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sábado, 2 de noviembre de 2013

CARLOS ALBERTO MONTANER, LA PSICOPATOLOGÍA DE LOS CENSORES

En memoria de Agustín Alles, buen periodista y buen amigo

En foros como éste (Sociedad Interamericana de Prensa, Miami, FL 30-11-2013), generalmente, y es una labor muy útil, se suele hacer una descripción detallada de cuáles son los peligros que acechan a la libertad de prensa, quiénes son sus más encarnizados enemigos y cuáles son las deplorables acciones que realizan.

No obstante, voy a acercarme al fenómeno desde una perspectiva diferente: ¿por qué sucede? Es decir ¿por qué hay gobernantes que requieren del aplauso absoluto de la sociedad?  ¿Por qué hay personas que necesitan silenciar a sus opositores y construir un mundo irreal de apoyos, como aquellas “Aldeas Potemkin” que se construían en Crimea para persuadir a la implacable zarina y a quienes visitaban a Rusia de que en el enorme país se vivía una realidad espléndida y próspera?

¿Por qué estos gobernantes dedican enormes recursos a la innoble tarea de edificar sociedades corales que repitan mecánicamente el discurso oficial, y con el objeto de lograr esa extraña conducta de los asustados ciudadanos, convertidos en súbditos obedientes, están dispuestos a crear estados policíacos dedicados a vigilar y confirmar que todos suscriban las mismas ideas y a castigar a los que se desvíen del guión obligatorio?

¿Por qué el gobierno de Cuba, y en menor escala (todavía) los de Venezuela y Nicaragua, impiden las manifestaciones de los opositores y las enfrentan con actos de repudio orquestadas por la policía política para acallar las voces de protesta, como si la unanimidad fuera un comportamiento normal, cuando sucede exactamente lo contrario?

¿Por qué se presentan los actos de repudio, esos pogromos modernos, como si fueran expresiones espontáneas de la sociedad ofendida por los disidentes, cuando todo el mundo sabe que se trata de manifestaciones de odio organizadas y dirigidas por el grupo dominante para aplastar o silenciar la inconformidad de ciertas personas y, de alguna manera, para ratificar el supuesto apoyo mayoritario que tienen el líder supremo y su gobierno?

¿Por qué hay gobernantes que necesitan tener razón siempre, y, cuando no la tienen, ocultan la realidad, deforman los hechos y convierten la divulgación de la información que los contradice en un delito de lesa patria?

¿Quién puede creer en la neurótica uniformidad de Corea del Norte? ¿No se ha visto, tras la caída de todas las dictaduras, las de derecha e izquierda, que esos regímenes monolíticos, empeñados en mostrar panoramas sociales y políticos uniformes, son pura coreografía dirigida por los comisarios políticos?

En definitiva: ¿por qué ocurre este comportamiento anómalo?

La primera observación, bastante obvia, es que, generalmente, detrás de cada dictadura suele haber un caudillo. Es cierto que, en algunas oportunidades, más bien raras, son dictaduras institucionales que renuevan cada cierto tiempo la cabeza dominante, como sucede en la China postmaoísta, que hoy es algo así como un despotismo capitalista salvaje, pero lo usual es que al frente de ese tipo de Estado exista una figura descollante, un mono alfa que determina la mayor parte de las acciones que se toman.

La segunda observación es que esa criatura que encabeza al Estado y se confunde con él y con el partido de gobierno, incluso con la historia, donde presume que arraiga su legitimidad, suele ser un tipo intolerante con la crítica. Persigue a quiénes tienen opiniones diferentes, trata de aplastar a quienes lo juzgan negativamente, y da por sentado que cualquier desviación de la línea oficial, o incluso cualquier omisión de los aplausos y halagos habituales que cree merecer, son obra de una oscura conspiración pagada por extranjeros malvados y ejecutada por canallas incalificables que traicionan los intereses sagrados de la patria.

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué, por sólo citar algunos dictadores, Fidel Castro, Evo Morales, Rafael Correa, Rafael Leónidas Trujillo, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, José Stalin y tantos otros caudillos dictatoriales, carecen de tolerancia a la crítica?

A Fidel Castro lo llaman Máximo Líder, y se sabe que una de las “causas” que le llevó a fusilar al general Arnaldo Ochoa, o a sacar del poder sin contemplaciones a Carlos Lage y a Felipe Pérez Roque, fue descubrir, por medio de su servicio de inteligencia, que se burlaban de él.

