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viernes, 28 de noviembre de 2014

ALBERTO BARRERA TYSZKA, PERSEGUIR FANTASMAS

ALBERTO  BARRERA TYSZKA
Cada vez que Nicolás Maduro habla de la “revolución dentro de la revolución” no hace sino recordarnos que Chávez fracasó, que después de 15 años y más de 1.000 millones de dólares, estamos otra vez en crisis, tratando de reflotar permanentemente la utopía. Ya parece un chiste: ante cualquier problema, ante el más mínimo inconveniente, el gobierno acude a una supuestamente novedosa re-revolución. Maduro es un demagogo en modo defensivo. Acusa a la realidad de golpista mientras se dedica a reinventar sus promesas.

Es asombrosa la cantidad de revoluciones que el gobierno ha propuesto durante todos estos meses. La revolución bancaria, la revolución económica productiva, la revolución del Estado, la revolución fiscal, la revolución del conocimiento, la revolución del socialismo territorial, la revolución alimentaria, la revolución de la profundización de las misiones, la revolución tributaria, la revolución ética… Al paso que va, Maduro terminará su gobierno hablando de la revolución de los semáforos, la revolución de los tallos de orégano orejón, la revolución de la siembra de cariaquito morado, la revolución de los revolucionarios que no revolucionan la revolución. 

Al parecer, se trata de un inmenso y desordenado juego retórico que permite mantener más o menos caliente la temperatura de la esperanza, mientras la casta (como la llamaría Pablo Iglesias, si Pablo Iglesias fuera venezolano) sigue acumulando poder y apropiándose o controlando todos los espacios independientes del país. Necesitan que el mito de la revolución siga bullendo, de cualquier manera, mientras se consolidan como la nueva oligarquía del país.

Hace poco anunciaron una flamante “revolución policial”. Debido a una circunstancia violenta aún no aclarada, una balacera entre funcionarios y grupos civiles armados que también actúan como si fueran funcionarios, la revolución anterior se frunció, cayó en desgracia y fue pateada hasta el fondo de la historia. Así, entonces, de la nada ideológica del desespero, surgió una nueva revolución. Como reacción oficial ante el desastre. Como manera de ocultar la realidad. Como parapeto.

Y comenzó de la misma manera como han empezado todas las revoluciones promovidas anteriormente: ¡con una comisión presidencial! Aquí hasta los supuestos gobiernos populares nacen, se rigen y son administrados por una cofradía que depende del Palacio de Miraflores. La idea de participación que tiene el gobierno es cada vez más reducida. No necesitan al pueblo para hacer revoluciones. Lo de ellos es otra cosa. La revolución es un papel. La revolución es trámite, un fetiche, una mercancía.

Ya nos estamos acostumbrando a que los cierres de los períodos habilitantes tengan algo de orgía, de apuro y exceso, de danza incomprensible, cuya resaca llega con la Gaceta Oficial y tiene efectos incurables. En este contexto, y a cuenta también de la “revolución policial”, esta semana Maduro firmó una nueva ley anticorrupción y anunció la creación de un cuerpo de seguridad dedicado especialmente a la lucha contra ese flagelo.

He pasado días tratando de imaginar cómo podría ser ese comando galáctico, esa pandilla de superhéroes bolivarianos, capaz de enfrentarse a monstruos tan grandes como la bancada oficialista, que controla la Asamblea Nacional y que lleva años impidiendo cualquier debate público sobre la corrupción. ¿Acaso eso no es ya una forma de complicidad? ¿No deberían comenzar investigándolos a todos?

Mientras la élite se dedica a concentrar más poder, el espectáculo de la revolución continúa. La producción de espejismos no puede detenerse. No han podido, en casi un año, cumplir la promesa de mostrarle al país la lista de las empresas de maletín que se robaron más de 20.000 millones de dólares. Han impedido que avance cualquier denuncia. No han querido investigar a fondo ningún caso. Pero que nadie se angustie. Ahora sí viene la revolución remoral. Ya tenemos una nueva ley. Ya tenemos una nueva policía especializada en perseguir fantasmas.

