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lunes, 14 de marzo de 2016

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, LA OSADÍA DE LA IGNORANCIA, PIDO LA PALABRA, VENTANA DE PAPEL, UNA POLÍTICA QUE CALDEÓ LA CALLE

Todo problema lo resuelve el régimen según su miopía ideológica la cual lo convierte en causa  directa para arrogarse un infundado maltrato. Y de ello se vale para complicar aún más el país en todos sus ámbitos.
No todo lo que sucede en la vida, resulta de la sucesión ininterrumpida de eventos concomitantes o vinculados a situaciones particulares. Muchas veces, esas situaciones o condiciones son causadas por brincos que ocurren en el trazado de los objetivos que en principio las definen. Brincos o saltos éstos que se suscitan a consecuencia de la alternabilidad que, naturalmente, ocurren en un plano de circunstancias aisladas entre sí. No obstante, en el mundo de la política estos sucesos, aunque semejantes, se comportan con sucintas diferencias. Sobre todo, por causa de choques entre intereses a pesar de que estos se expongan a condiciones análogas. El problema surge cuando estas condiciones lucen marcados contrastes. Es ahí cuando el comportamiento de estos intereses tiende a modificarse haciendo que cambie no sólo la apariencia de la condición asociada a los mismos. También, su naturaleza.
Esta explicación adquiere sentido al situarla frente a la situación política venezolana determinada por el decreto renovado este mes por el presidente estadounidense, Barack Obama. Desde luego,  que el ambiente político nacional vuelve a acalorarse. Pero sin alguna razón de peso o causa ciertamente acusadora que justifique el desvío de la decisión del gobierno norteamericano y que se tradujo en la exacerbación de los ánimos oficialistas. Específicamente, porque el régimen socialista no ha querido entender que dicho decreto sólo contiene “sanciones limitadas” a ciertos personajes quienes, a juicio de EE.UU., han mostrado un comportamiento deshonesto en Venezuela al desviar recursos económicos para fines personales: fortunas ilícitas y escandalosas obtenidas mediante procedimientos también ilegítimos y al margen de la decencia.
La declaración de una “emergencia nacional”, tal como lo señala la medida presidencial norteamericana, es una herramienta con la que cuenta el presidente de Estados Unidos para aplicar sanciones contra funcionarios que han sido protagonista de episodios de corrupción, violencia política o que han atropellado derechos humanos. De hecho, Max Toner portavoz adjunto de la diplomacia estadounidense, explicó que la descripción de “amenaza para la seguridad nacional” es simplemente una fórmula jurídica utilizada por los presidentes estadounidenses para tener la argumentación legal necesaria que les permita imponer sanciones en el ámbito exclusivo del territorio norteamericano. Así que realmente ello no constituye amenaza alguna para Venezuela pues no está dirigida ni contra el pueblo venezolano, ni contra su gobierno.
El problema tiene la borrosa connotación que pretende darle el embadurnado gobierno criollo pues raya en un show de pésimo espectáculo. Para ello suscribe su actuación a un agotado modelo de diplomacia radical que colisiona con la esencia de una democracia cimentada sobre valores de respeto consagrados por la Constitución nacional cuando exalta como derecho económico “la creación y justa distribución de la riqueza”. De un riqueza basada en el trabajo honrado y digno. Pero el concepto arrugado de “revolución” que sigue el régimen venezolano, no se plantea reconocer que la intención del gobierno norteamericano reside en la necesidad de motivar y compartir áreas de mutua convivencia y observancia de ley tal como es ansiado por los venezolanos. Es decir, la búsqueda de una Venezuela democrática, próspera y segura. De un país que respire bienestar, justicia, libertades y pluralismo político. Es así que este y otros muchos problemas, los resuelve el régimen aferrado a su miopía ideológica la cual utiliza como criterio para arrogarse un infundado maltrato del cual se vale para complicar más aún el país. En este caso, agrava la situación con el pretexto del presunto asedio norteamericano por vía del referido decreto.
Tan apesadumbrada reacción gubernamental, le acarrea mayor desconfianza al país perjudicándole todavía más su economía, ya bastante destartalada. Así que el renovado decreto del presidente Obama, a manera de confrontar la impunidad que desborda las acciones del gobierno venezolano, significa el establecimiento de límites que eviten tanta degradación al sentido de justicia que requiere el desarrollo de pueblos que se precian de actuar bajo un Estado de Derecho. Lo contrario, es simplemente vulgarizar una corrupción amparada por todo lo que un gobierno puede silenciar y ocultar bajo los efectos de la osadía de la ignorancia.
VENTANA DE PAPEL

