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domingo, 27 de septiembre de 2015

HUGO J. BYRNE, ¿LA IGLESIA ALIADA A LOS TIRANOS TOTALITARIOS?

No es fácil hacer una crónica de la actualidad en comentarios semanales. Tal es el caso de la novel alianza entre el régimen totalitario castrista, Washington y el Vaticano. Esa componenda tiene diabólicas implicaciones a la justicia, la libertad, la moral, la razón y la fe y es peor que imposible de narrar brevemente: hay material en ese tema para escribir diez tomos.

Aún así, no me arredra hacerlo en brevedad, utilizando su contexto histórico. Sé que ello podría acarrear el disgusto de muchos entre mis lectores y eso me apena. Tengo amigos y hermanos que son católicos prácticos y agraviarlos sería doloroso. Entre ellos los hay que conozco desde mi niñez, antiguos compañeros de trabajo, muchos leales guerreros en la lucha violenta contra la tiranía, tanto en la Cuba de 1961 como en el exilio y, entre ellos, mis antiguos compañeros de armas en el Ejército de Estados Unidos.

No obstante creo que más ofensivo fuera si tratara el tema con hipocresía. La realidad es que nací de una familia muy devota y permanecí católico romano durante toda mi juventud. El aprendizaje de la historia junto a los presentes agravios, cambió eso radicalmente.

El 11 de febrero de 1929 y en una lujosa sala del Palacio de Letrán en Roma, se firmaron los tratados que llevan su nombre y que dieron entidad legal e independencia al contemporáneo Estado Vaticano. El Papado había sido antaño un centro de considerable poder político y militar. Los dramáticos cambios sociales en Europa durante los pasados tres siglos, disminuyeron considerablemente ese poderío e influencia.

Me limito hoy a escudriñar la relación de causa-efecto entre la naturaleza temporal de la Iglesia de Roma y la religión, que es eterna para cualquier iglesia organizada. Estoy analizando una iglesia que se fundamenta en una fe monoteísta y civilizada. No considero legítima a otra que demanda conversión a la fe so pena de la vida. Eso no representa una fe real sino una secta fanática de sangrientos asesinos. Asesinos que son también miserables cobardes, pues ocultan sus caras criminales durante la comisión de sus inenarrables fechorías.

Las relaciones entre la iglesia Católica Romana y el estado italiano habían sido hostiles durante más de sesenta años antes de 1929. El Reino de Italia era secular y manifestaba resentimiento anticlerical no totalmente injustificado hacia la Iglesia y sus largos e históricos entendimientos con el enemigo austriaco. El Rey de Italia era por esa época Vittorio Emmanuelle II, de la Casa de Saboya, beneficiaria de la unificación italiana. Vittorio era un monarca minúsculo en estatura, quien se tornaría en casi un títere de Mussolini hasta que este fuera derrocado por sus propios partidarios fascistas tras la victoriosa invasión aliada de Sicilia en 1943.

Los firmantes de los tratados de Letrán fueron por parte de la Iglesia, Pietro Cardenal Gasparri y por el estado italiano su entonces Primer Ministro, pero ya virtual mandamás y jefe supremo del Fascio, el antiguo editor socialista y ex simpatizante marxista, Benito Mussolini.

Para el régimen de Mussolini apuntalar a la Iglesia era un paso diplomático muy beneficioso que recibiera aprobación universal, incluyendo la venia de un futuro enemigo acérrimo y estadista sagaz: Winston Churchill. Para el Papado, fue una movida política muy provechosa: el arte de aprender a convivir ventajosamente con una tiranía totalitaria y opresora.

Pasemos a la mitad de la segunda década del siglo XXI con la visita oficial a Castrolandia del jesuita Jorge Bergoglio, convertido en Papa Francisco por el voto mayoritario de la Curia. Su elección al papado incluyó el voto del Cardenal cubano Jaime Ortega y Alamino, antiguo inquilino involuntario de la UMAP (“Unidades Militares de Ayuda a la Producción”).

Esas vacaciones forzosas del futuro cardenal las disfrutó Su Eminencia en los tiempos cuando Castrolandia perseguía sañudamente a muchos homosexuales. Por supuesto, no a todos. El finado antiguo director del ICAIC (“Instituto Cubano de Artes e Industria Cinematográfica”), Alfredo Guevara, era notorio homosexual fuera del closet pero nunca lo persiguieron ni arrestaron y siempre disfrutó a plenitud las múltiples privilegios acordes a la élite castrista.

