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sábado, 16 de marzo de 2013

ASDRÚBAL ROMERO M., LOS MILAGROS AL REVÉS

Analizando lo que viene ocurriendo con el país, hace ya algún tiempo tuve una idea: ¡Qué tal si se organizara una red de cronistas del desastre! Me explico: cada uno de ellos se encargaría de llevar un diario, documentado lo mejor posible
Analizando lo que viene ocurriendo con el país, hace ya algún tiempo tuve una idea: ¡Qué tal si se organizara una red de cronistas del desastre! Me explico: cada uno de ellos se encargaría de llevar un diario, documentado lo mejor posible, en el que se fuera dejando constancia de todas las decisiones y acciones conducentes a la sistemática destrucción llevada a cabo en casi todas las áreas de gestión gubernamental. Los infiltraríamos en los entes de la organización tradicional: ministerios, gobernaciones, alcaldías, universidades, etc., así como en las nuevas áreas de gestión pública producto de expropiaciones, intervenciones y estatizaciones –Agroisleña (ahora Agropatria) sería un excelente filón-. Una buena idea que ni siquiera llegó al tintero. ¿Por qué, entonces, la saco ahora a colación?
Porque he leído una magnífica realización de esa idea. Damián Prat, por obra y gracia de su excelente trabajo convertido en libro, “Guayana: el milagro al revés”, constituye un muy sobresaliente ejemplo de la labor que todo cronista del desastre tendría que efectuar. Recomiendo con urgencia a todos los ciudadanos de esta muy bolivariana república se lo lean. Les advierto que con el pasar de las páginas, agarrarán una tremenda arrechera, pero eso sí: irán viendo en un escenario a pequeña escala lo que ha hecho este régimen con el país.
Cuando pensé en comentar el libro, supuse que resumiría con las estadísticas más llamativas contenidas en él: la evidencia de cómo se han deteriorado los niveles de producción de las empresas básicas de Guayana. Algunas, como el caso de Alcasa, llegaron hace ya tiempo a un profundo nivel de quiebra, artificialmente sostenido a expensas de cuantiosísimas pérdidas. Desistí de la idea, cada página es parte de un rosario excelentemente documentado con referencias textuales a discursos de Chávez, puntos de cuenta de Miraflores, publicaciones periodísticas en China aportando pruebas de lo que aquí se niega, enlaces a páginas en internet y estadísticas irrefutables. De manera tal, que habría terminado confrontando serias dificultades al tratar de decidir cuál sería la estadística de mayor impacto, o la prueba de mayor desfachatez en el doble discurso, o de la incompetencia más manifiesta de los improvisadores que envían a dirigir la Corporación Venezolana de Guayana –uno llegó preguntando dónde quedaban las minas de Aluminio-, y cosas por el estilo. Habría terminado por llenar este artículo de un sinfín de refritos, por lo que, mejor, cada cual va a consultar directamente a la fuente: el resultado de un muy detallado trabajo por parte del más propio cronista del desastre que haya podido inventar.
En la medida que avanzaba en la lectura del libro, una tras otra, las estadísticas de producción de Alcasa, Venalum, Bauxilum, Sidor, etc., se confabulaban para darnos un tour por una ruta suicida e irreversible hacia el más ruinoso fracaso. Sin embargo, paradójicamente, llegó un momento en el que perdieron su capacidad de asombrarme. Lo que, realmente, va consolidándose en uno es esa sensación de estar viendo una obra de teatro, montada sobre un escenario más reducido que el país, en la cual se va recreando a la perfección todo ese conjunto de políticas, estrategias y tácticas que el oficialismo ha venido aplicando a nuestra empobrecida nación y que le permiten salirse con la suya, políticamente, mientras, simultáneamente, va sumiendo a empresas u organizaciones en la más pasmosa ruina. En la obra de Prat, esos elementos en común que caracterizan el muy particular modo de actuar de este régimen se detectan con mayor facilidad. Me referiré a algunos sin pretensión de exhaustividad.
La permanente subestimación de la complejidad técnica de los procesos modernos, por ello: el criterio de la conveniencia política siempre priva por encima de las razones técnicas –la reestatización de Sidor es un excelente ejemplo mostrado en el libro-; por ello, también, no se toman en cuenta las aptitudes técnico-gerenciales a la hora de seleccionar a los flamantes directivos de las organizaciones públicas, de allí que se creen esas ramplonas pirámides de ineptitud jerarquizada donde los escasos sobrevivientes con capacidad técnica se ven impedidos de influir en las decisiones.
El continuado reciclaje de esperanzas: Si las cosas van mal, no importa, inventamos un nuevo motor de reimpulso, todo un paquete: con la promesa de recursos frescos que nunca llegarán o el rimbombante acto de reinstalación, por segunda o tercera vez, de la primera piedra de una importante obra muy esperada que no se concluirá; con la renovación de directivos –los anteriores eran los culpables, aunque en corto tiempo se les verá premiados con alguna embajada o cargo en otro destino de mayor importancia incluso-; con los espejitos de Colón para atraer al nuevo esquema a las masas trabajadoras: las cooperativas como engañosa tercerización o el Control Obrero en empresas que ya están encaminadas hacia la ruina, cualquiera con cuatro dedos de frente podría predecir lo que va a pasar allí. A veces ni siquiera es un invento, sino la reinvención disfrazada de un esquema ya fracasado en el pasado o, peor, la entrega de nuestra soberanía a empresas extranjeras, encubierta bajo el más fervoroso doble discurso revolucionario –el caso de Ferrominera y las transnacionales chinas muy bien documentado en el libro-.
Lo anterior ocurre bajo el paraguas de un aberrante centralismo autoritario, incompatible totalmente con las exigencias de modernidad en la gestión pública que ejemplifican los países más desarrollados. El derrumbe del techo de la acería de planchones, por ejemplo, que pudo haber sido una tragedia incalculable en costo y vidas humanas, se produce porque la autorización de la obra que lo habría evitado llevaba ya once meses esperando por la firma de Miraflores. Se lee y no se cree. Lo que nos conduce a una reflexión final sobre la necesidad de reconstruir el país como un Estado Federal -tesis política fundamental del Observatorio Venezolano de las Autonomías-.
¿Se podría haber dado un proceso de tan sistemática destrucción de las empresas básicas de una región tan importante como Guayana en el contexto político de un país auténticamente federalizado? Un liderazgo político emergido de una dinámica regional, consciente de que la pertinencia de ese liderazgo esta indubitablemente atado a la necesidad de satisfacer las demandas de desarrollo de su entorno, habría actuado como contrapeso a ese nefasto proceso. Nunca habría actuado con una actitud tan acobardada y cómplice, como sí la observamos de parte de quienes todo lo que son, políticamente, se lo deben al impositivo dedo centralista. El nuevo relato político que verdaderamente antagoniza al relato chavista es el federalismo. Es a partir de él, como marco mental, que se puede hablar de una mayor eficiencia en la solución de los problemas del ciudadano, de una economía más productiva, etc., etc. Y lo que es más importante: de una real redistribución a lo largo y ancho del país del poder político, que nos evite otra vez ser víctimas de los desvaríos de un caudillo centralizador.
asdromero@gmail.com

