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jueves, 9 de febrero de 2012

JUAN CARLOS SOSA AZPÚRUA: UN ELEFANTE ENCADENADO

Si le encadenas las patas a un elefante bebé y lo acostumbras a ser manso, al crecer nunca se sentirá elefante y su comportamiento será el de un ratón. En Cuba y Bielorusia nadie se alza porque la gente se acostumbró a vivir como ratones resignados, sin esperanza, sin fuerza para cambiar.
El rasgo más letal de los sistemas totalitarios es su capacidad para adormecer el espíritu humano, hasta atrofiarlo permanentemente. Estos sistemas son como un veneno aplicado en gotas, lenta y progresivamente van colándose en el espíritu e imperceptiblemente comienzan a modificar la forma del alma, haciéndola de barro para convertirla en una pieza de museo.
Hace unos años, Venezuela conmocionó al mundo con manifestaciones cívicas espectaculares. Las calles vibraban de energía libertaria, la indignación se expresaba con orgullo y valentía. Esa fuerza logró su objetivo, canalizada como un todo depuso al régimen tiránico, abriendo caminos a la libertad. La gente hizo lo que tenía que hacer, los errores posteriores, articulados por un puñado de políticos, militares y empresarios de medios, no deben borrar nunca la virtud del esfuerzo cívico que fue imparable y exitoso.
Pero a partir de los errores cometidos se fabricó una cadena gigantesca que le amarró las patas a la sociedad civil venezolana, dentro de una carpa rodeada de sonidos manipuladores. Estos sonidos se colaron en los corazones y progresivamente fueron sugestionando mensajes que sutilmente mutaban las formas de entender el drama que vivimos, convenciendo a la gente de que la calle no era una opción, que sus esfuerzos eran estériles y que la orquesta debía ser exclusivamente dirigida precisamente por aquellos que frustraron las conquistas logradas, cogollos y empresarios de medios que reiteradamente, con errores voluntarios e involuntarios, han ido apagando las luces de lo posible.
Y pasan los años. Lo que lucía imposible de materializarse, "porque en Venezuela eso no pasará", se ha hecho realidad. Hoy somos una nación de emigrantes, hoy somos una tierra seca donde no crece nada bueno. Las expectativas han ido achicándose, los estándares de excelencia se borraron, caminamos en un país que ya no reconocemos. Y lo más peligroso de todo es que esta tragedia parece no importar. Parecemos una sombra inerte, un árbol muerto que solamente suelta hojas marchitas cuando a diario le dan patadas y le escupen.
Cada día que pasa es un día que retrocedemos, el calendario se paró hace años y cuando se mueve, es para mostrarnos que caminamos al revés. El mundo progresa. Latinoamérica supera estadios primitivos y se conecta con la modernidad. Lo mismo pasa en Asia, Medio Oriente, Eurasia y África. El planeta evoluciona, la ciencia y la tecnología están volando en cohetes supersónicos. Pero nosotros contemplamos todo esto como si fuera una película de ficción, algo inalcanzable. ¿Y porqué nos pasa esto? ¿Qué poción nos dieron de beber para que nuestros espíritus no reaccionen ante tanta frustración, ante toda esta humillación que sentimos en las entrañas?
Las patas del elefante venezolano están encadenadas, y el nudo cada vez necesita apretar menos, dentro de poco, dentro de muy poco, no será necesaria cadena alguna, podremos estar con las patas libres, pero nos quedaremos inmóviles, sintiéndonos como ratones de circo y no como los elefantes gigantes que podríamos ser.
Nada, absolutamente nada, nos obliga a condenarnos al destino que hoy nos marca con un sello mortal, tatuándonos calaveras y morisquetas en cada centímetro de nuestra piel. Hace años que sobran las razones para quitarnos de encima la cadena que nos atrapa. Cualquiera de las mil razones que existen son suficientes para escaparnos de esta carpa de sonidos perturbadores. Alianzas con terroristas, convenios que hipotecan el futuro, salvajes violaciones a cada valor que hace digna la vida.
Pero optamos por cerrar los ojos y taparnos las orejas. Pasan cosas horribles, inaceptables, niños portando fusiles de guerra y hombres que con las armas de la República juran lealtad a una morisqueta humana. Presos inocentes pudriéndose en las cárceles, tantas vejaciones, montañas de violaciones a los más sagrado de la existencia pero no pasa nada. Seguimos metidos dentro de la carpa, con las patas encadenadas, presenciando juegos de magia, pitos y música, retórica y concursos de popularidad, trucos y más trucos, magos y conejos, trapecistas fantásticos y colores, sonidos que embriagan los sentidos, adormeciendo todo los que nos hace humanos y libres. La serpentinas y los payasos, los animales exóticos y las golosinas, todo lo que fluye dentro de esta carpa son dardos venenosos que se nos clavan en el alma, volviéndonosla de barro, preparándola para su exhibición en los museos de la muerte.
Y al presenciar estos actos con la boca abierta y las neuronas cerradas terminamos creyendo que los magos y sus sombreros, en lugar de trucos
nos están dando las respuestas que necesitamos.
El sonido que escuchamos es exclusivo porque todos los demás son vetados, es como si en lugar de mensajes nos estuvieran dando latigazos, pero ya no sentimos dolor, nuestras carnes parecen de plástico, aplaudimos y reímos, cuando deberíamos salir corriendo.
Un dedo metido dentro de un pote con tinta es la versión venezolana del mago buscando el conejo dentro de su sombrero. Esa es la excusa de toda esta parálisis, la justificación perfecta para no ver lo que realmente nos está pasando. Todos encadenados, todos quietos y tranquilos, pasivos espectadores de un acto de magia que lo resolverá todo.
Venezuela ya no es Venezuela. Es más justo, más apegado a la verdad, afirmar que Venezuela es hoy un elefante encadenado. El tiempo pasa. Los años no vuelven. Falta muy poco, escandalosamente poco, para que nos suelten la cadena porque la misma ya no será necesaria.
¿Hay salida a esta condena? La respuesta a esta interrogante solamente puede dársela cada quien en lo más íntimo de su ser, dentro de las cuevas oscuras de su existencia.
Pero me atrevo a darles una pista: rompamos la cadena, solamente rompiendo la cadena podemos salvarnos. Si esperamos a que nos desencadenen, a que el mago en vez de mago sea fuerza real, ese día llegará, pero ya será muy tarde.
El día que sea otro el que nos desencadene las patas, ese día luciremos como elefantes pero nos sentiremos como ratones. Si esperamos a que ese día llegue, ese día llegará. Y cuando salgamos de la gran carpa, encontraremos la nada...
¿y qué haremos entonces?
Probablemente pediremos que nos metan otra vez en la carpa...y allí dentro encontraremos nuestro circo y experimentaremos que el destino nos regalará su último truco, volviéndonos la vida un soplo de nada para que vivamos como si estuviéramos muertos...un cruel y merecido acto final, la magia que tanto esperábamos se habrá hecho realidad, pero no de la forma que alguna vez soñamos.
Rompamos esta cadena antes de que la magia del circo nos regale su secreto. Rompamos esta cadena, recordemos que somos capaces de hacerlo, que nada ni nadie haga que olvidemos que podemos hacerlo...seamos libres.

