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miércoles, 2 de septiembre de 2015

ENRIQUE MELÉNDEZ, ¿ARRUINÓ CHÁVEZ AL PAÍS?

La verdad es que ni siquiera los griegos están viviendo la hora menguada, por la que nosotros atravesamos en este momento; sobre todo, por la situación de secuestro en que nos encontramos, siendo gobernado el país por una clase dirigente sorda y ciega, y que más bien juega al caos.

         ¿Es así como se soluciona el problema del bachaqueo y de la inseguridad? Es verdad que la presencia de indocumentados en nuestro país, procedentes sobre todo de Colombia, constituye un problema, digamos, de Estado, y lo más recomendable para nosotros es resguardar y proteger nuestras fronteras, en ese sentido, como lo están haciendo muchos países en el mundo, que confrontan este mismo problema; el hecho, como lo han dicho las autoridades colombianas, es que dicho problema no está allá, sino aquí; comenzando con una errada política económica, que estimula el comercio informal en todos los sentidos, incluido aquí el tema del contrabando de extracción y, luego, con una gran desatención por el flagelo de la delincuencia, y que se les fue de las manos a este gobierno.
         Durante sus primeros años de gestión, Chávez lo decía: el problema de Venezuela es moral; sólo que no sabía por qué lo decía; quizás, dejándose llevar por aquel sentimiento que prevalecía en la opinión pública de que la entonces clase política se había ladroneado; que el líder de mayor perfil en nuestro cotarro, Carlos Andrés Pérez, se podía considerar “el choro” mayor; claro, porque esto iba con la famosa corriente antipolítica, que se había generado en la sociedad venezolana, y porque no sabía lo que decía, Chávez estaba imposibilitado de fomentar una escala de valores éticos en la conciencia de la población; comenzando él mismo con la apología al delito, y de la cual hizo gala, cuando al enfocar el tema del hambre en Venezuela, exclamó que no se justificaba que un padre de familia que se robara un pan, para llevar de comer a sus hijos, fuera a la cárcel, y que es todo lo contrario a lo que un jefe de Estado debe sembrar en la población.
         Es por eso que resulta muy válida la pregunta, que se lee en uno de los portales electrónicos de Internet, de que si Chávez de verdad arruinó el país; porque, en efecto, la ruina no sólo ha sido económica, sino también moral. Ahora sí nos encontramos en una sociedad de cómplices; de la que se hablaba durante el gobierno de Rafael Caldera; momento en el que a uno de sus hijos se le apodaba –estoy hablando con el lenguaje de la época- “el pimentón”, porque “estaba en todos los guisos”. El hecho es que Chávez nunca se preocupó por investigar si todo esto era verdad o no verdad; cuando, por el contrario, en sus narices comenzaron a estallar los escándalos de corrupción de sus propios ministros; como fue el caso Micabú, donde se le involucraba a Luis Miquilena en el cobro de la edición de 50 mil ejemplares de la Constitución de 1999, recién aprobada, con sobreprecio; tolerando Chávez, posteriormente, la persecución que se desató sobre el medio de comunicación, que se atrevió a publicar la denuncia, La Razón, cuyo director tuvo que asilarse en Costa Rica, hasta el día de hoy, y a partir de allí siguieron estallando casos, incluso, que son para abismarse frente a la gravedad de los hechos, como sería, por ejemplo, el de la comida podrida de los contenedores del puerto de Puerto Cabello.
         Chávez no pasaba de ser un comandante engorilado, como lo hizo ver cierta revista de España en su edición de la semana del 4 de febrero de 1992, cuando estampó en su principal titular “el tigre de papel”, y debajo aparecía una imagen suya; un hombre al que sí le cabía aquel apelativo que había utilizado Carlos Marx, para referirse al Libertador, del “general de las retiradas”, sólo que estaba lleno de delirios de grandeza, sobre todo, por su talento comunicacional, que en esto habría que reconocerle alguna virtud; aun cuando el ex presidente Pérez la calificaba de “incontinencia verbal”, y entonces esto le daba lugar al hecho de presumir de que, como poseía habilidades para la oratoria, se podía considerar el más capacitado para gobernar el país.
         He allí lo que se conoce como un “encantador de serpientes”, y el que ejerció una gran atracción sobre unas masas con una visión de mundo muy cortoplacista; fáciles de manipular con ese discurso engorilado de Chávez; pero que no podía pasar de ahí; porque, a pesar de que se trataba del nuevo líder que surgía en el escenario de la política venezolana, no se había preocupado por diseñar un proyecto de país; con una concepción propia de la realidad venezolana; habiendo recibido mucha basura teórica de esa resaca de la izquierda venezolana; que constituyó su entorno, a la hora de lanzar su proyecto político, y que también vivía en un estado de delirio, si tomamos en cuenta que ya para la época el bloque soviético, junto a sus naciones satélites, había implosionado, excepto Cuba; de modo que llegaba al poder con una visión totalmente deformada de la realidad; lo que significa de por sí, que si marchábamos por este camino, íbamos a la ruina institucional que lo comprende todo.
         Un hombre con una desmedida ambición de poder; pero sin escrúpulos ni principios, y que era lo que más le impedía fomentar la cultura del progreso en el medio venezolano. ¿Qué nos dejó como herencia? El hecho de que nuestro país sea considerado como uno de los más corruptos del mundo; pues cada día nuestro espíritu picaresco se especializa más en la técnica de la estafa, del robo, del arrebatón en el Metro del teléfono celular. Ahora sí se podría expresar, repitiendo a Gonzalo Barrios, que en este país se roba, porque no hay razones para no robar, y la diferencia del caso nuestro de Grecia, es que allá no hay un Estado víctima de mafias expoliadoras, como las de nosotros; producto, precisamente, de la errática política económica.
Enrique Melendez O.
melendezo.enrique@yahoo.com
@emelendezo

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