UNA POLÍTICA QUE CALDEÓ LA CALLE
Los últimos eventos que ha escarmentado Venezuela, dejan ver el divorcio de las políticas gubernamentales con los clamores nacionales. Por consiguiente, las realidades se fracturaron hasta romperse en tantas partes como intereses y necesidades fueron organizándose al amparo de facciones y movimientos político-partidistas. Mientras el pueblo ha padecido de un sinnúmero de problemas relacionados con los derechos que lo asisten como colectivo humano, el gobierno ha hecho ver ante los ojos del mundo que en Venezuela todo está mejor que bien. Que casi lo convirtió en el “país de la maravillas” del cuento del escritor británico Lewis Carroll. O acaso, “Juan Bimba en el país del maravilloso legado del comandante galáctico”.
Pero a decir por lo que la teoría política ilustra, el problema tiene una lectura distinta. Una visión fundamentada en razones que explican políticas públicas corroídas por culpa de gobernantes para quienes el objetivo central ha sido hacer proselitismo por encima de todo. Creen que de ello depende conservar el poder sin que importen problemas de otra naturaleza que no sean aquellos que les asegure la estabilidad política, exclusivamente.
Ante lo que esta desconexión entre gobierno (sirviéndose de un mensaje provocador) y pueblo (su realidad) se ha generado, el país ha entrado en momentos como jamás, su historia republicana, ha referido.
Ahora, las realidades son otras de las que se dieron en 1998 cuando la revolución, aunque para entonces callada, arribó al poder con Hugo Chávez a la cabeza. Puede decirse que si de alguna forma el extinto presidente, en doce años de mandato, signó el devenir nacional con su impronta de equivocaciones y desmembraciones sociales, su sucesor no pudo con el país. Éste no llegó a calzarlo pues la horma del país, le quedó bastante grande a su capacidad. No le han valido los trucos ni la magia. Tampoco las oraciones que en estos últimos años han elevado los brujos revolucionarios.
Por lo contrario, el país se anarquizó a consecuencia del desorden bajo el cual pretende gobernarse. En medio de ese andamiaje construido al azar e improvisadamente, el alto gobierno ha jugado a las oportunidades que las coyunturas le ofrecen. De esta manera, apostando a ganar alguna de las partidas, el régimen socialista se plantea excusas que permitan justificarse ante los resultados que la incompetencia gubernamental provoca. Pero al perder tales oportunidades por llegar tarde o considerar estratégica la tardanza, los funcionarios o adeptos al proceso se empeñan en comprometerse por encima de sus habilidades. Y eso es lo que en verdad, tiene marcado al país. Pero marcado en el pizarrón de los países perdedores. Indistintamente de que en otrora Venezuela fue un país ejemplo en numerosos tópicos que enorgullecían a sus habitantes, ahora ocupa los últimos lugares en indicadores de desarrollo y democracia. Y entre los primeros, en listas de gobiernos corruptos, tramposos y quebrados. Además, entre los más violentos e inseguros.
De nada le ha valido al régimen sus discursos antiimperialistas o que reivindiquen una moral socialista pues los problemas de la población son otros que el régimen ni atiende ni entiende. O no quiere hacerlo. Las medidas asumidas por el Ejecutivo Nacional, plantean propósitos que al desconocer las realidades, producen un efecto de perturbación que canaliza resultados contraproducentes. Por eso el gobierno sale peor parado cada día. Su popularidad decae ante ojos oficialista que sólo ven “cuanto hay para eso”.
El régimen no se cuidó de las consecuencias  que sus decisiones provocaron ya que alentaron y siguen animando seguidas protestas populares. Aunque a pesar de ello, la situación que se vive pasó a ser una esperanzadora respuesta ante una política que caldeó la calle.
“Cuando la ignorancia se desparrama sobre el ámbito de gobierno, las decisiones elaboradas se encauzan o por la vía de la indolencia, a sabiendas del perjuicio que acarrean las medidas tomadas, o de la mano de la inopia a pesar de que los daños generados causen los mismos o peores problemas”
Antonio José Monagas
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