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jueves, 24 de abril de 2014

ENRIQUE MELÉNDEZ, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

       
Matthias Stomer: "Joven leyendo a la luz de al vela"
 
Lo más grande del Gabito (así le decía su hermano Gustavo, a quien conocí personalmente, y quien acaba de fallecer en Bogotá) fue que nos puso en contacto con el mundo de la literatura; sobre todo, a una generación de jóvenes que estudiábamos en ese momento en los liceos; porque hay que reconocer que estamos ante una prosa muy fluida, y con una imaginación muy desbordada; que da con eso que se conoce como “realismo mágico” (ganas de mentir, como lo reconocía el Gabo, a la manera como lo hacía su abuela); bien nutrido con la teoría estética, relativa a la novela; cuya discusión había arrancado con el surgimiento de la vanguardia artística, que se venía conociendo desde finales del siglo XIX; alcanzado su cénit hacia la década de 1920, década conocida como la de “los años locos”, especialmente, en escritores como William Faulkner, de quien el propio Gabo se sentía deudor; procediendo, por lo demás, éste de una sociedad muy ilustrada, como era la sociedad colombiana; el antiguo virreinato de Nueva Granada, permítanme remontarme a la historia, y con una tradición literaria indiscutible, como se había demostrado con el caso de la novela “María”, de Jorge Isaac; que también llegó a convertirse en un fenómeno masivo de literatura en nuestra América, y como nos decía Adriano González León en sus clases, cuando cursábamos Comunicación Social en la UCV, había puesto a leer aquellas páginas, impregnadas de lirismo romántico latinoamericano, a nuestras abuelas “a la luz de faroles”.

         Ese mismo fenómeno del Gabo se tradujo en lo que se conoció como el boom de la literatura latinoamericana, y en el cual sobresalían una serie de figuras, que constituían la novedad de las letras hispanoamericanas; pero, además, encarnaban una apariencia que más bien los ligaba con galanes de cine, como eran Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, a este último decía Tomás Eloy Martínez que le llamaban en Argentina Greta Garbo, “por lo bella y distante”, que le decían a ella; de modo que había llegado la hora cumbre de la novelística, y se daba en esta región del mundo, reconociendo a esta gente como “chef d´oeuvre” en esta materia, en cualquier escenario de discusión de temas de estética; yo diría que aquello constituía una especie de canto de cisne de este género de literatura; pues a partir de este momento la figura del escritor de romance, digamos, iría pasando a un segundo plano, dándose el caso como el que me contó un amigo mío, de que a su hija ya no le dice nada el Gabo.
         Porque a través de esta gente nosotros nos pudimos remontar hacia autores mayores, que habían sido sus maestros; como sería el caso de Faulkner y Hemingway, creo que alguna vez el Gabo dijo que también le debía mucho a éste; James Joyce, Marcel Proust, Tomas Mann, Franz Kafka; que habían sido los grandes revolucionarios de la novela, y esto porque eso que se conoce como La Ilustración, había invadido también la teoría estética, relativa a la novela; el filósofo marxista George Lukacs, incluso, escribió una obra titulada “Teoría de la Novela”, y esto, porque como lo demostrará Milan Kundera más adelante, este género literario se transformará en una alternativa de saber, a propósito de la hegemonía que ejerce para ese momento en este terreno la ciencia; pues no se olvide que eso que se conoció como positivismo hasta le rindió culto a la ciencia; en un momento en que se pensó que esta era la gran diosa del universo; sobre todo, a partir de los números y los aciertos de la matemática.
         Eso significa que la novela se vino a erigir como una especie de contra-saber; subversivo, además, según Kundera; dejó de ser un medio para la diversión, llamado a despertar grandes emociones, como había ocurrido con la novela romántica; para transformarse en vehículo para la reflexión filosófica; aunque en la misma no dejaba de colarse el conocimiento científico, como sería en el caso de Joyce con su novela “Ulises”, y donde hay mucho del psicoanálisis de Freud; pero donde se observa ese deslinde, como decía, de la novela romántica, en el sentido de que éste rompe con la manera de estructurarse, precisamente, el relato; que es cuando entra a la literatura el monólogo interior; que se combina en la novela de Joyce con un narrador omnisciente; pero sí muy presente en Proust, aunque este último muy alimentado, además, de la filosofía de Bergson: un pensador francés con una excelente pluma. Una reflexión que sí estará presente en Mann, aunque éste nunca asumirá el monólogo interior; al igual que el Gabo; quienes apelan al narrador omnisciente; combinado en el caso del Gabo con una especie de monólogo interior, partiendo del hecho de que Cien años de Soledad comienza en la mitad del relato, y que a partir de allí se inicia una evocación de una serie de hechos, que lleva a cabo el personaje principal de la novela.
         Lo digo con toda honestidad: si me dieran a escoger entre una obra del Gabo, y una de Octavio Paz, me quedaría, sin duda alguna, con la de este último; en especial, porque siento que en la estética de la novela del Gabo prevalece un cierto imaginario tercermundista; del cual se exorciza Octavio Paz; sobre todo, porque refleja una muy baja autoestima, a propósito de nuestra condición de latinoamericanos, y que fue lo que lo llevó a identificarse durante muchos con un tirano de la estatura de Fidel Castro, quizás, por una cierta tendencia a la abyección que se da en el espíritu de ese tercermundismo; sólo por la atracción que ejerce sobre ellos un demagogo muy brillante, con una comedia de revolucionario; traducida dicha tendencia en el cinismo con el que salió aquella vez, cuando la comunidad internacional le pidió que condenara un fusilamiento, ordenado por Castro a unos balseros; que él había ayudado a mucha gente a escapar de Cuba; dando a entender que por encima de todo estaba su amistad con el sátrapa; que fue lo que no le perdonó su colega gringa Susan Sontag.

Enrique Melendez O.
melendezo.enrique@yahoo.com
@emelendezo

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