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com
@Barreratyszka    
                                                                                   

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martes, 25 de noviembre de 2014

ALBERTO BARRERA TYSZKA, LOS INFILTRADOS

ALBERTO  BARRERA TYSZKA
La censura oficial siempre es una señal de debilidad. Cuando un Estado persigue y encarcela tuiteros, más que ejercer su poder, demuestra su vulnerabilidad. Cuando, cada semana, Diosdado Cabello aparece repartiendo insultos y amenazas en la televisión, no hace más que ofrecerle al país una imagen de la creciente fragilidad del gobierno.  
  
Uno de los logros fundamentales del oficialismo ha sido frivolizar la revolución. Frivolizar la palabra, la idea, el sentido que tiene dentro del espacio simbólico. Con la misma puntualidad que han devaluado la economía, también devaluaron el lenguaje. En este país, la palabra socialismo terminará siendo sinónimo de chanchullo. Independencia y soberanía ya pueden significar lo mismo que autocracia o nepotismo. La palabra oligarquía solo ha cambiado de color. La palabra corrupción sigue igualita. Diciendo lo mismo. Pronunciándose siempre de la misma manera.

Ser revolucionario se convirtió en una fórmula de mercado. El manejo de cierta retórica de izquierda, aderezada con alusiones permanentes a Hugo Chávez, se ha transformado en un protocolo para acceder y surgir en la corporación. Trabucaron el discurso de izquierda en un procedimiento comercial tan eficaz como el manual de ventas a domicilio de Electrolux. El país está lleno de un palabrerío hueco, sin complejidad, que repite expresiones como si fueran recetas de éxito; una gran nada que suena y suena sin dirección ni sentido. Cada vez somos más ruido.

El programa Con el mazo dando es un ejemplo privilegiado. Se puede considerar el show estelar del chavismo. De alguna manera, hereda o prolonga la tradición televisiva del Comandante Eterno. También pretende ser un espacio de ejercicio de poder, donde la eficiencia mediática se imponga sobre la eficiencia del Estado y de las instituciones. Es, además, un programa promovido por la presidencia, tanto que ya se ha anunciado la creación de un periódico con el mismo nombre. Y, sin embargo, es de una superficialidad casi infinita. No hay nada más parecido a Chepa Candela que los mazazos de Diosdado Cabello.

No deja de ser sorprendente que un gobierno que invoque la transparencia y denuncie la guerra mediática construya su principal espacio comunicacional sobre chismes de los que nadie se hace responsable, sobre dimes y diretes anónimos. Los “patriotas cooperantes” del programa actúan de la misma manera que los informantes secretos de la farándula. Cabello denuncia y acusa basado en las confidencias que le dicen sus amigos “Mundo”, “Chef” o “Hierrito”. Se propone ser deliberadamente aguerrido y confrontador, pero el resultado logra lo contrario. Es un luchador solitario, haciendo maromas y gritando sobre un rin. Buscando contrincantes. Buscando público.

Todo esto podría ser gracioso si no fuera, a la vez, tan crudamente trágico. Nada es igual cuando se sitúa en el contexto de una sociedad cuyas instituciones han sido desmanteladas y que se encuentra cada vez más sometida por la lógica de la fuerza. En ese contexto, los “patriotas cooperantes” son una perversión muy peligrosa. Tanto como la pugna entre los grupos armados del país. Tanto como la presencia militar, cada vez mayor, en todos los ámbitos de decisión y desarrollo de la sociedad. Tolstoi decía que la violencia puede servir para reprimir al pueblo, pero no para gobernar. Estamos ante un gobierno que solo es capaz de pensarse desde la guerra. Su fuerza es también su debilidad.

Los enemigos también se gastan. Ahora el poder ha descubierto a los infiltrados. Esta semana, Francisco Ameliach ha dado un número telefónico para denunciarlos. Es el (0416) 942-5792. ¿Qué esperas? Llama.
—Aló.
—Buenos días. ¿Tienes dónde anotar?
—Sí, pero…
—Anota, pues: Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Rafael Ramírez, Jorge Rodríguez, Elías Jaua…
—¡Epa, epa, epa! ¡Ya va! ¡Párate ahí! ¿Qué crees que estás haciendo?
—Cumpliendo con mi deber revolucionario, coño. ¡Estoy denunciando a los infiltrados!

Alberto Barrera Tyszka
abarrera60@gmail.com
@Barreratyszka

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