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miércoles, 23 de septiembre de 2015

ENRIQUE MELÉNDEZ, LA CARTA DE JAMAICA, ANALISIS HISTORICO

         Mario Briceño Iragorri hacía ver que nuestro proceso de independencia se inició en una forma muy prematura, y en esto habría que reparar que fue más obra del azar; que de la necesidad; si partimos del hecho de que, una vez que Napoleón despoja del trono a Carlos IV y a Fernando VII, “quedamos –dice el Libertador en la Carta- entonces en la orfandad. (…) Todos los nuevos gobiernos marcaron los primeros pasos, con el establecimiento de juntas populares. Estas formaron enseguida reglamentos para la convocación de congresos que produjeron alternaciones importantes”.

         Claro, también hay que reconocer que esa colonización, que ha llevado a cabo España en este continente, ha venido conformando un cierto espíritu de resistencia; ha creado una conciencia de la necesidad, y es cuando comienzan sus elites políticas a formarse con el pensamiento de la ilustración; siendo lo más pintoresco del caso que esta filosofía entra en forma clandestina al país: se utilizan tapas de La Biblia, para forrar libros de Voltaire, Montesquieu: ¿cómo explicarnos la formación de un Juan Germán Roscio, Miguel José Sanz, quienes van a redactar la primera Constitución?
Historiadores como Guillermo Morón colocan a Miranda como uno de los representantes de esa filosofía (“mi Sócrates peruano” le endilgaba madame Delfine de Coustine, su eterna novia), y quien ya para la época abrigaba esa idea de nación única en la América hispánica; que pretendía llamar Colombia, y que es la que desmenuza el Libertador en la Carta de Jamaica, sin mencionarlo a él, por supuesto; demostrando que es imposible formar una sola nación de este conglomerados de pueblos, a pesar de que nos unen lazos comunes: lengua, religión y cultura; partiendo del hecho de las circunstancias geopolíticas en las que se encuentran cada uno de ellos en la extensa geografía del continente sudamericano, y asomando más bien la idea de una confederación de naciones; algo que intenta en el famoso Congreso de Angostura; pero en lo que fracasa, tomando en cuenta que ya para la época no gozaba del mayor consenso, porque produce malicia, a propósito de ansias imperiales.
         Se pudiera decir que nuestros pueblos fueron conducidos de la mano hacia la democracia por las condiciones históricas de la época; como incluso, pretendía el propio Napoleón con España, sólo que su pueblo no lo quería; pues lo único que solicitaban era que le devolvieran a Fernando VII; no había una conciencia republicana en la sociedad española, y la que sí había germinado en estos territorios; pero, precisamente, por esa llegada tan abrupta a la democracia, el Libertador consideraba que habíamos quedado en la orfandad; que todavía necesitábamos ser guiados por una nación que demostrara una cierta perfectibilidad en su sistema de gobierno, y la cual no era otra sino Inglaterra, a su juicio.
         Hay que tomar en cuenta que todavía no se ha escrito la teoría de la subjetividad de Carlos Marx, a propósito del tema del colonialismo y del capitalismo salvaje; que sería complementada con la famosa teoría del imperialismo de Lenin, y, en ese sentido, no había prejuicios. Incluso, el Libertador hacia el año 1826 hablaba de la posibilidad de instaurar una monarquía con un príncipe inglés a la cabeza, y como vio que esta idea no se la aprobaba nadie, entonces optó por redactar la Constitución de Bolivia; donde establecía el concepto de una presidencia vitalicia; ideas que por el momento él abjura en la Carta de Jamaica.
         Marx hace ver que el Libertador no sembró sino anarquía y terror, pero es que eso es, precisamente, lo que más temía él; algo que tampoco Bolívar admite al momento de dictarle la carta a su secretario Briceño Méndez: por el momento lo que concibe son modelos de naciones; pero, eso sí, con la ayuda de Inglaterra, y se asombra, incluso, que esta nación se haga la indiferente, en lo que se refiere a la guerra frenética y sanguinaria que ha desatado España en nuestro continente.
         En efecto, el Libertador toma partido aquí por la Leyenda Negra, en cuanto al enfoque que él tiene de lo que ha sido la colonización española, y, en ese sentido, tiene palabras para “el filántropo obispo de Chiapas, el apóstol de América, (Bartolomé de las) Casas”, reconociendo que él dejó a la posteridad una breve relación de las barbaridades que los españoles cometieron “en el grande hemisferio de Colón”.
         Incluso, por esta vía repasa los casos de una conducta inmisericorde e implacable por parte de los españoles, desde Hernán Cortés, pasando por Francisco Pizarro y Diego de Almagro, hasta Monteverde, Boves y Morillo, con respecto al trato que le debían dar al enemigo, es decir, con los grandes caciques aborígenes, como fueron los casos de Moctezuma y Atahualpa, el llamado derecho de gentes, y los compara con el caso de Napoleón; quien sólo les concede un asilo dorado a Carlos IV y a Fernando VII: una barbarie que mostraba el grado de civilización de España.
         Pero hay algo que también analiza Bolívar en la carta, y es el hecho de la menoscabada nacionalidad, que poseen los nativos de la América hispánica, quienes no son sino españoles de segunda, sin derecho al ejercicio de ciertos cargos, incluso, dentro de su propio territorio, y hasta se permite poner lo que sería un contraejemplo, cuando dice que son más dignos los pueblos de Turquía y Persia, gobernados por “soberanos despóticos”, que nosotros, porque, al menos, estos sátrapas son turcos y persas, “mientras que a nosotros, además de privarnos de los derechos, que nos correspondían, nos dejaban en una especie de infancia permanente, con respecto a las transacciones públicas”.
Enrique Melendez O.
melendezo.enrique@yahoo.com
@emelendezo  

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