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martes, 7 de febrero de 2012

RAFAEL POLEO: EL BOQUETE DEL BARCO ITALIANO (PÉNDULO ZETA)

La felonía la cometieron los hiper-ricos predadores que inventaron a Leopoldo. A éste, por cierto, no le queda sino obedecerles, como ha hecho hasta ahora. Tampoco hay que cargarle la mano a Capriles, inconsciente producto de laboratorio que no ha aprendido a hilar dos ideas juntas.


Acordados con Chávez, los hiper-ricos que inventaron y manejan a Leopoldo López le forzaron a renunciar en un contubernio que divide anímicamente a la Oposición. Cosa de negocios. Lo que alarma es que la clase media no vea una maniobra tan evidente y siga cenando a como si nada mientras al crucero opositor donde navega se le ha abierto un boquete más grande que el del barco italiano.

López y Capriles no son culpables de nada, porque no urdieron nada y hacen lo que les manden. Los tejedores son los grupos económicos que los inventaron y los manejan en función de sus negocios, y Venezuela que se joda.

        Los lugares comunes a veces son verdad, como ese de que la libertad depende de la actitud política de su clase media. No de los altos niveles financieros o empresariales, explicablemente dispuestos a tranzar con cualquier régimen que les signifique beneficios. No de los pobres, a quienes poca energía queda después del cotidiano esfuerzo de supervivencia. La clase media es la que mueve las sociedades, no sólo porque allí está el pensamiento y la experticia, sino porque es la única realmente ingenua, adonde no ha llegado el cinismo triste de los pobres ni el cinismo sin poesía de los ricos.

        Conscientes de que los pueblos se moverán hacia donde se mueva su clase media, los aspirantes a tiranos tratan de reducirla para así reducir el potencial de pensamiento y rebeldía de la sociedad, mientras  los muy ricos, cómplices seriales y desleales de los gobernantes que van pasando, se encargan de embrutecerla con fútbol y cerveza –cada venezolano trasiega 75 litros de cerveza promedio al año, apenas un litro menos que el campeón, que es el checo –en cuyo caso se explica, porque su cerveza es óptima-, y bastante más que el alemán a quien suponíamos campeón pero que, con ese tamañote, apenas puede beber 67 litros.

        El establecimiento en Venezuela de un régimen salvaje fue posible por el deterioro moral de su clase media, dentro de lo cual el deterioro del estamento político apenas fue un caso particular –los políticos, los profesionales y los militares son clase media típicos. Ese deterioro fue uno de los tantos subproductos dañinos del auge dinerario de los años setenta, accidente geológico en el cual arranca la tragedia venezolana. El dinero inmerecido destruyó el marco moral de la democracia y deformó hasta el gusto de la clase media responsable, trabajadora y estudiosa, desarrollada después de la muerte de Gómez bajo una sucesión de buenos gobiernos –incluido el de Pérez Jiménez.

 Además de potenciarnos la cursilería, la abundancia dineraria creó una sensación colectiva de invulnerabilidad. No podía pasarnos nada realmente malo, nos parecía, luego no había que preocuparse ni ocuparse. Con ese desgano, la clase media votó por Chávez así como para castigar a los políticos. Después ha comprobado que las personas y los pueblos estamos condenados a pagar puntualmente nuestros errores.

        Aquellos años en que el chavismo se volvió inminente fue una de esas etapas en las cuales he estado en malos términos con la clase media. Todas las mañanas en El Nuevo País, varias veces al día en comentarios por Radio Rumbos, todas las noches en Televén, todos los viernes en Zeta y continuamente dentro de Acción Democrática, les hacía desagradables advertencias sobre un personaje a quien conocía bien y por tanto sabía que se hacía pasar por nacionalista, se creía secretamente comunista y era sin saberlo fascista, confusión que en los pueblos mal conformados se produce con horrible frecuencia.

 A la clase media le disgustó que le hablara mal de su ídolo del momento.  Me convertí en un sujeto extraño a quien se miraba con una especie de temeroso horror, como si fueran contagiosas la claridad mental que heredé de un padre anormalmente inteligente y el rigor moral inducido en la infancia por mi madre, una aristócrata de provincia -que son las aristócratas de verdad, las del estilo sobrio y la conducta recta.