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jueves, 15 de noviembre de 2012

RAFAEL GROOSCORS CABALLERO, CUANDO GUAYANA DESPIERTE,

            Desafortunadamente muchos de los que hemos escrito acerca de la inconveniencia de continuar apegados a la “agenda del régimen” –seguir empeñados en transitar la ruta predeterminada por los instrumentos de acción del propio gobierno, en la ilusión de alguna vez alcanzar la victoria y tomar el poder— hemos sido tildados, cuando menos, de “radicales” y hasta de ingenuos colaboradores de la autocracia que nos oprime, en tanto hemos propuesto caminos distintos al electoral, si es que éste, el comicial, sigue y seguirá siendo arbitrado con total ausencia de  transparencia y pulcritud, como para lograr siempre los mismos resultados, favorables a quien establece las ominosas condiciones de la participación.

            
Por eso nuestra voz, como la de muchos quienes nos entienden y nos acompañan, desentona y nada de lo que pregonamos es oído con la atención que al menos la cortesía aconseja. Por ejemplo, hemos repetido, insistentemente, que para empujar a Venezuela fuera del curso decadente en el que lánguidamente se arrastra, desde hace ya muchos años, es necesario afilar y afinar la imaginación, previamente convencidos de que en nuestro contenido geográfico y humano existen infinitas posibilidades de superación, tantas como sean necesarias para enrumbarnos hacia el Primer Mundo, con nuestras propias ideas, con nuestros propios productos, obra de nuestro propio trabajo creativo.

            ¿Hablamos “empalagosamente” de simples deseos, de falsas ilusiones? ¿No será, más bien, que este país ya se perdió, para siempre y que la sucesión de fracasos a los cuales viene llevándonos el errático gobierno que nos “desgobierna”, no nos garantiza otra cosa que una temprana “africanización”?  Preguntas que respondemos negativamente, porque sabemos, conocemos a Venezuela y entendemos que queda mucha “pasta” en sus entrañas, fácilmente colocable en el atractivo campo del comercio mundial, con resultados en rentas si se quiere fabulosas.