Adolfo Hitler era el Führer, el Líder. Benito Mussolini era Il Duce, palabra derivada de dux, una especie de general. Mao era “el Gran Timonel”. El dominicano Rafael L. Trujillo, uno de los más feroces y temidos, se hizo llamar Generalísimo, como Francisco Franco, y le puso su nombre a la capital del país para equipararse con George Washington. En las casas se colocaban retratos del dictador con una leyenda: Dios y Trujillo. Contradecirlo era como contradecir a Dios.

Por supuesto, esta veneración, generalmente inducida, se escuda en la necesidad de defender a la revolución, a la dignidad del país o a la majestad del cargo que se ocupa, pero la realidad es que se trata de una conducta relacionada con la psicología del caudillo autoritario. Todos ellos coinciden, en mayor o menor grado, en lo que hoy se llama “liderazgo narcisista”.

El narcisista necesita que lo adoren. Vive para eso. Su autoestima se alimenta insaciablemente de la pleitesía que le rinden. La función de los demás mortales es confirmarle constantemente el inmenso talento que posee, la infalibilidad de sus juicios y la generosidad sin límite de sus intenciones.

El líder narcisista no puede aceptar las opiniones contrarias. Le provocan estados de rabia. Freud, hace casi un siglo, percibió el fenómeno de la intensidad con que los narcisistas sufren las críticas y le llamó la “herida narcisista”. El juicio negativo había dejado de ser sólo eso, una opinión adversa, y se consideraba una ofensa terrible que había que lavar con sangre o con un castigo ejemplar. Frente a la “herida narcisista”, surgía lo que Heinz Kohut, el gran renovador del psicoanálisis y el mayor experto en las personalidades narcisistas, mucho más tarde, en 1972, llamó la “rabia narcisista”. 

Esa rabia, cuando el que la padece y expresa (sobre todo expresa) es el líder narcisista autoritario, tiene dos funciones clave en el ejercicio del poder: opera como un gran elemento de intimidación dentro de la cúpula gobernante y se convierte en la antesala del castigo a quien se ha atrevido a retar la autoridad suprema del caudillo. El miedo, pues, se torna en el gran cohesivo de ese tipo de sociedad tiranizada. El caudillo autoritario, además, siente placer cuando advierte que las personas de su entorno lo temen tan pronto les enseña los colmillos. Ahí radica una de sus más preciadas gratificaciones emocionales. Se “sacrifica” en el ejercicio del poder para gozar del temor de sus subordinados, paradójicamente expresado por medio de aplausos y vítores.

Un perfecto ejemplo de cómo gobierna el caudillo narcisista autoritario y el papel que desempeña la rabia en el control de la clase dirigente, puede verse en la extraordinaria película La caída, sobre los últimos días de Hitler en el búnker donde encontrará la muerte por su propia mano, film fue concebido sobre el testimonio de una persona que vio y relató lo acontecido (http://www.youtube.com/watch?v=E-d0EBVKSMo).

Aquellos aguerridos generales con mando de tropa se morían de miedo ante los ataque de rabia de Hitler. Todos coincidían en que la guerra estaba perdida. Casi todos estaban dispuestos a rendirse, pero Hitler, pese a los síntomas de que era un tipo desquiciado, aquejado por temblores inducidos por los medicamentos que tomaba, o por un precoz mal de Parkinson, los intimidada con sus gritos y ellos callaban, pero apenas lo contradecían. No se atrevían.

Hitler, además, trataba de controlar personalmente los detalles de la guerra. Era y es otro rasgo frecuente en los narcisistas autoritarios. Son lo que los psicólogos llaman control freaks, una expresión que acaso puede traducirse como “maniáticos del control tiránico”. Son gentes que sienten un íntimo desprecio por los otros y sospechan de sus habilidades para llevar a cabo las tareas. Sólo ellos tienen el talento que se requiere para dirigir. Por eso, entre otras razones, tienden a querer perpetuarse en el poder. Nadie puede sustituirlos.

