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martes, 26 de agosto de 2014

CARLOS E. AGUILERA A., VALORES DE UNA VERDADERA DEMOCRACIA

En una verdadera democracia, el Jefe de Estado está obligado a garantizar la estabilidad institucional, además de proteger los derechos y libertades de los ciudadanos, a quienes debe su cargo institucional.

El Jefe de Estado de un país debe trabajar afanosamente para que la lucha política no deteriore las instituciones democráticas y por tanto, para que no se legisle en contra de la separación de poderes, de la estricta independencia judicial o de los derechos de cada ciudadano a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad ante la ley. La persona que ejerce la Jefatura de un Estado debe garantizar el pluralismo democrático, como única alternativa viable institucionalmente para que, actuando con independencia política, las diversas fuentes del poder sean minimizadas ante posibles alteraciones de la institucionalidad.

Las funciones de un Jefe de Estado son importantes, porque sencillamente es la esencia misma en una sociedad civilizada, y solo se consigue extensa y abiertamente, cuando las instituciones respetan los derechos individuales, por encima del poder político, por cuanto son “derechos inmanentes a la naturaleza del hombre libre” y, por tanto, inalienables por el poder político y previos a cualquier Constitución, lo cual significa que un Jefe de Estado debe velar siempre por la protección efectiva de los derechos civiles de todos y cada uno de los ciudadanos y exigir que exista estricta sujeción a la Constitución y funcionamiento de todas las instituciones. Ello significa que por ser uno de los pilares centrales que sostiene la Constitución, el Jefe de Estado tiene la responsabilidad máxima y debe evitar que degeneren las instituciones en contra de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Parecen olvidar quienes detentan el poder desde hace 15 años, que la democracia es un sistema de gobierno en el que los ciudadanos tienen los siguientes derechos y libertades: a) elecciones libres y competitivas b) Libertad de expresión y de organización política. C) Libertad de prensa y de cultos. D) Un poder legislativo atenido a defender el orden social. Con la violación de la propia Constitución o “La bicha”, como la calificó indignamente el extinto Chávez, estamos en presencia de un sistema de gobierno que contradice las justas aspiraciones de la mayoría del pueblo venezolano y los hechos – por nombrar solo algunos – saltan a la vista como la censura a los medios de comunicación y a sus protagonistas los hacedores de la noticia, a quienes se les expone al escarnio público, además de responsabilizarles por todo cuanto supuestamente afecta a la tan mentada revolución socialista del siglo XXI . A ello se suma la utilización de la fuerza militar, para reprimir a quienes protestan contra la políticas (¿) del régimen.

Olvidan también  estos socialistas de nuevo cuño, que existe una particularidad del sujeto sapiente que se adentra en el conocimiento del mundo que le rodea y de su propia vida, que se refleja en la realidad circundante del entorno social. Es evidente el afán que tienen por aprobar una nueva Ley con la que desaparecería el Colegio Nacional de Periodistas, la cual permitiría el libre ejercicio de nuestra noble profesión – la más hermosa como diría el fallecido Premio Nobel, el Gabo García Márquez -, a personas sin la más mínima formación académica, a las que ya vemos en las televisoras públicas asumir más el papel de inquisidor que de periodista. Obviamente desconocen que la objetividad e interacción fluye a través de la actividad práctica del periodismo que orienta, forma, intercambia vivencias, conocimientos, emociones, pensamientos y que la labor de comunicar es conceptuada como el hecho social omnipresente y permanente, actividad que la asume al informar, el periodista, quien revestido de ética maneja la información y opinión exponiéndose a riesgos, malas interpretaciones y falsos compromisos.

Como periodistas profesionales concebimos la encrucijada que se nos presenta, cuando en el alto gobierno se tornan irascibles, por el solo hecho de dar a conocer a la opinión pública, hechos reñidos con la conducta que deben mantener quienes prestan sus servicios en las distintas dependencias, empresas, instituciones del estado y de las Fuerzas Armadas, los cuales suceden a menudo en los últimos tiempos, y que la sociedad en una democracia está obligada a conocer, pues se aplica no sólo a la información u opinión que tiene acogida favorable, sino también a las que ofenden y escandalizan.

