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lunes, 2 de septiembre de 2013

ANTONIO JOSÉ MONAGAS, ESTADO MAYOR PARA LA CORRUPCIÓN, PIDO LA PALABRA, VENTANA DE PAPEL

El régimen descargó su resentimiento maquinando formas espurias de ejercer el poder a su máximo expresión, empeorándose las esperanzas de un pueblo que no dejará de aguardar lo que la democracia es capaz de depararle.

ESTADO MAYOR PARA LA CORRUPCIÓN

La exigua interpretación de conceptos que validan la democracia como sistema político de gobierno, o la deliberada intención de manipular realidades políticas bajo esquemas verticales que dificulten la disidencia como forma de distender y resolver los problemas que no tienen solución consensual, dan cuenta de modelos de gobierno que utilizan el militarismo como forma de imponer proyectos político-ideológicos dirigidos a conjurar la heterogeneidad como razón de un desarrollo económico y social que garantice un futuro promisorio.

La obstinación del actual régimen por continuar concentrando el poder político con fines perversamente populistas, logró modificar la composición del sistema político venezolano de los últimos cuarenta años al colocar en el centro del mismo al estamento militar. Quizás, la influencia histórica marcada por la connotada presencia de los ejércitos latinoamericanos antes de la insurgencia del poder civil, tal como lo expresa Alain Rouquié, politólogo francés, pudo constituir un aliciente que indujera a aumentar desmedidamente la injerencia de la esfera militar en asuntos de dirección del Estado venezolano. Amén de la condición militar de quien asumiera la presidencia de la República en 1998, Tte. Cnel. Hugo Chávez. A tal punto ha sido así, que el régimen ha intentado forzar algún grado de gobernabilidad aupando la participación de militares tanto en espacios de acción pública, como en la administración y control de la sociedad lo cual, indiscutiblemente, ha rayado en beneficio del autoritarismo que plena el devenir nacional.

En medio de dichas vicisitudes, el militarismo logró dominar importantes instancias de la vida republicana. La jerga revolucionaria adopta el término de “gobierno cívico-militar” para disfrazar una propuesta gubernamental subvertidamente antagónica con los principios que fundamentan la democratización posible, prometida y necesaria. Tal ha sido la impertinencia del estamento militar en la organización del país, según el despotismo instaurado por el régimen, que no conforme con la intromisión de militares activos en la administración pública nacional, impuso buena parte de su estilo de conducirse y forma de expresarse. Incluso, el partido de gobierno, estructurar sus cuadros operativos y de conducción al mejor esquema vertical y cuartelero.

No hay duda de que el militarismo engulló al país. El poder militar tergiversó sus postulados para entonces escurrirse en el laberinto del poder político y así usurpar responsabilidades que sólo corresponden al mundo civil. Y en tan aciago festín, el actual régimen ha complacido al sector militar en todas sus exigencias. La adulancia pasó a ser el recurso más manoseado al momento de consentirlos como “eximios patriotas”. Tanto, que su léxico penetró la estructura civil lo que ha servido para disociar el sentido de institucionalidad que pauta la norma constitucional. Es así como valiéndose de tan contagiados esperpentos conceptuales, el régimen descargó su resentimiento maquinando formas espurias de ejercer el poder a su máximo expresión empeorándose las esperanzas de un pueblo que no dejará de aguardar lo que la democracia es capaz de depararle.

Con la excusa de la emergencia, el régimen inventó la figura de “estados mayores” para encubrir la corrupción sobre la cual se cimienta el poder político que ahora anima la alianza dolosa que por razones coyunturales está asintiéndose entre militares y civiles borrachos de poder y embelesados por el fácil detrimento del patrimonio nacional. Ya se cuenta con un Estado Mayor Comunicacional, también de la Salud, Fronterizo y hasta una de Invierno. Justamente, en aras de conciliar la deshonestidad de altos y medios funcionarios con la necesidad de sincerar la actuación de corruptos y con las oportunidades que hay detrás de cada negociación o transacción que compromete al régimen en su devaneo con el socialismo, sus prácticas ventajistas pudieran suscribirse en un Estado Mayor tan encubierto, como los anteriores. En consecuencia, la incidencia de éste, podría esclarecer los mecanismos oscuros que determinan los simulados y fraudulentos manejos que comprenden cada acto de corrupción. Por tanto, en virtud de seguir forjando libertades en el fragor de esta trillada y artificiosa independencia, debería instituirse un Estado Mayor para la Corrupción.