Ese elemento de control maniático y tiránico presente en la psicología del narcisista autoritario lo lleva a tratar de aislar a la sociedad para que no se exponga a los juicios negativos sobre su persona. De la misma manera que no cree en el talento o la habilidad de sus subordinados para llevar a cabo su trabajo sin la supervisión directa del caudillo superdotado, tampoco cree que la sociedad sea capaz de formular juicios justos independientes sobre su persona. Esa es la íntima justificación de la censura que tienen los narcisistas autoritarios. El pueblo, supuestamente, no es capaz de discernir la verdad de la mentira y hay que protegerlo con una espesa capa de silencio.

Es obvio que a nadie le gusta que lo ataquen o insulten, pero en el comportamiento del líder maduro democrático está la aceptación del rechazo y de la crítica adversa como parte normal del ejercicio del poder. Esos ataques ni siquiera determinan el nivel de aceptación general porque el conjunto de la sociedad realmente sí es capaz de entender que las críticas muchas veces son expresiones subjetivas de los adversarios políticos que no es necesario compartir. A Franklin Delano Roosevelt lo atacaron con saña algunos de los opositores más talentosos, pero esos ataques no consiguieron impedir que ganara cuatro elecciones presidenciales. Lo mismo puede decirse del general DeGaulle y de Winston Churchill. Vivieron rodeados de enemigos. Fueron vivamente criticados por unos y admirados por otros, como corresponde a la pluralidad natural de todos los conglomerados humanos.

Una de las ceremonias más importantes de exorcismo político en Estados Unidos es esa fecha anual en la que el presidente del país se reúne con los periodistas más ácidos y los humoristas más agudos para oír sus ingeniosas ironías y sarcasmos. Todos se burlan de él y él acaba por burlarse de sí mismo, terapia de realidad que liquida o combate cualquier vestigio de narcisismo que pudiera afectarle. Es una forma de recordarle al presidente que es sólo un americano más, provisionalmente seleccionada para cumplir una misión dentro de las leyes del país.

Sin duda, una parte importante del proceso de maduración de los adultos sanos consiste en entender que no tienen que ser universalmente amados o admirados, porque la percepción del rechazo no deben afectar la autoestima. Y parte de la educación de esos adultos sanos y maduros incluye aprender a tratar con respeto a las personas que no les gustan, factor clave de la conducta tolerante.

Sencillamente, los narcisistas autoritarios no son adultos maduros, sino personalidades psicopáticas, fundamentalmente intolerantes que, por diversas razones difíciles de precisar, no desarrollaron adecuadamente sus zonas emotivas. Necesitan el aplauso. Necesitan controlar. Necesitan infundir pavor. Necesitan gobernar para siempre.

Es absurdo silenciar los medios de comunicación para evitar que expresen opiniones negativas sobre los gobernantes. Esa actitud, que es la de todos los narcisistas autoritarios, es la mayor prueba de que se está frente a mentes enfermas que no debieran ejercer la autoridad porque carecen de tres de los rasgos psicológicos esenciales en todo buen gobernante: la prudencia, la humildad y la tolerancia.

Las personas realmente sabias conocen sus limitaciones y deben ser capaces de admitir errores, revocar decisiones y rectificar rumbos. No hay la menor grandeza en la terquedad patológica que refleja la vieja frase española de los hidalgos del siglo XVI: sostenella y no enmendalla. Sostener el error antes que enmendarlo, batirse a duelo antes que pedir disculpas por una actuación incorrecta, es una imbecilidad perfecta, propia de gentes inmaduras.

Quizás, una de las fórmulas para protegernos de la censura sea identificar a los narcisistas autoritarios antes de que lleguen a posiciones en las que pueden hacernos daño. Hay que aceptar, melancólicamente, que la política tiene mucho de psiquiatría, y parte del éxito consiste en vacunar moralmente a los electores para que entiendan el peligro de entregarles el poder a sujetos dominados por el amor incontrolable a sí mismos.

Hay que crear, además, instituciones que impidan el triunfo de estos perturbados o, si llegaran al poder, que sean capaces de sujetarles las manos para que no nos perjudiquen por largos periodos.  