Molesta acaso, que los medios de comunicación por su propia naturaleza y función de mantener informada al colectivo nacional, publiquen informaciones que ponen en entredicho la capacidad, operatividad y competencia en el manejo del poder. Pretenden silenciar hechos como el del presupuesto nacional aprobado para el 2014, el cual ascendía a más de 552 mil millones de bolívares, pero que entre enero y agosto la Asamblea Nacional aprobó 197 créditos adicionales, por una cifra mayor a los 280 mil millones de bolívares, tal como lo denunció el diputado  Elías Matta; que los bonos de la República y de Pdvsa mostraron una fuerte caída en los mercados internacionales, luego de una semana en la que el valor de los títulos descendió de manera inusual hasta seis puntos en promedio ante las expectativas negativas de los inversionistas por la ausencia de toma de decisiones económicas del gobierno; que el Frente de Víctimas contra la Represión y el Foro Penal Venezolano en Carabobo, denuncien que varios de sus integrantes, así como detenidos en agosto son blanco de persecución, intimidación y abuso sexual; que el ministro para la Alimentación, Hebert García Plaza, informe que fueron detenidos 15 trabajadores de la red Mercados de Alimentos (Mercal), por su presunta participación en el delito de desvío de alimentos, especialmente de carne; que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, denuncie la detención de un ciudadano por supuestamente “incitar al odio”, a través de la cuenta en Twitter @Anonymuswar, o que, finalmente, Nicolás Maduro reitere su ataque contra la oposición acusándoles de estar incitando al pueblo para que se “arreche” y salga a la calle. ¿Esto último, acaso no es una instigación a la violencia?. ¡La salsa que es buena para el pavo, también  es bueno para la pava!

No podemos imaginar a nuestro pueblo sin una actitud reflexiva, y sin la libertad individual, uno de los pilares esenciales de toda sociedad democrática, la cual basa su progreso amparada en los pilares que la fundamentan, entre otros, la libertad de expresión, que es silenciada muchas veces con el sonido de las balas, atentados, secuestros y todo abuso de poder con los que se pretende acallar la voz y la pluma de periodistas anhelantes de grandes ideales, en el marco de la objetividad, información veraz y oportuna y el respeto a la moral e integridad de las personas.

Carlos E. Aguilera A.,
careduagui@yahoo.com
@_toquedediana
Miembro fundador del Colegio Nacional de Periodistas (CNP-122)

