de las relaciones entre los dos países, con el fin de transformar la delimitación de las areas marinas y submarinas en un aspecto secundario para Colombia ante los otros intereses, entre ellos los económicos, que se crearían a través de un importante proceso de integración. Lamentablemente, la aventurera política internacional diseñada e implementada durante el gobierno de Hugo Chávez y ahora continuada por Nicolás Maduro, ha sometido a las relaciones con Colombia a tan grandes tensiones políticas y económicas que han destruido el esfuerzo de integración que se había logrado en los últimos años de los gobiernos democráticos.
         
El reciente enfrentamiento entre Nicolás Maduro y Juan Manuel Santos no es fácil de entender. Comienza con la audiencia del presidente Santos a Henrique Capriles. Las destempladas declaraciones de Nicolás Maduro transformaron una visita sin mayor trascendencia en un escándalo que ocupó la primera página de importantes diarios internacionales y nacionales.  No contento con ese absurdo, el ministro Miguel Rodríguez Torres denunció que fueron arrestados un grupo de paramilitares, “con un plan orquestado en Colombia para asesinar a Nicolás Maduro y desestabilizar su gobierno”. Lo más curioso fue el armamento presentado: una escopeta de 12, un AK47 y dos granadas. Un atentado a un jefe de Estado exige un armamento y un apoyo tecnológico altamente sofisticado.
         
El colmo de los colmos, fue la acusación de José Vicente Rangel: “venezolanos de la oposición firmaron un contrato de compra de 18 aviones de guerra  que serán llevados próximamente a una base militar de Estados Unidos en Colombia”, llegando a dar hasta las coordenadas de la base militar. Es tan absurda la acusación que pareciera un problema de edad de José Vicente Rangel, pero casi de inmediato fue invitado  a formar parte del  Consejo de Estado, convocado por Nicolás Maduro para recibir recomendaciones ante  la crisis con Colombia. Lo preocupante de todo este escándalo es la inmensa ridiculez de las acusaciones. Pienso que sólo busca hacer olvidar la ilegitimidad  del gobierno de Nicolás Maduro y la inmensa crisis interna que vive Venezuela…

fochoaantich@gmail.com
@FochoaAntich

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