Hace más de un siglo el peruano González Prada afirmaba que la política a veces era una actividad de botica y manicomio. Creo que acertaba.

montaner.ca@gmail.com

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miércoles, 17 de octubre de 2012

RÓMULO LANDER HOFFMANN, ABSOLUTISMO DEMOCRÁTICO

Que las democracias Latinoamericanas han involucionado, no tiene discusión.
La aparición de nuevos gobiernos seudo socialistas, con cuasi dictadores ídem, o con aspiración a serlo, son un hecho notorio.
Revisando el porque o como de este fenómeno, nos encontramos con que a través de la falsificación de las matemáticas; usando el método de la “Absolutizacion de las mayorías”, han logrado “CONVENCER” a la minoría relativa electoral, de que algo mas de la mitad, dentro del universo que ejerce efectivamente el voto, termina siendo igual al cien por ciento del universo elector total. Mientras que la restante casi mitad de equivale a CERO.
Este, obviamente, desde el principio, ha sido el método escogido por el gobierno de Hugo Chávez, en una muestra de desprecio total de lo que las minorías representan como parte de las mayorías Y, sin importarle en lo absoluto la legimitizacion voluntaria.
Todo esto viene a colación por los mas recientes acontecimientos alrededor de la ultima elección en los que apenas finalizada la contienda y como primera declaración “oficial” Chávez nos espeto: Quienes votaron por mi, votaron pos mas socialismo”!!, es decir que cualquier esperanza de que la propiedad privada, los derechos individuales, la libertad de acción están descartados y que cualquier actitud que se asemeje a disidencia con el nuevo pensamiento único seguramente será severamente penalizada.
Entre líneas, Hayek plantea que la libertad individual política depende de la libertad individual económica y utilizando este razonamiento, desarrolla y explica en su obra: “Camino de la servidumbre”, que no hay posibilidad alguna de que la democracia exista si no hay libertad económica y la declaración de mas socialismo no va precisamente en esa dirección.
La mayoría “Absoluta” utilizada en sentido populista, no es para sus integrantes más que una abstracción. La cual, es hábilmente manejada por “lideres” que en principio fueron electos democráticamente y que paulatinamente se van alejando de su origen “democrático”.
Estamos en presencia de la perdida de la mas grande oportunidad de un cambio real jamás habida para nuestra patria después de la independencia. Es triste ver como en aras de la persecución del sueño que alguna vez tuvo Castro y que nunca logro justamente por lo falaz de su oferta y sobre todo de su intención, se nos escapará de las manos la posibilidad de darle a nuestra gente, la calidad de vida que se merecen por ser ellos el resultado de los sueños del Libertador.
Creo después de esta re-re-re elección falta poco para que escuchemos la infeliz frase de Luís XIV: “EL ESTADO SOY YO”. En ese momento, habrán muerto las reencarnaciones de Bolívar y Zamora y el pensamiento contructivista habrá regresado.
Amanecera y Veremos.
rlander48@yahoo.com

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miércoles, 25 de julio de 2012

PACIANO JOSÉ PADRÓN VALLADARES, TAL VENTAJISMO PODRÍA NO SER VENTAJOSO

         El candidato del pasado hace del absolutismo su manera de gobernar, absolutismo que es del ayer, si bien quedan reminiscencias como la de Fidel en Cuba, Ahmadineyad en Irán o la del primitivo Mugabe, en Zimbabwe. No descubro la pólvora al afirmar que el Presidente Chávez domina a su antojo los poderes públicos, que están de rodillas ante su omnipotencia, sacando ventaja para sí y los suyos. El ventajismo se hace repulsivo e irritante por su descaro, al chocar contra la equidad e igualdad, que siguen siendo valores para la mayoría de nuestros conciudadanos. Tal ventajismo -brutalmente desmedido- puede no ser ventajoso para el usurpante,  se puede revertir contra él, y en mi percepción es lo que está ocurriendo.

         “El Estado soy yo”, Chávez dixit como Luis  XIV en su época. Al creer ser el Estado, él impone normas, ejecuta como quiere y sin control, y él mismo dicta justicia, siendo la condena a priori de la juez Afiuni uno de los casos más sonados. A pesar de que la Constitución de la República establece que “Cada una de las ramas del Poder Público tiene sus funciones propias” (Art. 136),  él las ejerce todas, sin importarle que la “autoridad usurpada es ineficaz y sus actos nulos” (Art. 138). Chávez, al creerse ser el Estado, hace uso de los dineros y bienes públicos como le viene en gana, con prescindencia de la ley, y pone al servicio de su campaña los bienes públicos de los venezolanos.