        En medio de aquel asco, una noche cercana a las trágicas elecciones de 1998, le dije a la teleaudiencia que no quería verla más, que se pudriera, ella que votaría por Chávez. Bien merecido se lo tenía. Pero caí en el Senado y seguí en la cúpula de Acción Democrática, donde me tocó ver el asqueroso espectáculo del miedo –comparto con monstruos como George S. Patton el criterio de que a los cobardes siquiera hay que abofetearlos, y a comunistas y fascistas no puedes darles una oportunidad chiquitica así, porque te echan la gran vaina, según consta en la Historia. Hasta escribí uno de mis poemas secretos en el cual me confesaba, para mí solo, “viejo general de un ejército derrotado”. Al ejército de la gente decente, me refería.

          Hasta que llegó la apoteosis de abril, con aquel gentío a paso inexorable hacia Miraflores. ¡Mi clase media, carajo! Y Chávez mandó a disparar –no se lo podremos cobrar en tribunales de aquí abajo, lo hará Dios. Una clase media sacrificada, con líderes magníficos, Carlos Ortega y Enrique Mendoza, ahora traicionados. Ortega vive un exilio de olvido y el caso de Mendoza es dramático. El sifrino a quien encumbró en Miranda no cumplió su promesa y el otro del mismo corte se le acaba de voltear después de aprovecharlo. Esta derecha neonata, como las putas y los toros, no tiene palabra.

        Y ya voy a pelearme otra vez con la clase media, esa que no quiere que yo le diga lo que le va a pasar, y yo se lo digo, y ella no me hace caso, y le pasa lo que le dije, y no sé hasta cuándo vamos a estar en esto, ella y yo, como amantes que se detestan pero no se dejan. No es que me moleste que no entienda, que aprehender es privilegio de pocos. Lo que me exaspera es su manera cobarde de no entender, de no pensar porque le asusta, de seguir mirando la política con criterio de concurso de belleza, de entusiasmarse como una colegiala frente al cantante que mueve las caderas, que no ha aprendido nada, o sea que le volverá a pasar, una y otra vez, hasta que se vuelva toda ella proletaria.

        Lo primero en alarmar es que la clase media no cale la inmoralidad del pacto López-Capriles. El pacto de la Oposición ya existía en la MUD, y era el de conducirse con hidalguía, sin conversaciones secretas, en diáfana transparencia, sin que nadie se sintiera amenazado, dispuestos todos a apoyar con todos los hierros al que sacara más votos en las primarias. Lo importante para el país democrático no era que el candidato de oposición fuera Capriles o Pablo Pérez, sino que todos estuviéramos detrás del ganador para derrotar al candidato del chavismo. ¿Cómo no horrorizarse cuando, por órdenes de sus bien identificados financiadores, colaboradores conspicuos del régimen, López inmola su propia carrera en un pacto que Capriles no necesitaba pero Chávez sí, porque envenena las relaciones entre los factores de Oposición?

        Las buenas señoras que se indignan porque les muestro lo que ocurre se dejan arrastrar por definiciones obsoletas, como la de copeyano o anti-copeyano y adeco o anti-adeco. Es criminal que se esté pensando ahora en que uno es adeco (Pérez) y el otro era copeyano (Capriles). Esas definiciones ya no existen. Las borró el deslave social de 1998. Aquí lo que hay son unos fascio-castristas en el poder y unos demócratas pataleando abajo, con unos traficantes del poder viendo cómo le vuelven a poner la mano a la botija que manejaron bajo adecos y copeyanos.

        El pacto necesario contra el fascio-castrismo ya existía en la MUD. Otro pacto, ¿contra quién sería? Una de las señoras elegantes de las que me replican, lópez-caprilista off course, me lo reveló en su agrio reproche: “Eres muy adeco”. Ah… Entonces el pacto era contra los adecos… Pero, ¿no es con la maquinaria adeca con lo que se cuenta para movilizar la gente a votar contra Chávez? ¿Y no es Acción Democrática el eje de la alianza socialdemócrata que si no es mayoría en la Oposición –cosa irrelevante- por lo menos es la otra mitad? Entonces, ¿es o no es el contubernio López-Capriles un pacto de la mitad derechista contra la otra mitad de la Oposición? Ahora, ¿cómo convencemos a los social-demócratas de que se fajen por Capriles si Capriles gana las primarias? Esto lo sabía perfectamente el amigo mío que se cambió la chaqueta después del 2002 y que ha urdido este pacto, y por eso mismo lo hizo, porque el Gobierno y él sabían el daño que estaba haciendo. Ya me dijeron cómo le pagará el Gobierno.