La preferencia sexual del Cardenal Ortega es asunto de él y tema que no me incumbe ni que interese a los lectores. La cito sólo para facilitar un mejor entendimiento histórico de su controvertida personalidad. Lo que rechazo con indignación vehemente es que se refiera al exilio cubano como a “la gusanera de Miami”: Ortega es sólo un miserable cobarde quien, víctima o no de chantaje, ha consistentemente usado desde entonces su jerarquía en la Iglesia para defender los infames intereses de la tiranía castrista.

Jorge Cardenal Bergoglio, es ahora el Papa Francisco y principal alcahuete voluntario del grotesco romance político entre el tirano substituto Raúl Castro y la administración Obama. A continuación hago referencia a sus expresiones en favor del poder eclesiástico, del que es genuino partidario y convencido ortodoxo:

“Nadie debe caer en la tentación de creer en el avance de la fe fuera de la Iglesia”. “Usted no puede amar a Dios fuera de la Iglesia y no puede lograr la salvación del alma por sí sólo”.

Ese apostolado es tradicional de la Iglesia, pero en Bergoglio particularmente sugiere un enorme apetito a un poder político temporal y absolutista, el que pretende disimular con su sonrisa bonachona. Un ejemplo de ello es su intervención en un cónclave de obispos iberoamericanos en 2007: “Vivimos en medio de la parte más desigual del mundo, la que más se ha desarrollado y la que menos ha reducido la miseria”. ¿Se refería el sacerdote populista sólo a la Argentina o a Iberoamérica? ¿Denunciaba el clientelismo endémico y corrupto que pasa por capitalismo en las sociedades al sur del Rio Grande? No. Su alma furtiva pretende desconocer que las diferencias más abismales del poder contemporáneo residen en las naciones víctimas de las “panaceas totalitarias” cómo Corea del norte y Cuba. “Pretender” es en esto la palabra clave: Bergoglio no es ignorante.

La novelista Ayn Rand escribió en una de sus obras que “Aquellos que pretenden desconocer la diferencia entre el dólar y el látigo están, más tarde o más temprano, destinados a aprenderla en sus espaldas”. Pero como afirmara el estibador-filósofo Eric Hoffer en su obra maestra “The true believer”, “…los líderes mesiánicos raramente responden por sus errores. Son sus seguidores quienes sufren”.

La diatriba de Bergoglio era en general contra el sistema económico que disfruta, pero el que al mismo tiempo detesta y resiente: el libre mercado. No, amigo lector, no es contra “los excesos” del capitalismo, sino simple y claramente contra el capitalismo. En Bergoglio no encontramos un líder creyente y confundido al apreciar ciertas realidades, sino alguien quien decide cerrar los ojos ante ellas o mantenerlos abiertos e ignorarlas.
El video que capta una demostración de protesta suprimida a empellones por los esbirros de la seguridad del estado castrista a pocos metros al frente del “Papamóvil”, se da de cachetes con las posteriores declaraciones del prelado, quien afirmó no haber visto ni oído nada. Recordemos lo afirmado por uno de los más elocuentes próceres de la Revolución Americana, Patrick Henry; “Hay quienes teniendo ojos deciden no ver y teniendo oídos, no oír. Por mi parte, quiero saber todo cuanto de malo ocurre para tratar de corregirlo”.

¿Quién puede sorprenderse de que Bergoglio se reúna con los genocidas hermanos de La Habana y les lleve regalos en calidad de Jefe de un influyente Estado Ecuménico? Me pregunto, ¿sobre qué habló Bergoglio con los sangrientos tiranos? ¿Quizás de “justicia social”?

¿Habló sobre los “grandes logros” de un sistema totalitario al que evidentemente considera superior a nuestras libertades? Quizás se refirió al “calentamiento global”, tema que discutirá con el Mesías de aquí. ¿Qué planeará hacer con los eminentes científicos quienes en números crecientes ya no comparten sus superficiales y desacreditadas teorías ambientalistas? ¿Lo mismo que con Copérnico y Galileo?

Finalmente, es importante que haga referencia al motivo por el que llamo a Bergoglio por su apellido cristiano y no por el nombre que adoptara como Pontífice. Este punto puede ser comprobado por los amables lectores si consultan con alguien que me conozca personalmente. Existen sólo dos grupos de individuos a quienes me refiero siempre por el apellido. O bien que sean quienes respeto, o aquellos con los que no deseo intimar.

Enviado a nuestros correos por
Adela Fabra
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