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martes, 25 de junio de 2013

FERNANDO MIRES - ESTAMBUL Y RÍO, O EL MALESTAR EN LA DEMOCRACIA

¿En qué se parecen Estambul y Río? 
Aparentemente en nada. Pero si pensamos un momento, en mucho. En nada, porque Estambul es la sede de una cultura islámica cuyo partido gobernante es confesional. 
PROTESAS POR MAS DEMOCRACIA
Ciudad que alberga a dos culturas aparentemente antagónicas, una pre-moderna, marcada por la religión y otra post-moderna, marcada por el influjo cercano de Occidente. Río, en cambio, es libertino, tropical, insolente, bullanguero, futbolero, carnavalero, pendenciero, peligroso y erótico. ¿Y por qué entonces cada vez que miro en la televisión a esos jóvenes que llenan las calles y plazas no sé de pronto distinguir cual ciudad es una y cual la otra? La razón es evidente: los jóvenes peleando en contra de la policía son iguales en todas partes. No hay nada más homogéneo que la juventud en estado de rebelión. Ahí se les ve siempre, indignados, con sus pancartas ingeniosas, sus jeans y sus móviles (celulares), en pleno goce infantil apedreando y arrancando de los camiones lanza-gases. Sí; Estambul y Río se parecen cada día más entre sí.
PROTESTA EN ESTAMBUL 
Ambas son, por de pronto, capitales de dos naciones que habiendo sido agrarias han experimentado un fabuloso desarrollo demográfico y económico, pasando de la sociedad industrial a la sociedad digital a un ritmo más que vertiginoso. Ambas, por lo mismo, rigen como "modelos" de desarrollo para los expertos occidentales. Una, para la pobre Latinoamérica; la otra, para la aún más pobre región islámica. Y no por último, tanto en Brasil como en Turquía han tenido lugar procesos de democratización post-dictatorial a través de elecciones libres, limpias y secretas.
PROTESTA EN RIO DE JANEIRO
¿Por qué no hubo ni en la Turquía militar ni en el Brasil militar demostraciones semejantes? La respuesta es simple, estimado Watson: la gente no es tonta. 
La gente protesta no sólo cuando debe sino cuando puede. Porque casi nadie sale a la calle cuando existe la posibilidad de ser atravesado por alguna bala. Por supuesto, la protesta democrática encierra peligros. Pero también requiere de ciertas seguridades. Razón que explica por qué casi siempre las grandes protestas sociales nunca tienen lugar en contra de fuertes dictaduras sino cuando esas dictaduras ya se han vuelto débiles. O en democracia.
De modo que hay una paradoja: las democracias son más afectas a protestas populares que las no-democracias. Y, lo más importante, las protestas populares en naciones democráticas no se dirigen en contra de la democracia. Por el contrario, sus actores exigen más democracia, más participación, o simplemente, ser más tomados en cuenta por los respectivos gobiernos.
En Turquía por ejemplo, la rebelión cuyo inocente detonante fue un motivo ecológico (el parque Gezi) se transformó en una protesta que exige la ampliación de las libertades públicas, una separación más radical entre laicismo y religión, más derechos para las mujeres, es decir, una plegaria colectiva para llevar a la nación a un nivel europeo más allá de la bruta economía. En Brasil, en cambio, la rebelión cuyo detonante fue aún más inocente (el aumento de los pasajes de la locomoción colectiva), se manifiesta en contra del exceso de corrupción, en contra de los gastos faraónicos del Estado, por más justicia social, e incluso por más “respeto”. La semejanza, por lo tanto, es algo sutil.
Tanto en Estambul como en Río tienen lugar protestas que expresan un cierto malestar en la democracia pero no con, y mucho menos, en contra de la democracia. Dichas rebeliones pueden llevar en algunas ocasiones a un cambio de gobierno, pero nunca a un cambio de sistema político. Contra la democracia solo luchan fascistas y comunistas. Y ni los jóvenes turcos ni los brasileños lo son.
El "malestar en la democracia", como se puede observar, es un término deducido del clásico de Freud, "El Malestar en la Cultura", libro en el cual el genio psicoanalítico quería revelar como vivir en cultura implica limitar pulsiones que sólo pueden ser liberadas en la vida salvaje (o en la primera infancia). Ahora, del mismo modo que la cultura, la democracia es limitante y en algunos casos restrictiva. La política, cuya forma pre-democrática está signada por la violencia, ha de ser sometida al interior de una democracia a límites, y el juego político regulado por instituciones. Eso quiere decir que del mismo modo como los neuróticos y los sicóticos protestan a su modo en contra de la cultura establecida, las multitudes en las calles lo hacen cuando las instituciones más que liberarlos los coartan o cuando los gobiernos sólo se representan a sí mismos.
Naturalmente, el malestar en la democracia tiene en Turquía un carácter más cultural que social mientras en Brasil tiene un carácter más social que cultural. Pero aparte del orden de los factores, lo que tiene lugar en ambos países es la expresión de -reitero- un profundo malestar en, pero no en contra de la democracia.
Por lo demás, alguna vez tendremos que coincidir en que los conflictos callejeros, sean culturales o sociales, son constitutivos a todo orden democrático. Una nación sin conflictos, o padece bajo dominación dictatorial o expresa la más profunda desintegración social y política. En cierto modo los observadores internacionales deberían alegrarse en vez de alarmarse frente a las manifestaciones que hoy tienen lugar en Estambul y Turquía.
Por lo demás el fenómeno no es nuevo. ¿Se acuerdan ustedes de los violentos estallidos sociales y raciales en la ciudad de Los Ángeles, hace justo veinte años? ¿Se acuerdan de las cruentos estampidos sociales y raciales en los barrios de París, el 2007? ¿Se acuerdan de las sangrientas rebeliones de las turbas inglesas de Tottenham, el 2012? Incluso el gobierno alemán, que ya ha encontrado un motivo para vetar el ingreso de Turquía en la EU, no se acuerda que sólo hace tres años, autos y locales comerciales de Berlín eran destruidos todos los primeros de mayo por hordas juveniles mientras el barrio turco de Kreuzberg era sitiado por policías militarizados. ¿Y ya nadie se acuerda de los estudiantes chilenos del 2011, cuando en medio de la tan pregonada prosperidad económica se apoderaron, y no siempre de modo pacífico, de las grises calles de Santiago? Evidentemente, tanto políticos como analistas padecen de mala memoria.
Estambul y Río hoy. Mañana serán otras las capitales. El deseo, en todo caso, será el mismo. El deseo de ser más de lo que se es frente al poder, toma de pronto forma pública, alertándonos a todos de que la historia no se acaba en la post-modernidad, de que la armonía viene del conflicto, de que el orden viene del caos y de que la democracia viene de la barbarie.
Fernando Mires
fernando.mires@uni-oldenburg.de