         El Presidente ignora que “La Administración Pública está al servicio de los ciudadanos y ciudadanas” (Art. 141) y que los funcionarios “están al servicio del Estado y no de parcialidad alguna” (Art. 145). Tal vez no desconoce la letra de la norma constitucional, sino que creyéndose el Estado entiende que los funcionarios públicos están a su servicio; por eso el ingreso de estos a la función pública no se hace por concurso “fundamentado en principios de honestidad, idoneidad y eficiencia” (Art. 146), sino por la lealtad al “empleador”.  Aquello de que “Los cargos de los órganos de la administración pública son de carrera” suena a lejos. ¿Desde cuándo no escuchamos hablar de cargos de carrera en la administración pública?

         Todo funcionario público es tratado como militante de la causa reeleccionista del candidato del pasado, obligándosele a actividades proselitistas. No son solo los funcionarios los que le pertenecen, sino también los bienes públicos. Desgraciadamente ya se ve como normal que Venezolana de Televisión y la Radio Nacional, así como todos los otros medios de comunicación social propiedad del Estado, solo sirvan para propaganda del candidato del pasado, quien utiliza carros, aviones y todos los bienes muebles e inmuebles de los venezolanos en su beneficio electoral. Con la soberbia de quien se aferra al poder -no sin miedo a perderlo- vociferaba recientemente “las cadenas seguirán”, “me encadeno cada vez que me da la gana”, alegando que es necesidad del Estado informar, aunque lo que hace es propaganda ideológica y política.

         Su descaro lo lleva a hablar de “mi Fuerza Armada”, como si soldados y oficiales, junto a cañones, barcos y aviones fueran su propiedad. El ventajismo lo lleva a dominar el CNE, al punto de ordenarle dejar a los 20 mil electores venezolanos en Miami sin centro de votación local. Dispone de la economía del país como si fuera su bodega. Dice que “entramos al MERCOSUR”, cuando lo que se vislumbra es que “MERCOSUR entre a Venezuela”, y los productos de sus países miembros inunden nuestros mercados, pudiendo llevar nuestra maltrecha producción definitivamente a la tumba.

Me aventuro a asegurar que  el ventajismo de Chávez le será desventajoso. Le saldrá el tiro por la culata. Tanto descaro, tanta injusticia y desigualdad nos hace hervir la sangre. Saldremos a votar, lo que significa el fin de este autoritarismo propio del pasado.  E-Mail: pacianopadron@gmail.com. Twitter: @pacianopadrón.

E-Mail: pacianopadron@gmail.com
Twitter: @pacianopadrón

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viernes, 22 de junio de 2012

VENECONOMIA OPINA, CRUZARÁ “LA BARRERA DEL NO RETORNO”

Si en algo ha sido “eficiente” el Gobierno de Hugo Chávez es en menguar al extremo la institucionalidad democrática, en supeditar los poderes públicos a su deseos y en reducir a una trágica parodia al sistema de Justicia y al Estado de Derecho de Venezuela.