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viernes, 22 de julio de 2011

ZENAIR BRITO CABALLERO: “CREAR UN PAÍS DEL TAMAÑO DE NUESTROS SUEÑOS”

Cuántos años llevamos los venezolanos atrapados en nuestro atraso, atrapados en un círculo vicioso que impide que este país a pesar de gozar de las aguas del Atlántico, del Mar Caribe, de las aguas del Macizo Guayanés. Del Lago de Maracaibo, de lagunas y quebradas, de la inmensidad del llano, de la majestuosidad de los Andes, de los médanos de Coro, de la Isla paradisíaca de Margarita, del oro y otros minerales, del petróleo, de genialidades en la pluma, en las artes plásticas, en el deporte, y un pueblo diverso de negritudes mezcladas, indígenas, mestizos, zambos, negros, indios, blancos, de inteligencias silvestres, no haya vislumbrado el camino del desarrollo, porque éste se distorsiona por los apetitos ávidos que haciendo uso del poder lo han desangrado.
No continuar hablando de la corrupción que galopa en Venezuela en estos momentos sería desafortunado,  puesto que durante  doce años el tema es el pan nuestro de cada día  aunque somos distraídos con otros temas, entre comillas, relevantes en el momento. Se gasta tiempo peleando contra la oposición, contra los empresarios, contra, la iglesia, con otros países vecinos y muchos enemigos creados especialmente para distraernos. Esta práctica no es novedosa en este gobierno socialista-comunista, los escándalos y los temas acuñados muchos de ellos por los medios de comunicación no son sino cortinas de humo, y es así como si se continúa hablando de corrupción, abramos los ojos amigos lectores y no los mantengamos cerrados.
A mí particularmente  no me atraen muchos de los precandidatos de la oposición que se medirán en las primarias, y aun no se por quien votaré en las elecciones presidenciales del 2012. Me parece que muchos de ellos tienen un discurso politiquero, populista y demagógico muy parecido al del gobierno socialista-comunista, que promete y promete, peroooo…. no cumple. Sin embargo estoy algo asombrada, varios de ellos han tocado últimamente un tema que puede ser, si se afronta, el pilar para acabar con males históricos que en la actualidad van de la mano y se alimentan de la corrupción; “el  partidismo sin corrupción en el Estado que se diezma y la delincuencia sin inequidad se queda sin banderas, los dineros sin control como los producidos por el matraqueo y las contrataciones por amiguismo y compadrazgo rojo-rojito quedarían sin funcionalidad”
Esto me recuerda la frase que desde la época de Bolívar se escucha, “crear un país del tamaño de nuestros sueños”. Que difícil llevar a la práctica este sueño cuando la inteligencia se convierte en astucia para desangrar, robar, desvalijar, desplumar y atracar un país como lo han hecho los que se dicen bolivarianos y revolucionarios, los cuales metieron la mano en el erario público y los que nos hacemos de la vista gorda  y no abrimos los ojos cuándo vemos que ellos lo hacen.
Un gran pensador  y filósofo español como lo es Fernando Savater dijo: “La corrupción es inherente al ser humano”, eso no se lo discuto, los seres humanos somos sagaces, pero para eso un señor filósofo francés llamado Juan Jacobo Rousseau invento el contrato social. Y este último es el que se ha perdido en Venezuela, ya no hay control social, ahora hay complicidad social y más en este gran país que se lo devora históricamente. Abramos los ojos. Lo de la corrupción no es un discurso, sobre ella no se argumenta.

britozenair@gmail.com

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