Todos sabemos que estas primarias de febrero no son las verdaderas elecciones, porque al enemigo lo enfrentaremos será en octubre y para esa fecha no debe haber contendores resentidos, no debemos tener facturas que cobrarnos. El pacto, típico de la peor vieja política, nos somete a una permanente desconfianza que nos acompañará a lo largo de la campaña.

Eso no hay manera de disimularlo y no dejará de existir porque no se lo mencione. Esto era lo que los conspiradores esperaban, que uno callara bajo el chantaje de que hablar le hará daño a la Oposición, como si el daño estuviera en denunciarlo y no en hacerlo como ellos lo hicieron.

Me pregunto cómo será el próximo debate entre los aspirantes, mirándose todos de reojo y odiando cuatro de ellos a los dos irresponsables sin sentido de la Historia, trampositos felices porque se robaron la segunda, pavoneándose de una trastada infantil que compromete el resultado final, incompetentes para manejar un proceso que requiere madurez y conocimientos de los cuales ellos carecen. Sólo por un desconocimiento de la alta política o una deficiencia intelectual básica pueden excusarse de la sospecha que les muestra, y cada día los mostrará más, como colaboradores, consciente o inconscientes, de la gran estrategia del régimen.

La clase media tiene el deber de analizar estas cosas no a través del lente frívolo que le llevó a entusiasmarse con Irene Sáez y a votar por Chávez, mucho menos por su memoria de la vieja política entre adecos y copeyanos. Esto hay que verlo con rayos X para llegar al punto donde verdaderamente se deciden los hechos políticos, que no es en la superficie televisada. Aquí la fuerza de los partidos es escasa y precaria. Su capacidad era casi nula hasta que Aveledo hizo el milagro del entendimiento. Eran dedos frágiles que unidos en la MUD se convirtieron en dedos poderosos. Buscan la recuperación de la democracia. Pero quienes están pendientes de la botija son los grandes grupos económicos que fueron los únicos usufructuarios de la democracia y también quienes la traicionaron, y aspiran a retornar sea con un presidentico manejado por ellos o con un chavismo agradecido. Por el momento le han proporcionado al Gobierno esta división del espíritu opositor. Luego harán que los dos ligaditos actúen de la manera conveniente a la estrategia electoral oficialista, como acaban de hacerlo.

Nadie quiere decirlo, pero a la Oposición la han partido en dos toletes, sin que importe cuál de ellos es más grande. Estamos divididos y envenenados. El desertor de abril ha cumplido su tarea y espera la paga. Eso puede ser normal dentro de la felonía de los inmensamente ricos que están acordados con Chávez por debajo de la mesa, pero no debería ser aceptable en la moral de la clase media, que a estas alturas debería haber aprendido lo bastante como para ver una maniobra tan transparente, y condenarla como una increíble falta de palabra.

He comentado el pecado sin nombrar al pecador, lo cual no quiere decir que me comprometa a no hacerlo. Por cierto, el felón no ha sido Salas Römer, como se ha dicho. La felonía la cometieron los hiper-ricos predadores que inventaron a Leopoldo. A éste, por cierto, no le queda sino obedecerles, como ha hecho hasta ahora. Tampoco hay que cargarle la mano a Capriles, inconsciente producto de laboratorio que no ha aprendido a hilar dos ideas juntas. Los grandes muñidores de la tragedia nacional son otros, hijos monstruosos de AD y Copei tranzados con Chávez. Son los villanos naturales de la tragedia nacional y se portan como lo que son. Lo que me duele y me alarma es que la clase media siga tapada de la cabeza. ¿Qué no ve como al crucero de la Oposición nos le han abierto un boquete más grande que el del barco italiano?

Rafael Poleo
Pendulo en Zeta

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