Tal es el “éxito” obtenido que no existe en el país instancia independiente o autónoma donde el ciudadano pueda acudir con la certeza de que obtendrá una respuesta o veredicto ajustado a derecho y siguiendo el debido proceso, especialmente si se refiere a la vulneración de libertades económicas, políticas y sociales por parte del Gobierno Nacional.
El único camino que le queda al venezolano para obtener Justicia son los entes internacionales defensores de los derechos humanos, políticos, civiles y económicos a los cuales Venezuela se suscribió en la era democrática cuando, coincidencialmente, el mundo presenciaba uno de los grandes fenómenos del siglo XX: La busqueda concertada de las naciones de sistemas globales de justicia supranacionales para garantizar en todos los confines del Globo, la paz y la seguridad, el respeto al regimen de derecho, el desarrollo económico, social y los derechos humanos. La viabilidad y la búsqueda del bien global de todos estos entes y acuerdos implica necesariamente que los estados que las suscriben renuncien a parte de la soberanía nacional, tal como hizo Venezuela en cada oportunidad que firmó alguno de estos acuerdos.
Lamentablemente en estos más de 13 años de la era de Chávez, un mal entendido concepto de independencia y soberanía nacional, el odio gestado contra el “imperio”, y otras desviaciones de tipo político han llevado al Ejecutivo Nacional a buscar excluir al país de ese concierto internacional y regional.
Desde hace más de un quinquenio Venezuela no pertenece a la Comunidad Andina de Naciones, por caprichos presidenciales, dejando en el limbo legal muchas de las relaciones comerciales con países vecinos.
Recientemente, el mandatario anunció su decisión de salirse de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIADH) de la Organización de Estados Americanos, tratando de evadir las sanciones impuestas por sus continuadas violaciones contra los derechos humanos y libertad de información, la mayor parte de las cuales Chávez ha incumplido.
La semana pasada, voceros del Gobierno chavista adelantaron las intenciones de retirar al país de la Organización internacional del Trabajao (OIT), precisamente a pocas semanas de que, vía Decreto-Ley Habilitante, Chávez promulgara una Ley Orgánica del Trabajo que no cumple con las mínimas exigencias de esta Organización en materia sindical, de participación de los trabajadores y otras.
La tapa del frasco la puso la Fiscal General al proponer que se revisara el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, con sede en La Haya, que establece responsabilidades penales y sanciones individuales por crimenes de agresión, lesa humanidad, genocidio o crímenes de guerra.
Todo esto, y más, es lo que se propone cumplir Chávez, si es reelecto el 7-O para el sexenio 2013-2019, con su segundo Plan Socialista de la Nación, con el cual traspasaría “la barrera del no retorno”.      
http://www.veneconomia.com/site/index.asp?idim=2

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martes, 6 de marzo de 2012

NARCISO GUARAMATO PARRA: EL ESTADO

Toda doctrina económica, tiene implícitamente una visión muy específica de cómo debe estar organizado el Estado y del alcance que debe tener sobre la economía. Desde un extremo liberal que apoya al mercado como mecanismo de producción y distribución,  en que el Estado debe ser lo más reducido posible hasta el otro extremo socialista en que el Estado es el todo poderoso de tomar las decisiones.

Pero ¿Qué es el Estado? ¿Quiénes lo conforman? ¿Cuáles son sus funciones? Estas preguntas deben tener una respuesta clara antes de discutir cualquier forma de producción de bienes y servicios. Son muchas las personas que confunden gobierno con Estado, como fue el caso del Luis XIV, Rey de Francia, a quien se le atribuye aquella expresión, himno al absolutismo: “El Estado soy yo”.

Como lo explican, Francisco J. Virtuoso (Rector UCAB) y Hildebrad Breuer (Lic. En Estudios Internacionales) en su trabajo denominado: “Estado, gobierno y sociedad, que es parte del libro. “Buenos Gobiernos Locales, caminos para promover una gestión pública corresponsable” (Centro Gumilla, Dic. 2011). El Estado como sistema de organización política tiene aproximadamente  400 años de historia y se concibe como capaz de “garantizar el orden y la seguridad necesarios para el goce efectivo de los derechos de las personas. Es visto así, el único camino disponible para escapar del estado de la naturaleza”.

El Estado surge de la voluntad o decisión de una parte de la ciudadanía, de “… un número reducido de hombres a quienes se confía el poder legal de formular sus mandatos”. En referencia a su organización y funciones, estas se conciben como un conjunto de instituciones, leyes y reglas de juego, que tienen como principal característica la transcendencia en el tiempo sobre el hombre. El Estado venezolano está conformado por 5 poderes: El Ejecutivo, El Legislativo, El Judicial, El Electoral y El Poder Ciudadano (art. 136 de la Constitución).

Es una organización evolutiva, que continuamente tiene que adaptarse a las nuevas visiones, legislaciones, creencia, nuevas formas de propiedad, etc. “En los Estados de hoy en día, el consentimiento, se dice, es la base, por lo que el tema de la autonomía de los ciudadanos, y de la ciudadanía misma como cualidad (…) No es fruto del poder del más fuerte; es consecuencia del acuerdo de las voluntades de los asociados, de ahí que sea elevado a ente de razón, y únicamente en éste el hombre realiza plenamente su naturaleza de ente racional”.

El artículo 3 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela señala lo siguiente: “El Estado tiene como fines esenciales de defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes consagrados en esta Constitución.”

Por lo antes expuesto y a diferencia de Luis XIV, nos atrevemos a decir “El Estado somos todos”.

guaamatoparra@gmail.com
@guaramatoparra

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