            Ubíquese Ud. hacia el sur del territorio; cruce el Orinoco y mire a su alrededor. Caracas quedó atrás, con su desorden, su anarquía improductiva. Sus peligrosas tentaciones. Su inutilidad. Ahora Ud. observa cómo el agua fluye en caudales profundos, naturalmente bien encauzados. Cómo se desplaza sobre tierras llenas de riquezas, bauxita, hierro, cuarzo, tugsteno. Barriales de oro y diamantes. Cómo debajo del gran río –el octavo más largo y caudaloso del mundo, el Orinoco--  una faja bituminosa arropa inmensas reservas de hidrocarburos que podrían aportarle a la humanidad valiosas contribuciones para el desarrollo, mediante su transformación físico-químico-biológica. Se estima en casi 500.000 los productos derivados de esa fortuna potencial, distintos al específicamente energético, la gasolina, el combustible. Tierras húmedas y de alto valor edafológico, capaces para alimentar millones de seres humanos. Un territorio casi de fantasía, pero investido de realidades. Un fascinante mundo aparte, distinto al resto de Venezuela, pero donde también se aprecia cómo el virus de la ignorancia, la incultura, el atraso, el subdesarrollo, se ha ido enraizando, aniquilando sus potencialidades. ¡Cómo se hunde la esperanza y cómo se atrapa, criminalmente, una región que podría hacerse valer, por sí sola, en el mundo de las grandes negociaciones y los grandes procesos evolutivos! Pero no Guayana, entiéndanlo. Otra vez Caracas apoderada de Venezuela. Dueña de Guayana. Propietaria ilegítima de sus riquezas. Perversa administradora de su incipiente desarrollo.  
   
            Además de la Gobernación del Estado Bolívar –estanco subalterno sin sentido-- quien manda y gerencia todo ese complejo de riquezas en Guayana es el Estado Nacional, desde Caracas y a través de una extraña intermediaria: la Corporación Venezolana de Guayana, en cuyas sedes se mezclan burócratas y técnicos “burocratizados” nativos de otras latitudes –muy pocos, pero muy pocos guayaneses--  con una mentalidad y unos propósitos circunscriptos a los empeños de la Capital, es decir, con desprecio de lo que deberían ser los intereses primarios de los manejadores de tal fortuna.

            Nada queda, de Guayana, para Guayana. Esa es una de las consecuencias de la falta de autonomía en las regiones de Venezuela. Todos los esfuerzos de los venezolanos del “interior”, todas sus riquezas, se orientan y “engordan” a Caracas, la sede “imperial” del Poder Político Nacional. ¡Qué “comunismo”, ni qué “comunas”, haciendo el ridículo, burlándose de si mismas, en una pantomima infernal! Las turbinas del Guri fatigándose para alumbrar a Caracas, mientras en las celdas de Alcasa y Venalum la alúmina se enfría y no se produce el aluminio; el cuadrilátero ferroso del Imataca ve bajar los vagones de hierro natural y no hay como encender los altos hornos para el acero. Los obreros piden limosnas y las empresas quiebran, mientras Guayana tan solo observa y nada le dejan hacer. Depredan su ambiente. La contaminan. Subrepticiamente introducen el monstruo del narcotráfico. Diría un antiguo líder de la misma Venezuela atrasada: “¿Es esto correcto?”.

             Llegará el día, cuando Guayana despierte, asomada a los nuevos tiempos, en que pensará seriamente en la “expropiación” de aquellos bienes apropiados por la Nación, a favor de la Región. Pero expropiarlos no para volver a colocar burócratas, insensibles e incapaces, a dirigir sus líneas de producción. Buscará en Guayana y en el mundo a los mejores y más interesados inversionistas y emprendedores de  cada sector industrial y escalará Guayana los altos sitiales de la perfección, en un planeta que existe y que espera por el éxito y la justicia de una economía de Regiones-Nación, en concordancia con un  nuevo diseño de la producción en proceso continuo de cambio y transformación tecnológica optimizada. Llegará el día. 

         Y cuando Guayana despierte, ya tendremos toda una sintomatología del amanecer de la nueva Venezuela. Despertarán Los Andes. Despertará el Zulia. Despertarán Los Llanos. Despertará Oriente. Despertaremos todos.  

             Seguir secuestrados por una cuadrilla de supuestos líderes, encasillados todos en el mismo Miraflores de Caracas, es dejar que Venezuela termine abrevando el sabor amargo de una derrota milenaria, mientras su gente se entregue cada vez más al culto de la miseria por la miseria, de la pobreza del pobre, del atraso del atrasado. La hora del amanecer no surge de la nada; hay que crear las condiciones para que aparezca y cuando llegue, disponerse a una marcha triunfadora, incontenible, la que no terminará ni siquiera en el infinito. Esperemos, por ahora, al menos, que Guayana despierte.


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