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lunes, 22 de octubre de 2012

NANCY ARELLANO, “DEMOCRACIA REAL”

Mucha gente habla de la democracia como si fuese su hija o su madre; como si le conocieran desde hace mucho tiempo y estuvieran seguros de cómo es, cómo habla, qué piensa. ¿Será la hija pródiga que dilapida sin razón?
La democracia hay que comprenderla como un proceso constante ; un ejercicio diario que, como dice el sociólogo chileno Fernando Mires, “debe estar internalizada en las almas ciudadanas”. La democracia, más allá del simple concepto de “Poder del Pueblo” es una forma de vida, de convivencia.  No puede darse un concepto realmente satisfactorio de lo que es porque en sí misma es lo que se llama un concepto “multívoco” (con diversos matices, no tiene un significado único e inequívoco); pero algo hay que tener bien claro, la democracia de cada país –por aquello de la soberanía y autodeterminación de los pueblos- si bien es distinta, tiene una base clara y definida: La Constitución.
Luego de la cantidad de atropellos históricos que en nombre de la democracia se dieran cita –desde el nacimiento del Estado-Nación hacia el s. XVI- se ha logrado un avance importante, y nada despreciable, en el llamado “Constitucionalismo Democrático”.  Esta corriente surge post segunda guerra mundial y establece un orden claro: la autoridad nacional –sea un sistema parlamentario o presidencialista como el nuestro- está sometida a los límites de la Constitución. Y no se trata de un capricho, se trata de garantizar una protección efectiva del ciudadano frente a la autoridad y de que ningún poder “elegido” es superior al poder del propio pueblo que es poder “pactado”; el real soberano que delega su soberanía –no en el gobierno- sino en la Constitución que luego “da poder” al Estado, que “opera” a través del gobierno para dar vida activa a la nación.
Pero no basta con que exista un “texto” llamado Constitución; para que las constituciones democráticas sean entendidas como tal, se hace necesario que ésta proteja a una serie de valores; que tenga un núcleo duro ético, un código de conducta llamado, en nuestro caso, “Principios Fundamentales” que rigen a la llamada parte “Orgánica o Funcional” –la operativa-.  Muchas personas ven en los Principios Fundamentales una verborrea poética, unas aspiraciones idealistas, una letra hermosa para colocar en la biblioteca y quitarle el polvo de vez en cuando. Allí está el error/horror.
@nancyarellano 

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