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sábado, 26 de octubre de 2013

LEANDRO AREA, A VIVA VOZ, LECTURAS DOMINGUERAS,

En el caso venezolano no ha sido difícil escoger. Y a pesar de tener un criterio previo y definido sobre la materia, consulté a veinte amigos para tener una visión más amplia y equilibrada sobre un asunto de tanta trascendencia
ESCOGER ES UN ARTE, misterio o ciencia. Sensibilidad que se construye y no se apremia. Como el vino. Aunque algunos nazcan con esa distinción;para qué negarlo. En primer lugar los criterios para seleccionar son claves, porque orientan al que trabaja, permiten evaluar el tipo y grado de desarrollo de los instrumentos de análisis. En segundo término, facilitan clasificar al que clasifica, es decir, entender al curioso, evaluar su pensamiento, qué detalles tomó en cuenta, por qué dejó de mirar unas luces y se dedicó a unas sombras. En tercer lugar, qué influencias existieron en su modo de selección, qué de subjetividad, miedo, placer, olvido involuntario. Y finalmente, valoramos el objeto que se escoge o descubre, la razón por su interés, qué hay en él,en nosotros o en mí, que lo hacen elusivo.
ASÍ COMO HACE DÍAS me detuve a pensar sobre la musicalidad con más repercusión social en Venezuela, ahora lo hago sobre las voces masculinas que mayor radio de influencia han tenido en los últimos cincuenta años sobre nuestras vidas. Hablo de cantantes venezolanos con voz que identifican a un país, su manera de ser, de decir y soñar. Por cierto, el poeta Seamus Heaney, irlandés y Premio Nobel de Literatura de 1995, ha dicho en su libro "De la emoción de las palabras", que: "La idea es que la voz es una especie de huella dactilar poseedora de una rubrica constante y singular que, como las huellas dactilares, puede ser grabada y empleada para nuestra identificación". A lo cual agrego que hay voces singulares que representan al colectivo, de lo cual infiero, que palpando esa voz puedo conocer parte del alma nacional. Torciendo el asunto sería como eliminar a Frank Sinatra del "representativo acústico social" de Norteamérica, Edith Piaf del francés, Benny Moré del cubano, Carlos Gardel del argentino, o Marlene Dietrich del alemán.
En el caso venezolano no ha sido difícil escoger. Y a pesar de tener un criterio previo y definido sobre la materia, consulté a veinte amigos para tener una visión más amplia y equilibrada sobre un asunto de tanta trascendencia. Me preguntaron además por qué había escogido ese tema en tiempos tan politizados como los de ahora, y respondí que la sociedad venezolana está huérfana de valores. Se barajaron varios nombres, en una lista que incluyó a Héctor Cabrera, José Luis Rodríguez, Cheo García, Felipe Pirela, Simón Díaz, Mario Suárez, Manolo Monterrey, Gualberto Ibarreto, Alfredo Sadel, Rafa Galindo, Oscar D'León, Ilan Chester, Franco de Vita, Yordano, Ricardo Montaner y otros.
ENTRE ESTOS GRANDES, todos coincidimos, sin la menor duda, en que la voz de Alfredo Sadel es la más emblemática del "representativo acústico social venezolano". Y no es solamente porque haya grabado más de dos mil canciones, recogidas en cerca de doscientos discos de 78 rpm y unos 130 de larga duración editados en diversos países. Y no es tampoco por su trayectoria operática o por su internacionalización visual a través de las películas que hizo, sino porque es el alma de todo lo que hemos sido y llegaremos a ser. Porque su voz nos acoge en una hospitalidad en la que no existe desconfianza o miedo. Ella, esa voz, posee el registro cálido y el afecto que nos identifica y falta. Es una guía, una advertencia.

leandro.area@gmail.com

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domingo, 8 de septiembre de 2013

LEANDRO AREA, VINCENT VAN GOGH EN CARACAS, LECTURAS DOMINGUERAS







 
EN RECUERDO que guarda la memoria, uno de esos barberos de ocasión con que nos tropezamos en la vida, me había insinuado de pasada que comenzara a rasurarme con los ojos cerrados; que navaja y pulso realizarían trabajo preciso y eficiente sin necesidad de mirar, como un pincel en manos de un artista. Razón tendría. Y si en principio no tenía que ver una cosa con la otra, llegó a Caracas Vincent Van Gogh invitado por una de esas cofradías que creen todo posible; y mire usted que lo lograron. Embasurados por otros asuntos del diario trajinar, la noticia pasó desapercibida.

Nos dimos cita en el centro de la ciudad para acceder a su deseo de visitar el casco histórico. Visto de cerca se parecía más a sus autorretratos que a las fotos que se conservan de él publicadas en libros. Llevaba barba, sombrero de paja y su tez parecía bronceada, "como todo holandés que se respete", agregó alguien. Mediría uno ochenta y pesaría setenta kilos. Su mirada era cítrica a pesar del azul de sus ojos profundos. No paseábamos a un turista cualquiera, sino a un ser especial que llamaba la atención, para embarazo nuestro, de transeúntes y vendedores ambulantes. "A que no te tomas una chicha, catire".
SU LEY NO era la charla, aunque mudo no fuese. Así, parte de sus 37 años de vida, la dedicó a la palabra dicha o escrita. No por casualidad fue predicador, aprendiz de santo entre mineros, vendedor de cuadros ajenos, escribidor de cartas que a su querido hermano Theo enviaba persistentemente, en un número no menor a las seiscientas, y que hoy se atesoran en entrañable libro.
Al rato de estar dando vueltas por Caracas nos pidió que fuéramos hacia las faldas del Avila. Por allí, en plan de excursionistas postizos, seguimos la ruta de la Cota Mil. Después de un rato de camino, como si él fuera el guía del recorrido, nos invitó a sentar debajo de un tamarindo en el que pajareaban dos "Cristofué". Nos quedamos esperando sus comentarios que se resumieron en una sonrisa plácida, cómplice y agradecida. Mas la luz, la larga espera que irradiaba en rededor nuestro, y la ansiedad que demostrábamos por saber qué le había parecido el recorrido, lo invitaron a hacer lo que mejor sabía con su mayor lenguaje, y comenzó a dibujar al carboncillo unas líneas valoradas de matiz, un bosquejo sutil e iluminado.
SIN SABER QUE es admirado, que sus cuadros alcanzan cifras astronómicas, y que hay hasta un grupo musical que lleva el capcioso nombre de "La Oreja de Van Gogh", quiso morir un 27 de julio de 1890 por mano propia y finalmente dejó de existir el 29 de julio de ese año. Mañana se cumplen 116 años de ese despecho que todos llevamos dentro. Don Mclean compuso una canción en homenaje a Vincent, que dice en una de sus estrofas: "...y cuando no quedó esperanza alguna a la vista/ en aquella estrellada, estrellada noche/ tú tomaste tu vida, como los amantes hacen a menudo./ Pero yo habría podido decirte, Vincent,/ que este mundo nunca fue hecho para alguien/ tan hermoso como tú".
Lo que no supo explicar aquel barbero del que se hice mención, es que ese aprendizaje sagrado, el de verse morir a uno mismo a través de la muerte de otro, pudiera ser tan doloroso, tan humanamente inhumano, hasta dejarnos íngrimos.
leandro.area@gmail.com

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