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jueves, 14 de marzo de 2013

ALBERTO MEDINA MÉNDEZ, DESUNIDOS Y DESORGANIZADOS.

Muchos se preguntan en este tiempo como hace este grupo de dirigentes que maneja gobiernos, para perpetuarse en el poder.
Habría que señalar que se trata de una oligarquía política, perteneciente a una casta que trabaja por sus propios intereses en alianza constante con un importante número de socios comerciales de diferente magnitud, pero que intenta mostrarse como un movimiento democrático amplio que procura   representar a los mas, ni siquiera a todos como recita casi siempre.
Pese a todo lo antedicho, no hay que quitarle méritos a su estrategia general, por perversa que ella parezca. Con sus serias deficiencias, ellos consiguen un éxito electoral que se deriva de una visión pragmática de la política y que se construye bajo la premisa de sumar minorías organizadas para derrotar y doblegar a las mayorías desorganizadas.
Ellos logran mantenerse unidos pese a la diversidad y esa crónica heterogeneidad que los caracteriza. No son idénticos, de hecho tienen sus disputas internas importantes, sus conflictos de intereses significativos, pero a la hora de sostener el eje de poder, se concentran en ello.
Les ayuda mucho los pocos escrúpulos que tienen, y de ese modo pueden sustentar esa cohesión imprescindible, porque tienen una prioridad superior, un objetivo común, indispensable, que tiene que ver con su arraigada vocación de poder, esa que les permite dejar de lado eventuales discrepancias. Se permiten entre sí esos matices, y hasta cierta distribución de recursos económicos, porque saben que se necesitan, y que su continuidad depende, en buena medida, de darle pilares sólidos a esa obra política, exhibiendo la menor cantidad de fisuras posibles.
Su poder no es indestructible, pero saben que cualquier división entre ellos, los presenta como más vulnerables y eso sería una invitación a la derrota.
Pero saben también que no solo se trata de mantenerse juntos, sino además de estar debidamente organizados. Y es en esto donde se han profesionalizado lo suficiente y mas han progresado en estos últimos años.
Para eso, han trabajado mucho en convocar a una militancia rentada, con “cajas” suficientemente abundantes, que permiten, en base a dinero, no solo financiar los ingresos de sus dirigentes de todas las jerarquías, sino también avanzar en acciones concretas funcionales a su diseño político.
Es que han aprendido la básica lección de la división del trabajo, donde  cada uno tiene su rol, su misión, en función de los talentos relativos. Ellos se han tomado la tarea de concretarlo, distribuyendo tareas, con la ventaja de disponer de una tropa política en cuantía suficiente gracias a los fondos estatales que manejan con absoluta discrecionalidad sin rendir cuentas.
Algunos se ocupan del contenido ideológico del discurso, otros de la arenga política, ciertos dirigentes se dedican a la confrontación con los opositores, mientras otros tratan de armonizar civilizadamente, aunque en privado, con los adversarios de turno. Así mismo, unos trabajan con los jóvenes, otros con los fanáticos, y muchos intentar que la gestión sea demagógica y atractiva para los potenciales votantes.
En ese juego, todos tienen una misión, pero funcionan, en el desorden y la improvisación cortoplacista propia del populismo, con cierta sincronización inspirada en la motivación que solo el poder consigue generar.
Han llegado hasta ahí, a la cumbre de la conducción, por muchos motivos, algunos de ellos que no son mérito propio, pero tampoco lo han logrado de casualidad, sino porque han entendido los ritmos de la política e interpretaron mejor como apropiarse del escenario bajo los paradigmas de un eficiente esquema de poder.
Del otro lado del mostrador, una sociedad civil atónita, apática, y algo abúlica, presencia atropellos día a día, y se muestra absolutamente impotente, con la sola excepción de intentos aislados, espasmódicos, sin chance alguna de modificar el rumbo de la realidad, lo que retroalimenta el “vamos por todo” que denota la crueldad de los que ostentan el poder.
Para dar la batalla cultural, la política y la electoral se hace indispensable tener primero un diagnóstico claro, y no ocultar la realidad, por antipática y poco atractiva que parezca. Eso supone también comprender que algo de esa estrategia del oficialismo, merece ser imitada, es decir entender la necesidad de organizarse y sostener una cuota consistente de unidad.
Pero para eso, hay que despojarse previamente, y en forma individual, de algunas cuestiones, prejuicios, pruritos y viejas creencias, alimentadas desde los gobiernos con mucho éxito, para conseguir el “divide y reinaras”.
Se deben primero fijar prioridades, entender que se necesita establecer un criterio y un discurso común bastante acotado, de pocas consignas centrales, para evitar caer en la dispersión y el debate estéril que solo distancia a los dirigentes, y culmina siendo funcional al poder actual.
No se puede triunfar en ningún acto comicial sin una importante dosis de organización. Y eso requiere, de por sí, un esfuerzo mayúsculo para lograr esa profesionalización que la oposición no suele ser capaz de mostrar.
No es posible dar la contienda con gente de tiempo parcial, reclutados como voluntarios, y pretender ponerse a la altura de un ejército de militantes rentados y con financiamiento para su actividad política.
Cuando cierto grupo de ciudadanos dice que el país no tiene solución, en el fondo están diciendo que no piensan sacrificar nada de su habitual comodidad mundana, cotidiana, para construir algo que pueda contrarrestar el poder, o al menos ponerle limites a los excesos.
Muchos que piden letra y esperan sugerencias, dicen querer hacer algo al respecto, pero a poco de andar, empiezan a desplegar la interminable lista de excusas que los justifica para no ser parte de NADA que pueda ser una alternativa. Esa también es una variante, de hecho es la que muestra el presente, de esa sociedad que “dice” querer modificar el rumbo de las decisiones políticas, pero que frente a cualquier convocatoria de mínimo esfuerzo, muestra sus propias limitaciones y su autoexclusión sistemática. Por ahora, el poder puede estar tranquilo, porque del otro lado solo hay un grupo de desunidos y desorganizados.
Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