VENTANA DE PAPEL

¿POR QUÉ MIEDO PARA DEBATIR?

El miedo es un sentimiento del que nadie escapa. Se dice que es más fuerte que el amor. 

Para el inmemorable filósofo neerlandés  Baruch Spinoza, “no hay temor que esté desprovisto de alguna esperanza, y no hay esperanza que esté desprovista de algún temor”. Aunque también se dice que es un sufrimiento que produce la espera de un mal. Y posiblemente, en política esto es real y rigurosamente cierto. Tan cierto debe ser, que hay miedo a la verdad, a la escasez y a la muerte. Sobre todo, entre los miembros de una sociedad que no terminan de vencer cada día una dificultad. Por el contrario, las acumula tanto que por ello se distorsiona la visión del horizonte confundiéndose fortalezas con debilidades o amenazas con oportunidades.
Ante tan controvertido panorama, quien vive sin vencer el miedo, sin haberse librado de él, hace que todo a su paso luzca revuelto y complicado. Es decir, sin solución. Precisamente, es el problema que arropa toda persona que disocia las realidades en su fuero más exigente. Es quien busca no descubrirse por cuanto encubre razones cuyas verdades son capaces de fustigarlo en su propia humanidad. Y como dice el dicho, “quien la debe, la teme”. Y si la teme, intenta ocultarse. Y por actuar bajo ese esquema de vida, se ve atrapado en sus propias redes. Por tanto, tiene miedo a enfrentarse a otros. A pesar de haberlo cantado. De modo tal que por encubrirse a pesar de sus falacias, no da la cara públicamente. O sea, no habla más allá de lo que su apariencia permite disimularle.
Como decía Voltaire, filosofo e historiador francés, “el miedo acompaña al crimen y es su castigo”. Por eso, aunque admita alguna complicación, no es difícil reconocer que estos dirigentes y funcionarios empoderados por enrarecidas circunstancias político-electorales, tienen agudo temor de deliberar pues saben que en algún momento se les cae el antifaz y no hay reloj cuya campanada de la media noche pueda salvarlo del repudio colectivo y de la condena ganada. Ya se sabe entonces, porqué estos “enchufados“ esquivan toda discusión posible que haga peligrar sus rebuscados argumentos. ¿O el caso de por qué Maduro arrugó a debatir sobre corrupción? En fin, ¿por qué miedo para debatir?

¿QUÉ ESPERAR DE SEPTIEMBRE?

Septiembre será un mes cargado de múltiples expectativas. Expectativas que asomarán posibles oportunidades para dirimir divergencias. Pero también, para encontrar mayúsculos problemas cuyas soluciones se han hecho de rogar por mucho tiempo sin que hasta el momento hayan vislumbrado una salida. A diferencia de Chávez, quien confrontaba directamente a sus oponentes, Maduro se vale de segundas, terceras y hasta de cuartas escapatorias para sortear la confrontación de forma abierta. Maduro utiliza “gorilones” de mampara para emboscar sus adversarios. La brutalidad es su mejor arma.
Fernando Mires, para referirse al estilo de acción emprendido por el régimen, habla del “gansterismo político” como recurso de enganche del populismo imperante. De manera que pensar por dónde vienen los tiros en Septiembre, es imaginar escenarios de posibilidades de cara a las contingencias que saldrán a la palestra a consecuencia del terrorismo gubernamental organizado con el lúgubre propósito de provocar el aislamiento necesario que requiere el régimen para justificar ejecutorias que implican violentar el Estado democrático y social de Justicia y de Derecho a manera de ir desmontando paso a paso el Estado federal descentralizado e ir armando el grotesco Estado comunal.
Pero la complejidad que se dilucida en el recorrido de estos tiempos turbios, no va a amilanar la esperanza de un importante sector de la población que decidió ponerle un parado a este régimen que está a punto de atollarse por la corrupción engullida. Ya pudiera descifrarse algo ante la pregunta: ¿qué esperar de Septiembre?

“Basta con invocar la revolución como excusa para refundar una República, para que la corrupción pase a dominar las instancias de gobierno y se hipoteque el futuro de esa Nación a nombre del caos en que se sumirá su sociedad”

Antonio José Monagas ‏
@ajmonagas

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