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lunes, 11 de marzo de 2013

PABLO DÓCIMO, MISMAS CAUSAS, MISMAS CONSECUENCIAS, PARALELOS ENTRE VENEZUELA Y LA ARGENTINA, TRIBUNA DE PERIODISTAS, DESDE ARGENTINA

A esta altura de las circunstancias, decir que los métodos, sistemas o forma de gobernar del kirchnerismo y el chavismo son muy parecidos no es ninguna novedad.
Ambos gobiernos giran en derredor de lo mismo: populismo, autoritarismo y demagogia, y como si todo eso no fuera suficiente, en miles de oportunidades ambos líderes, Chávez y Kirchner, y ahora Cristina, no han dudado en demostrarlo con hechos concretos, pero especialmente, con negocios.
Hay dos hechos que fueron fundamentales: la ayuda (venta) por parte de Venezuela enviando fuel oil para sortear el problema energético argentino, y el préstamo para el pago al FMI.
Más allá de esto, las similitudes son muchas. En primer lugar, comparten el mismo relato. La exaltación de lo "nacional y popular" por un lado, y el odio a la oligarquía, las multinacionales y el imperio, echándole a estos, además, la culpa de absolutamente todos los males que padece la sociedad.
Unas de las primeras políticas que adoptó Chávez al asumir la presidencia fue la implementación de subsidios y planes sociales. Exactamente lo mismo hizo Néstor. Estas medidas, no solo les permitieron fomentar clientelismo político, también controlar a los beneficiarios a través de dádivas.
La propaganda, cooptación de medios y demonización de todo periodista, editorial, radio o canal de televisión que no sea afín al gobierno es otro claro ejemplo de las mismas prácticas entre ambos gobernantes. Pero no solo eso, lo principal es controlar lo máximo posible todo lo que se pueda, abocándose, principalmente, sobre los demás poderes. Las distintas estatizaciones son otro paralelismo que demuestra el afán de ambos por tener el control absoluto.
No es casual, tampoco, el manifiesto desprecio por todo aquello que no sea propio, atacando indiscriminadamente a cualquier institución que no esté alineada, desde la Iglesia hasta la población de clase media. El resultado de esto es, tanto en Venezuela como en la Argentina, países divididos.
Para ello, usan el mismo discurso, las mismas palabras, y no es casual tampoco que tengan los mismos amigos y los mismos enemigos. Cuba e Irán son el más claro ejemplo.
Algo que logró Chávez, y todavía no pudo lograr el kirchnerismo, es la reelección indefinida, ya que para ello se debe reformar la constitución. Sin embargo, hoy por hoy ese es el mayor anhelo del Frente Para la Victoria, que sueña con una "Cristina eterna". Idea que, por más que la Presidenta haya desestimado, es un secreto a voces. Tanto Néstor como Hugo Chávez amaban lo mismo: el sistema presidencialista.
Los resultados son prácticamente los mismos, y no es casualidad, entonces, que ambos países padezcan los mismos males. Tanto en Venezuela como en la Argentina los principales problemas a resolver son la corrupción, el déficit fiscal, Inflación, falta de inversiones, fuga de capitales e inseguridad. Un dato que no debe llamar la atención es que la Argentina y Venezuela lideran el ranking de países inflacionarios y, casualmente, en ambos países existe el dólar paralelo.
Chávez gobernó Venezuela durante 14 años. Durante esos 14 años, Venezuela no logró producir absolutamente nada.
Venezuela subsiste gracias a una riqueza natural, el petróleo; sin embargo, y a pesar de los millones de dólares que ingresaron a las arcas del Estado, tiene uno de los índices inflacionarios más altos del mundo, junto con la Argentina.
A pesar de tener una de las mayores reservas comprobables de petróleo del mundo y cobrar enormes regalías, PDVSA debe u$s50.000 millones. Pero no solo eso; además importa nafta desde Estados Unidos, pues las refinerías locales no logran abastecer la demanda.
La Argentina tiene como principal fuente de ingresos las regalías por las exportaciones, especialmente por la soja, pero a diferencia de Venezuela, produce muchísimas cosas, que no son, precisamente, gracias al kirchnerismo.
Esa debe ser una de las pocas diferencias que pueden encontrarse entre el chavismo y la versión vernácula del "socialismo del siglo XXI”. Por lo demás, son exactamente lo mismo: autoritarios demagogos y aspirantes a ejercer el mismo totalitarismo que ejerce Fidel en Cuba.
@pablo_docimo

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